Inicio este relato a unos treinta kilómetros de la frontera con Rusia. Es un soleado mediodía y estoy en la ciudad de Járkiv. Este centro urbano es uno de los más importantes de Ucrania, en la época de la ocupación comunista incluso fue, por algún tiempo, la capital del país. 

¿Cómo se vive tan cerca de la línea de contacto entre el país invasor y los ucranianos? ¿Los habitantes cuentan las sirenas que escuchan?¿Se puede ser feliz viviendo en una ciudad que vive bajo una amenaza constante? Muchas preguntas aparecen, algunas por supuesto quedarán sin respuesta, porque la guerra avanza más rápido que nuestra capacidad de entender los efectos en nuestras vidas. 

Es difícil cuantificar cuánta gente sigue viviendo en Járkiv. Antes de la invasión eran alrededor de dos millones, pero recorro una ciudad con calles en las que circulan pocos autos, donde hay comercios cerrados y muy poca gente caminando en las avenidas principales. 

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Para quien visite Ucrania, un imperdible es comer en la cadena de restaurantes “Puzata Hata”, porque es comida casera a muy buenos precios. Sin embargo, lo que se puede disfrutar en otras ciudades como Lviv o Kyiv, en Járkiv queda solo en el recuerdo, la cadena tiene sucursales cerradas; lo mismo ocurre con McDonald’s; de igual forma, el mall “Nicolsky”, que está en pleno centro de la ciudad, tiene muchas tiendas cerradas, quizás más de la mitad. 

El mapa de google no funciona muy bien, el celular muestra una notificación, que por estar en zona de conflicto armado, la localización se visualiza de forma aproximada. Pero eso no será ningún impedimento para recorrer Járkiv, tampoco las constantes sirenas que suenan alertando de ataques aéreos. 

Mientras voy descubriendo la ciudad, tomo el metro (que es gratis dada la situación de guerra), mientras aprovecho de ir revisando los canales de telegram especializados en informar de la invasión. Durante las horas que permanecí en Járkiv se sucedieron tres ataques rusos con drones shahed, uno de los cuales fue en una bencinera, asesinando a un civil. Otras alertas eran por despegues de aviones cazas desde bases rusas o bien drones que podrían tener vector hacia la ciudad. 

Después de almorzar me encamino hacia la Catedral de la Anunciación. Recuerdo una frase que escuché a un periodista chileno que también visitó Ucrania: “En la guerra no hay ateos”. Entro y suspendo mi ateísmo por un par de minutos. Pido o agradezco por la vida, no lo sé, no sé los ritos de la religión. Miro los íconos, no sé qué más hacer. Tomo aire y salgo. 

Al salir de la estación Universitet se llega a la Plaza de la Libertad, una de las más grandes de Europa. Las ventanas de los edificios están tapiadas, también uno que está cubierto con un enorme cartel con unos versos del poeta insigne ucraniano Taras Shevchenko cuya traducción es más o menos así: “Y en la tierra renovada no habrá enemigo ni invasor; sino que habrá un hijo, y habrá una madre, y habrá gente sobre la tierra”.

Una pantalla publicitaria, flanqueada por las banderas Ucrania y la Unión Europea, tiene un solo mensaje: “Járkiv, ciudad heroica”.

Cerca de allí está el parque Taras Shevchenko. Paso unas horas entre música pop occidental y ucraniana que se entremezcla con las sirenas que suenan por alertas o porque el peligro ya pasó. Hay juegos para niños, también está el zoológico de la ciudad y, entre los árboles, aparece un café cuyas paredes está completamente decoradas con cuadros. Es una pausa necesaria para ordenar las ideas que escribiré.

“Este es mi país y esta es mi ciudad”, me dice Kira, la mesera que gentilmente me ha atendido en el café y a quien le formulo esas mismas preguntas que en cada recorrido por Ucrania repito una y otra vez, con el único objetivo de intentar armar el puzzle de un país que tendrá un largo camino hacia la paz, la libertad y la reconciliación, también entre sus propios connacionales.

Aquella frase es el inicio de un argumento que explica el porqué, a pocos kilómetros de la frontera con Rusia, el sentimiento de ser ucraniano está presente en cada ciudadano. El Kremlin esperaba que ciudades como Járkiv cayeran en las primeras horas de la invasión, no contó con la valentía de toda una nación que, conforme pasa el tiempo, cada vez se vuelve aún más fuerte. Y que lucha intentando llevar una vida normal, paseando una tarde de verano por este parque.

La noche ya comienza a caer. La oscuridad se apodera de las calles porque no hay luminaria pública, pero afuera de la estación de trenes de la ciudad hay un músico callejero que anima el ambiente con una canción de Queen. Es un momento de alivio entre el estrés de vivir en una ciudad en constante amenaza. 

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Dejo Járkiv en tren. Las sirenas continúan. La gente no espera su salida en el andén, muchos lo hacen en una zona segura, según los carteles que hay dispuestos por la estación. A estas alturas ya voy entendiendo palabras importantes en ucraniano, como por ejemplo, “refugio”.

En los días posteriores a mi recorrido por Ucrania hubo una serie de ataques rusos en contra de trenes de pasajeros. Un simple viaje se convierte en un riesgo; la invasión rusa ha trastocado todo. 

Recorrer una ciudad como esta no es de valientes, valientes son los ucranianos que se enfrentan al terror ruso intentando llevar una vida en normalidad. A ellos mi respeto y admiración.

Javier Silva Salas
Cofundador Fundación Ciudadano Austral

Este artículo forma parte de una serie de relatos de la experiencia de Javier Silva Salas, cofundador de la Fundación Ciudadano Austral, sobre su más reciente viaje a Ucrania en el contexto de vincular a la ONG chilena con instituciones ucranianas para la cooperación en la promoción de los valores de la sociedad libre en dicho país; así como también la difusión en Chile de la historia ucraniana durante el período de la ocupación soviética.

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