A uno de mis hermanos, que hace años emigró a Montréal huyendo de los espectros de la dictadura, como suele ocurrir con los franciscos le decimos Pancho, o sea, los que suelen llamarse así gracias a Francisco de Asís aunque no exclusivamente (a veces hay padres, abuelos y otras figuras de nota de por medio, sin tomar en cuenta que el mismo Francisco de Assisi habrá sido bautizado con ese mote, en parte al menos, por cierta memoria de los fráncicos o francos, hoy por hoy franceses; la historia es conocida). Esta vez no voy a hablar de mi hermano ni tampoco de mi abuelo paterno sino de otro Pancho, uno con quien solía cruzarme y echar una que otra talla en los recreos de un colegio católico supuestamente más abierto de mente que conservador, no digamos sin más de la cota mil: me refiero a Pancho (Francisco) Undurraga, actual Ministro de Culturas del gobierno de JA Kast.
“¿Todo mal?”, me pregunta en uno de esos recreos. Por aquel entonces (estamos hablando de fines de los locos años setenta), yo era por esas cosas del destino o del diablo Ministro de Culturas del Centro de Alumnos del caso (alias CASI). Todo mal, reitero. ¿Cómo venir a caer tan, pero tan bajo? No tanto cómo llegas a Evolución Política (Evópoli), la semi-centro-izquierda del piñerismo alias centro-derecha, sino cómo llegas al Ministerio de las Culturas a implementar (poner en marcha, si prefieres) una política de extrema derecha, interpretando tan bien a los autodenominados partidos Republicano y Nacional Libertario?
Si el mago de Oz de Quiroz te instruye ajustar el presupuesto en un 3%, eres el único ministro que lo rebaja en triplicado, o sea, un 9%. ¿Cómo fue que sin decir agua va vienes a desfondar el Fondo del Libro y la Lectura, el Fondart y otros? ¿Cómo llegas incluso a introducir, de manera a todas luces ilegal y aun inconstitucional (el debate al respecto recién comienza), mecanismos de censura previa en los concursos de este año (puedes ver la columna de la artista visual Valentina Henríquez aquí mismo, del 31 de julio.
En suma, resta: ¡todo mal, animal! (“animal” fuera sólo uno de los múltiples apodos, y no el más filudo, con que solían caracterizarte tus compañeros en el colegio de marras, junto con “gólem”). Mamma mia! ¡Qué “evolución política”!
No voy a acusarte (sería acaso demasiado simple y además me huele que este “combo” de metidas de mata es una pizca más intrincado) de jamás haberte interesado en algo así como la “cultura” (por decir: “las artes” lato sensu, por más que tu madre fuera una artista visual de no poca nota); tú mismo lo habrás reconocido poco antes o poco después de asumir el cargo en el Ministerio. “Vengo de afuera”, dijiste, o algo por el estilo, del “mundo de la publicidad”, y luego de “la política” alias “servicio público”, como dirigente de Evópoli y diputado por el distrito 11: Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea, Peñalolén y La Reina un par de veces, hasta que tu electorado ya no te reiteró la confianza en la última elección.
Resta que el corte de fondos de cultura (fondos paradojalmente sin fondos) y la reposición de la censura previa amañada en materias de “creación” artística, Pancho, no tiene nombre. Tal vez —sólo tal vez— sí apellido: del vasco o euskera, “undurraga”: ‘mata de espinos’, ‘atado de zarzas’. Siempre podrás recitar, estás en tu derecho, al mismo Francisco de Asís en estos casos, el bien conocido amigo de los animales: non c’è rosa senza spine. – Perro, digo pero, traer la Inquisición y DINACOS de vuelta, aunque no más sea por un segundo o de refilón, reitero, hombre, no tiene nombre.
¡Todo mal, Pancho! (No digo que no des sin más el ancho). Echar la talla fuera una cosa, tallar el camino y el trayecto hacia una maniatada cultura (que comparte, con todo, étimo con colonia, como bien lo subrayan Walter Benjamin —“no hay documento de cultura [Kultur] que no sea a la vez uno de barbarie”—, Felipe Guaman Poma et alii), otra cosa, otra muy otra fuera.
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