Cuando se habla de las plantaciones forestales y su carácter de monocultivos, referencia que no las distingue de los monocultivos que se riegan y demandan agua, estas se tienden a satanizar y señalar lo nefastas que son y los impactos que generan sobre el medio ambiente, referidos estos a “secar los suelos, acidificar los suelos y a generar erosión de los mismos suelos”.
Las plantaciones no responden al concepto de bosque, por la presencia de árboles de la misma especie en un orden sistemático espacial, lo que es válido también para plantaciones de especies nativas, dado que estas no poseen la expresión aleatoria de especies del bosque nativo.
No obstante, Chile se vio obligado a propiciar la plantación forestal con especies exóticas, porque desde el primer tercio del siglo XIX hasta mediados del siglo XX se generó una deforestación masiva de los bosques nativos, con incendios de varios años y destrucciones dantescas, con el fin de habilitar cientos de miles de hectáreas para la agricultura y la obtención de madera para diversos usos, definiendo grandes procesos erosivos en suelos de altas pendientes.
Lo expuesto se llevó a cabo en Chile durante más de un siglo. Así, en 1836 el científico Claudio Gay advertía al ministro Diego Portales sobre la Región de Coquimbo y su espantosa desnudez vegetacional, lo que hace presagiar a esta hermosa provincia un “lamentable porvenir”, por lo que sugería traer de Europa especies de rápido crecimiento, lo que prueba que esto no fue una idea reciente.
Balocchi y Fernández, (2026), plantean que “desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX, la expansión de tierras agrícolas destinadas al cultivo de trigo resultó en una considerable degradación de los bosques nativos en Chile”. Y citando a Schneider, 1904, señalan que entre 1845 y 1887 las exportaciones de trigo aumentan 27 veces su volumen, y entre 1880 y 1930 las cabezas de ganado se triplican (Schneider, 1904). «Los cerros, sobre todo, quedaban desnudos».
En este escenario de degradación ambiental masiva, surgió a inicios del siglo XX una posibilidad forestal, expresada en el árbol Pinus radiata o pino insigne, introducido desde California y que se desarrolló muy bien en Chile central, a tal nivel que aún hoy se le ve creciendo en suelos que no tienen más de 20 centímetros de profundidad, (los que inicialmente tenían más de dos metros y sostenían al bosque nativo chileno). A eso le siguió el Eucaliptus globulus, introducido desde Australia y con quien el notable naturalista alemán Federico Albert detuvo las dunas de Chanco, en un marco de ingeniería forestal muy destacable para su época.
De lo anterior surge la Ley de Bosques, bajo el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, que posibilita las primeras forestaciones masivas con vistas a detener la desertificación en Chile centro sur. Esto define que Chile pudiese contar a fines de los años sesenta con más de 350.000 hectáreas forestadas.
En el gobierno del presidente Frei Montalva se llamaba a cuidar los pinos y no talarlos en Navidad, a lo que se sumó el llamado del gobierno del presidente Salvador Allende para que “hagamos de la madera un segundo sueldo para Chile”.
Y esto es importante, porque se atribuye a la dictadura militar la generación del sector forestal para el país y este es producto de una apuesta del Estado que surge a inicios del siglo XX. Además, a mediados del siglo XX, se crean las escuelas universitarias para la formación de Ingenieros Forestales; surgen los planes de construcción de plantas de celulosa, guiados por Corfo, y la planta de Celulosa Arauco es inaugurada por el presidente Allende en 1972; en 1968 se crea la Corporación de Reforestación y en 1972 pasa a ser la Corporación Nacional Forestal, entre otros aspectos. En otras palabras, la generación de un sector forestal en Chile es una apuesta nítida y propia del Estado y es anterior a la instauración de la dictadura militar y no producto de esta.
Al inicio de la dictadura militar en 1974, se estableció un subsidio a las plantaciones forestales, que puede discutirse a quién favoreció, pero claro es que este hecho definió una aceleración de las obras de reforestación en diversos territorios.
Por otra parte, los ecosistemas forestales tienen un papel importante en la conservación del agua y del suelo y ello es función del rol que juega el complejo suelo vegetación. Este sistema es una alianza natural valiosa, donde la cobertura aérea de los árboles mitiga la energía cinética de la lluvia, evitando que las gotas impacten el suelo con fuerza erosiva. A ras de suelo, la hojarasca y los troncos actúan como obstáculos mecánicos que frenan el agua, dándole tiempo para infiltrarse. Finalmente, las raíces mejoran la porosidad del suelo, permitiendo que el agua penetre hacia los acuíferos. En esencia, este complejo es una esponja natural que protege la vida y las reservas subterráneas.
El rol del complejo es verificable sobre todo en zonas mediterráneas, cuando se producen las precipitaciones en el periodo invernal, lapso en el cual la vegetación está en latencia, lo que define consumos muy bajos o inexistentes. Es en este periodo cuando la naturaleza almacena el agua para su uso en el periodo estival y lo hace en los reservorios naturales que son los acuíferos.
Ahora bien, la conexión al acuífero se realiza desde los cauces, pero también se puede hacer desde laderas; sin embargo, para que se verifique desde laderas, el agua debe ser retenida para propiciar la infiltración en el suelo, para después pasar a una percolación o infiltración profunda, si se logran encontrar los puntos de conexión con el acuífero.
Y por eso es tan relevante el complejo suelo vegetación en zonas mediterráneas, ya que de él depende la recarga de los acuíferos desde zonas de laderas y el ayudar a la conexión aguas superficiales-aguas subterráneas.
Así, si hay que elegir entre contar con territorios desertificados, o territorios forestados con plantaciones de monocultivos, desde un punto de vista hidrológico no hay donde perderse. Retener el suelo y su rol hidrológico es vital para cualquier plan futuro, entendiendo que 1 cm de suelo demora entre 100 y 200 años en formarse. Veamos entonces cuánto demorará en formarse un suelo de 2 metros de profundidad y la respuesta es demasiado tiempo, con el cual no contamos. Así, es preferible contar con forestaciones en suelos degradados, (no en terrenos que se generan como producto de la tala de bosque nativo), para proteger y mantener el poco suelo que aún existe.
En el marco descrito, las plantaciones en terrenos desertificados, donde la cubierta vegetacional original fue salvajemente destruida, con un suelo delgadísimo que en muchas ocasiones no era más que un regolito intemperizado, constituyeron la única opción espacial y temporal para darle valor a suelos mutilados por décadas. La fotografía que ilustra el viaducto del Malleco en su construcción en los años 1886 a 1889, y la comparación con lo que hoy se puede ver en el mismo lugar, es muestra nítida del cambio efectuado, donde las condiciones ambientales son infinitamente mejores que la destrucción que se verificó en el país hasta mediados del siglo XX.
Por otra parte, la afirmación de que las plantaciones secan los suelos, no es posible comprobarla porque en climas mediterráneos las lluvias caen en invierno, en tanto que la vegetación consume agua en verano. Entonces, ¿de dónde sacan el agua las plantaciones forestales si estas no son regadas?
Se dice que lo hacen desde las napas o acuíferos, pero estos están a decenas de metros de profundidad y las raíces de los pinos a dos o cuatro metros como máximo. Asimismo, ¿de dónde sacan el agua las plantas en climas mediterráneos?
Renée Brooks en Nature Geoscience, 2010, lo explica como el milagro de la vegetación en zonas mediterráneas. Durante el verano seco, los poros grandes que contenían agua se drenan, vaciando las vías de flujo preferenciales y móviles. El agua restante del suelo queda fuertemente ligada dentro de los poros pequeños, de dimensiones nanométricas, la que es utilizada por las plantas para la transpiración. Si cae alguna lluvia de verano bienvenida será por la vegetación, pero las plantas que viven en climas mediterráneos saben que el agua saldrá de los microporos del suelo donde esta se almacenó con una ligazón química muy fuerte, mecanismo que solo las plantas adaptadas podrán ser capaces de extraer y que permite la supervivencia de especies como el Pinus radiata en periodos de estrés hídrico prolongado. De hecho, los pinos sometidos a inundaciones no sobreviven, dado que no resisten la inundación de agua en sus raíces, desmintiendo el hecho de que son desecadores de amplios territorios.
Por otra parte, la afirmación de que los pinos erosionan los suelos es falsa. La presencia de cualquier tipo de vegetación siempre será un factor positivo para retener suelo en zonas altas y eso ha sido comprobado en el país por diversas investigaciones. Así un estudio en la cuenca Purapel, Maule, definió que tras la forestación de la cuenca, las curvas de descarga que relacionan el caudal circulante con la altura de agua fueron más estables en el tiempo, lo que demuestra una mayor estabilidad de la configuración hidráulica del lecho, derivado ello de una menor emisión de sedimentos aguas abajo por la disminución de la erosión.
Respecto a la afirmación de que los pinos acidifican el suelo, esto es muy discutible, dado que la acidez en sí misma no representa un valor per se. Existen suelos con bosques nativos prístinos que poseen una acidez mayor que la que evidencian las plantaciones de pino, y ello no es negativo por sí mismo. Ahora bien, las acículas del pino poseen resinas que definen una mayor acidez, lo cual no es tan deseable cuando se compara la hojarasca de plantaciones forestales con la hojarasca de los bosques nativos. Pero este hecho olvida que las plantaciones deben ubicarse en suelos donde la pobreza de nutrientes es tan alta, que cualquier incorporación de materia orgánica es bienvenida para restaurar situaciones de altísima degradación del suelo.
Otro aspecto interesante de relevar es que en las plantaciones han aprendido a situarse y vivir algunos componentes de la flora y fauna chilena, como lo demuestra el estudio de Uribe et al (2020), que lograron determinar que 3 de cada 4 rayaditos, especie de ave chilena, viven y se desarrollan en plantaciones forestales de pino radiata.
Lo expuesto no pretende constituirse en una apología a las plantaciones forestales que poseen elementos críticos, como lo es constituir un continuo amplio de combustible en el territorio, con un mayor riesgo de impacto de incendios forestales; o el hecho de copar territorialmente amplias zonas, lo que limita una expresión más amplia de la biodiversidad. Pero, las plantaciones pueden ser una oportunidad para Chile, y eso es así por lo siguiente:
a) Chile posee más de 2 millones de hectáreas con degradación ambiental, las que pueden destinarse a plantaciones productivas, otorgándole a esas zonas una opción de desarrollo económico y de mejores condiciones para la restauración hidrológico ambiental de estos territorios.
b) Es posible producir madera de calidad para acelerar la construcción de viviendas y edificios, con las ventajas que da un material que aporta rapidez de construcción, hecho que pudiera ayudar a reducir el déficit habitacional de Chile que es de 650.000 viviendas.
c) La construcción con madera es más sostenible que la construcción con acero y albañilería, donde esta última representa entre el 17% y el 30% de las emisiones de carbono, hecho que en la madera no solo no se verifica, sino que fija carbono en escenarios de cambio climático global.
d) Es necesario fortalecer la pequeña y mediana industria de la madera, que genera empleo y divisas, y en un contexto de agregación de valor y de economía circular, de tal forma que, por ejemplo, los desechos del aserrío sean insumo para la industria del pellet, tendiendo con ello a una reducción de los niveles de contaminación de las ciudades por efecto del uso de leña para calefacción.
e) La forestación de amplios territorios, considerando mosaicos para mitigar impactos de incendios y otros aspectos, determinará una menor emisión de sedimentos aguas abajo, definiendo así un proceso de restauración gradual del rol del complejo suelo vegetación; un menor impacto ambiental de los sedimentos y las consecuencias de esos movimientos referidos a la afectación de obras civiles y sobre todo de vidas humanas. Un milímetro de suelo emitido desde zonas altas representa por lo bajo 12 toneladas de suelo por hectárea y por año.
Dr. Roberto Pizarro Tapia
Profesor Titular U. de Chile – U. de Talca
Vicepresidente Colegio de Ing. Forestales.Dra. Claudia Sangüesa Pool
Investigadora Cátedra Unesco, U. de Talca.Dr. Pablo García-Chevesich
Académico Colorado School of Mines, Estados Unidos.
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