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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Hu Jintao, expresidente de China, alertó en 2003 sobre el riesgo de controlar el estrecho de Malaca para el suministro de energía chino. Este estrecho, vital para el comercio global, canaliza el 22-25% del tráfico marítimo mundial. China depende en gran medida de este paso para sus importaciones de petróleo, siendo un punto débil en caso de conflicto. Para diversificar su matriz energética y fortalecer su seguridad, China ha desarrollado reservas estratégicas de petróleo, aumentando la energía nuclear y fomentando vehículos eléctricos.

En noviembre del año 2003, Hu Jintao, a la sazón presidente de la República Popular China, declaró en la Conferencia Central de Trabajo Económico: “Ciertas grandes potencias han intentado constantemente interferir y controlar la navegación a través del estrecho de Malaca”. Esta afirmación, que posteriormente llegó a conocerse como el célebre “dilema de Malaca”, tuvo su eco meses después en la prensa china con una formulación todavía más explícita: “No es exagerado decir que quien controle el estrecho de Malaca también tendrá el control sobre la ruta energética hacia China”.

La posibilidad hipotética de un bloqueo del estrecho de Malaca pronto se convertiría en un verdadero nudo gordiano para los responsables de la planificación económica en Pekín. Pero ¿dónde se encuentra geográficamente el estrecho de Malaca? ¿En qué reside su importancia estratégica para la economía del gigante asiático?

El estrecho de Malaca, el talón de Aquiles energético de China

El estrecho de Malaca es un estrecho marítimo de aproximadamente 900 kilómetros de longitud y entre 65 y 400 kilómetros de anchura, situado en el Sudeste Asiático, entre la península malaya y la isla de Sumatra. Conecta el Océano Índico con el Mar de China Meridional, en el extremo occidental del Océano Pacífico. Controlado históricamente por una sucesión de potencias marítimas regionales, sultanatos malayos e imperios coloniales, entre ellos portugueses, holandeses, británicos y japoneses, sus aguas bañan los actuales Estados de Tailandia, Malasia, Indonesia y Singapur.

Estrecho de Malaca
Estrecho de Malaca
Como principal ruta marítima entre los océanos Índico y Pacífico, el estrecho de Malaca canaliza aproximadamente entre el 22 % y el 25 % del comercio marítimo mundial, lo que lo convierte en uno de los principales puntos de estrangulamiento marítimo y en un enclave estratégico de gran importancia geopolítica.

Más de 100.000 embarcaciones atravesaron el estrecho en 2025, convirtiéndolo en el paso marítimo más transitado del mundo. A modo de comparación, durante ese mismo año transitaron por el canal de Panamá cerca de 14.000 buques. Su importancia es acaso todavía mayor en términos de los mercados energéticos: más del 35% del petróleo transportado por vía marítima y alrededor del 20% del gas natural atraviesan el estrecho.

China, en particular, depende de las importaciones para satisfacer más del 70% de su demanda de petróleo crudo. De este volumen, aproximadamente entre el 75 % y el 80 % de las importaciones transportadas por vía marítima transitan por el estrecho de Malaca.

La dependencia china de las importaciones de petróleo y, específicamente, de esta ruta de tránsito, constituye un verdadero “talón de Aquiles” para el Gobierno central chino. En el marco de una eventual hipótesis de conflicto con Estados Unidos, el dilema de Malaca adquiere una relevancia estratégica de máxima urgencia: Estados Unidos podría interrumpir o restringir con relativa facilidad el tráfico a través de esta arteria vital para la economía y el suministro energético chinos.

El precedente de Japón: la amenaza de la dependencia energética

En la historia del último gran poder asiático con el que Estados Unidos disputó la hegemonía en Asia, los antecedentes resultan ominosos: el embargo petrolero estadounidense a Japón, que contribuyó decisivamente a precipitar el ataque a Pearl Harbor, y la posterior invasión japonesa de las Indias Orientales Neerlandesas, la actual Indonesia. En efecto, previo a la ruptura de hostilidades, Japón dependía de Estados Unidos para aproximadamente el 80% de sus necesidades de petróleo. La mayor parte del resto de sus importaciones provenía de las Indias Orientales Neerlandesas, que poseían entonces las mayores reservas de petróleo de Asia Oriental.

El 26 de julio de 1941, el presidente Franklin Delano Roosevelt ordenó la congelación de los activos japoneses en Estados Unidos. La medida equivalía, en la práctica, a restringir severamente la capacidad de Japón de adquirir petróleo, acero y otros bienes estratégicos estadounidenses. El 1 de agosto, Estados Unidos prohibió formalmente las exportaciones de petróleo a Japón. Aunque Tokio había acumulado importantes reservas de petróleo antes del embargo, la medida tuvo un efecto profundo sobre los cálculos estratégicos de los altos mandos japoneses: no podía esperarse que las reservas previamente acumuladas duraran más de dos años. Por consiguiente, Japón no podía continuar indefinidamente el esfuerzo bélico en China sin obtener nuevas fuentes de petróleo.

En una serie de conferencias celebradas entre julio y noviembre de 1941, se decidió atacar los territorios de Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda si fracasaban las negociaciones destinadas a revertir las medidas estadounidenses. Fue precisamente en consideración al progresivo agotamiento de sus reservas de petróleo que Japón finalmente decidió lanzar el ataque contra Pearl Harbor en diciembre de 1941, inaugurando el teatro de operaciones del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial.

En cierto sentido, la derrota militar de Japón (y en buena medida también la de Alemania) se debió tanto a los reveses sufridos en el campo de batalla como a su incapacidad para obtener un acceso seguro al petróleo. Tales consideraciones, sin duda, no han escapado al escrutinio de las autoridades chinas. El “dilema de Malaca” adquiere así un carácter existencial para la supervivencia nacional de China en caso de hostilidades.

El shock petrolero de Ormuz: la primera prueba de la nueva estrategia energética de China

Cuando la guerra de Irán comenzó a finales de febrero, China parecía particularmente vulnerable. Su exposición al petróleo de Oriente Medio es enorme en términos absolutos: la región representa aproximadamente entre el 37% y el 45% de sus importaciones de crudo. La interrupción del tráfico a través del estrecho de Ormuz, menos de dos meses después de que Estados Unidos alterara los flujos mundiales de petróleo procedentes de Venezuela, parecía plantear a los dirigentes chinos uno de sus mayores temores estratégicos: un shock petrolero devastador cuyo impacto no pudieran controlar.

Para los analistas de los mercados energéticos, algunos de los cuales llegaron a pronosticar precios del crudo superiores a los 200 dólares por barril, la respuesta relativamente contenida del mercado ante la mayor interrupción del suministro de la historia resultó totalmente inesperada. La liberación de reservas estratégicas por parte de Estados Unidos no fue el único factor que contribuyó a mantener los precios mundiales del crudo por debajo de los 100 dólares por barril. Un factor igualmente importante fue la desaceleración de las importaciones de petróleo de China. La segunda economía del mundo ha importado menos crudo por día desde el cierre del estrecho de Ormuz que durante los cinco años anteriores. Esta disminución de las importaciones chinas redujo la demanda mundial, moderando la presión alcista sobre los precios provocada por la interrupción de los flujos a través del estrecho. En circunstancias normales, por Ormuz transita cerca del 20% del consumo mundial de petróleo.

Los datos mensuales de la Administración General de Aduanas de China indican que el país importó apenas 8,2 millones de barriles diarios de petróleo crudo desde el cierre del estrecho de Ormuz, un 32% menos que durante los dos primeros meses del año. Esta reciente disminución de las importaciones de crudo contrasta con los niveles récord registrados en los meses previos al estallido de las hostilidades en Oriente Medio: durante el segundo semestre de 2025, China importó un promedio de 11,9 millones de barriles diarios.

Este efecto amortiguador ejercido por China sobre los precios internacionales del crudo contribuyó, paradójicamente, a mitigar el impacto político interno sobre la administración Trump. Los datos muestran, sin embargo, que durante julio se produjo un aumento significativo de las importaciones chinas. Será importante observar con atención su evolución durante los próximos meses, ya que este repunte podría responder, entre otros factores, a una estrategia destinada a reducir el efecto de la menor demanda china sobre los precios internacionales de petróleo y, eventualmente, a ejercer una mayor presión sobre la demanda mundial de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos.

En todo caso, China ha evitado en gran medida las alzas de precios y el racionamiento de combustible que han afectado a otros países de Asia. La economía china no sufrió una disrupción significativa. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿Cómo logró China mitigar la disminución de las importaciones de crudo sin mermar sensiblemente su capacidad productiva?

Creación de reservas estratégicas: una solución de corto plazo

Durante las últimas dos décadas, los responsables de la política energética china han procurado reducir la dependencia del país de las importaciones de petróleo y gas y, con ello, su vulnerabilidad frente a un posible bloqueo naval del estrecho de Malaca en un eventual conflicto con Estados Unidos. Con este objetivo, la Reserva Estratégica de Petróleo de China fue establecida en marzo de 2004. El sistema chino combina reservas bajo el control del gobierno central con inventarios comerciales y reservas provinciales, conformando un sistema mucho más amplio que el de la reserva estatal propiamente tal.

Durante el shock de Ormuz, la liberación de reservas contribuyó a contener el aumento de los precios de los combustibles: Beijing intervino para limitar el incremento de los precios internos a un 30%, manteniendo a los consumidores finales relativamente aislados del impacto del aumento de los precios internacionales.

A pesar de la opacidad de los datos chinos, numerosas fuentes convergen en que China ha acumulado las mayores reservas de crudo del mundo. Antes de la guerra, China había estado importando 1 millón de barriles diarios más de lo que procesaban sus refinerías, y se presume que una parte significativa del excedente se destinaba a reservas comerciales y estratégicas. Según estimaciones de Michal Meidan, directora de Investigación Energética sobre China del Instituto de Estudios Energéticos de Oxford, las reservas totales se situarían entre 1100 y 1300 millones de barriles, equivalentes aproximadamente a entre 110 y 140 días de importaciones netas. Cifras similares han sido citadas por la prensa china. Este volumen equivaldría a entre tres y cuatro veces las reservas reportadas por Estados Unidos.

La acumulación de estas reservas estratégicas se produjo durante períodos de precios relativamente bajos del petróleo, y fue favorecida por el acceso a crudo procedente de países sometidos a sanciones estadounidenses, particularmente Irán, Venezuela y Rusia. Las restricciones impuestas a estos países productores generaron importantes descuentos respecto a los precios internacionales, ofreciendo a las empresas chinas una oportunidad para adquirir grandes volúmenes de petróleo a precios considerablemente inferiores a los de mercado.

El primer país en ser sometido a sanciones particularmente rigurosas fue Irán. El 8 de mayo de 2018, el presidente Donald Trump anunció la retirada de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (JPCOA, por sus siglas en inglés), esto es, el acuerdo nuclear alcanzado con Irán en 2015. En noviembre de ese mismo año, Washington volvió a imponer sanciones a tal país, incluyendo medidas dirigidas específicamente contra sus sectores energético, naviero y financiero. Las empresas extranjeras que realizaran transacciones a través del sistema financiero estadounidense con entidades iraníes sancionadas podían quedar expuestas a perder su acceso a dicho sistema.

Venezuela fue el siguiente país productor en ser sometido a sanciones: en enero de 2019, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos incluyó a Petróleos de Venezuela (PDVSA) en la lista de entidades sancionadas. Como consecuencia, los activos de la empresa sujetos a la jurisdicción estadounidense fueron bloqueados y, en términos generales, se prohibió a entidades estadounidenses realizar transacciones con PDVSA. En la práctica, estas medidas restringieron severamente la capacidad de Venezuela para comercializar su petróleo en los mercados internacionales y acceder al sistema financiero denominado en dólares.

El caso de Rusia es aún más interesante. El 8 de marzo de 2022, apenas dos semanas después de la invasión rusa a Ucrania, Estados Unidos prohibió la importación de crudo y productos petrolíferos rusos a territorio estadounidense. Sin embargo, Washington no intentó prohibir al resto del mundo comprar crudo ruso. Dado que Rusia producía aproximadamente 10 millones de barriles diarios de petróleo, retirar este volumen del mercado mundial podría haber provocado un enorme shock de precios a escala global, que difícilmente habría dejado incólume al consumidor norteamericano. En lugar de ello, Estados Unidos y sus socios del G7 diseñaron un mecanismo sin precedentes para mantener el petróleo ruso en circulación, pero reducir también los ingresos obtenidos por Moscú. En diciembre de 2022 establecieron un tope de US$60 por barril para el crudo ruso transportado por vía marítima. Como los países del G7 controlaban una proporción enorme de los servicios marítimos, incluyendo el financiamiento del transporte marítimo y de seguros, esta medida impondría un límite a la capacidad de financiamiento del régimen ruso.

Los datos de las importaciones anuales declaradas por China parecen reflejar un cumplimiento relativamente estricto de las sanciones: a partir de 2019, las importaciones de crudo venezolano e iraní disminuyen considerablemente, hasta desaparecer casi por completo de las estadísticas oficiales en 2021. En el caso de Rusia, las importaciones aumentan considerablemente a partir de 2022, en línea con la introducción del régimen internacional de tope de precios para el petróleo ruso.

Los datos recopilados por plataformas de análisis sobre los flujos mundiales de materias primas, como Kpler y Vortexa, presentan un escenario totalmente diferente. En lugar de consultar directamente las bases de datos de aduanas, estas plataformas intentan reconstruir el movimiento físico del petróleo mediante el seguimiento de buques y cargamentos individuales desde la localización de carga hasta la de descarga. Para ello, combinan información procedente de sistemas de identificación automática terrestre y satelital, imágenes tomadas por drones y registros de inteligencia portuaria.

Concretamente, esta metodología ha permitido identificar a Malasia, Emiratos Árabes Unidos, Omán e Indonesia, entre otros países, como importantes puntos de reclasificación del origen del crudo procedente de Irán y Venezuela. De este modo, el país declarado en las estadísticas aduaneras chinas no siempre coincide con el origen físico real del crudo.

Conforme a esta estimación de los flujos físicos, los datos muestran un aumento considerable en las importaciones chinas: en el caso de Venezuela, los volúmenes se aproximan a los niveles registrados antes de la imposición de las sanciones; en el caso de Irán, alcanzaron niveles superiores al doble de lo que China solía importar antes de las sanciones. Puesto que China se convirtió en un comprador de último recurso para estos productores, las refinerías independientes chinas gozaron de un poder de negociación considerable. En consecuencia, la compra de crudo conllevó descuentos significativos respecto al precio internacional. Según estimaciones citadas por Reuters y el Instituto Mercator de Estudios sobre China, los descuentos promedio se situaron en torno a US$12 por barril para el crudo iraní, US$12 para el venezolano y US$7 para el ruso.

El régimen de sanciones impuesto por Estados Unidos parece haber menoscabado considerablemente la capacidad de financiamiento de los regímenes iraní y venezolano, pero a costa de haber creado paradójicamente una oportunidad muy valiosa de obtener petróleo con descuento a su principal competidor geopolítico, China. Y el gigante asiático aprovechó decididamente esta coyuntura para reducir sus costos de abastecimiento y acumular inventario en sus reservas estratégicas. Esta dinámica permite comprender mejor el vuelco en la política exterior hacia Irán, Venezuela y Rusia que supuso la ascensión de la segunda administración de Donald Trump.

Diversificación de la matriz energética: el camino hacia la autonomía

En el contexto de la crisis energética, China recurrió adicionalmente a sus reservas nacionales de carbón y gas natural y aumentó el uso de energías renovables para abastecer el mercado. Al mismo tiempo, las autoridades chinas continúan impulsando una estrategia de transición hacia fuentes alternativas de energía. En este marco, el país se encuentra desarrollando activamente su programa de energía nuclear y ha promovido intensamente la adopción de vehículos eléctricos entre la población.

China se ha convertido, con diferencia, en el mayor mercado mundial de vehículos eléctricos, y ha comenzado a extender este esfuerzo al transporte de carga. A partir de 2025, por primera vez, la participación de los vehículos eléctricos en la venta de automóviles nuevos superó a la de los vehículos con motores de combustión interna. Hace una década, la presencia de los vehículos eléctricos era todavía marginal, y estaba concentrada en una pequeña gama de modelos altamente exclusivos. Sin embargo, a partir de 2021, en el contexto de la recuperación económica tras la fase más crítica de la pandemia, su adopción se aceleró notablemente hasta alcanzar los niveles actuales.

Esta estrategia agresiva de transición desde los automóviles propulsados por combustibles fósiles hacia la electricidad no se ha circunscrito a los consumidores particulares, sino que también se ha extendido al ámbito industrial. Desde 2021, comenzaron a introducirse en el mercado camiones pesados eléctricos, y en apenas cuatro años, estos vehículos ya representan cerca del 28% de las ventas anuales de este segmento.

Según analistas de Goldman Sachs, a pesar del alza en los precios de la gasolina, la congestión del tráfico se mantuvo relativamente estable. Esto refleja, en parte, el enorme parque de vehículos eléctricos del que dispone China. En este sentido, el crecimiento de la demanda de petróleo en China ha experimentado una desaceleración paralela al aumento de la penetración de vehículos y camiones eléctricos.

Asimismo, la energía nuclear ofrece una combinación atractiva de generación eléctrica baja en carbono y fortalecimiento de la seguridad energética. China se encuentra actualmente en plena expansión de su parque de reactores nucleares. En 2026, la Administración Nacional de Seguridad Nuclear de China registra 64 reactores nucleares en operación, y otros 37 en construcción; estos últimos equivalentes aproximadamente al 58% del total actualmente operativo. El país es, con diferencia, el líder mundial en la construcción de nuevos reactores nucleares.

Desde 2010, la capacidad de generación nuclear instalada en China se ha quintuplicado, y actualmente representa el 4,6% de la generación eléctrica del país.

¿Dilema superado o solo un respiro temporal?

China se ha preparado estratégicamente para enfrentar un shock energético global de una manera que la mayoría de los países no lo ha hecho. La planificación iniciada hace dos décadas, impulsada por el temor a un eventual bloqueo de sus suministros energéticos, parece haber sido validada por la guerra de Irán, lo que podría llevar a la administración china a profundizar aún más esta estrategia.

El debate entre los diseñadores de la política energética en Beijing se centra cada vez más en reducir el papel del petróleo dentro de la economía. Entre las recomendaciones para la formulación del XV Plan Quinquenal figura de manera prominente “avanzar más rápidamente en el desarrollo de un nuevo sistema energético”. El objetivo es convertir a China en una potencia energética. En este marco, el plan quinquenal menciona explícitamente el desarrollo de la energía eólica, fotovoltaica, hidroeléctrica y nuclear, todas ellas basadas en fuentes de generación doméstica.

La acumulación de reservas estratégicas de petróleo y gas es concebida como un mecanismo esporádico para absorber shocks en el suministro energético, hacer frente a interrupciones y preservar la estabilidad económica en circunstancias geopolíticas adversas. China todavía no puede escapar de su dependencia del petróleo, pero sí puede mitigar sus efectos sobre las variaciones de precio y la continuidad de los suministros. Sin embargo, como las autoridades centrales han sostenido con ahínco durante la última década, la principal respuesta de largo plazo apunta hacia la electrificación de la economía como mecanismo para avanzar hacia una mayor autonomía energética.

La transición energética todavía no se ha completado. La composición de la energía primaria resulta reveladora: en 2025, China aún dependía del carbón en un 56,9%, del petróleo en un 20,9% y del gas natural en un 9,8%. Estos dos últimos combustibles son los que representan las mayores vulnerabilidades para la economía china, pues son importados en su mayor parte. El carbón, en cambio, es producido principalmente a nivel doméstico, y constituye la fuente de último recurso para la generación de energía.

La energía nuclear ofrece, en teoría, una mayor seguridad energética. Sin embargo, la rápida expansión del parque de reactores nucleares, junto con la insuficiencia de la producción nacional de uranio, ha creado otra dependencia externa: en este caso, de Kazajistán. Este país provee una parte sustantiva del uranio que abastece a China. Y, si bien es cierto que ambos países mantienen excelentes relaciones diplomáticas y comerciales, tal circunstancia podría no mantenerse indefinidamente en el tiempo.
Es bastante extendida la idea de que la apuesta china por la electrificación tiene sus raíces en la búsqueda de una matriz energética más limpia. Aunque la descarbonización constituye claramente un beneficio importante, la justificación fundamental de esta estrategia reside en que la electricidad es el vector energético sobre el cual China puede ejercer el mayor grado de control. En este sentido, los objetivos climáticos y la seguridad energética resultan altamente complementarios.

Las industrias que sustentan la revolución de la inteligencia artificial y de la manufactura avanzada son, además, altamente intensivas en electricidad. Aquí reside la justificación de la afirmación de que la geopolítica de la energía está transitando desde el control de los flujos de petróleo hacia el control de sistemas industriales electrificados. China ya ha dado pasos importantes en esta dirección.

Con una velocidad vertiginosa, el temor que Hu Jintao expresara en 2004 ha contribuido a impulsar a China hacia una de las transformaciones energéticas más importantes de la historia. Lo que comenzó como una estrategia para reducir la vulnerabilidad frente a un eventual bloqueo del estrecho de Malaca ha evolucionado en un rompecabezas más complejo en que la electrificación de la economía puede convertirse, simultáneamente, en un mecanismo de descarbonización, seguridad energética y autonomía industrial.