Cómo ganar batallas mientras se destruyen los recursos de la victoria.
1. El extraño camino que conduce de la victoria al aislamiento
Existe una forma convencional de comprender el poder: quien obtiene resultados acumula prestigio; quien vence fortalece su autoridad; y quien cumple sus objetivos amplía su capacidad de conducción. Bajo esta mirada, los triunfos se suman unos a otros como puntos en una tabla. Cada victoria incrementa el poder disponible para la siguiente batalla.
Esta suele ser la lectura lineal. Y suele ser la lectura más empíricamente comprobable. Pero, como en todo, hay detalles que requieren mayor complejidad interpretativa. Y es que en la política, la guerra y el deporte estos mandatos no funcionan siempre de ese modo. Hay actores que, mientras alcanzan sus objetivos inmediatos, van destruyendo las condiciones que les permitían transformar esos éxitos en autoridad duradera. Ganan posiciones, eliminan amenazas, superan adversarios y conquistan metas volantes. Sin embargo, después de cada triunfo disponen de menos aliados, menos intérpretes favorables, menos prestigio universal y menos capacidad para presentar sus acciones como legítimas.
A esta contradicción podemos llamarla síndrome de Netanyahu: la tendencia de un actor a incrementar su eficacia operacional mientras disminuye su defendibilidad política. El actor vence en el escenario donde se cuentan soldados, goles, territorios, eliminaciones o adversarios derrotados, pero pierde en el escenario donde se construyen adhesiones, alianzas y significados compartidos.
Argentina ha vivido desde las últimas semanas del mundial hasta ahora una de los más grandes terremotos en su imagen país. La marca “Argentina”, construida sin necesidad de estado, hecha por sus habitantes que comprenden que el triunfo de un argentino en cualquier disciplina aumenta su salario posible, convierte su proyecto en negocio y permite una valorización individual optimizada.
Sin embargo, esta situación dio un giro durante el mundial. Y he aquí lo interesante. En mis investigaciones sobre cambios culturales, es decir, sobre cambios estructurales en las significaciones de un ‘objeto’, se observa que hay momentos de transvaloración, donde un elemento cambia su significado por presión externa (contexto) y, de ser muy grande, la valoración positiva puede coinvertirse de golpe en negativa. La misma razón que era alimento se transforma toxina.
El tema excede esta columna, pero trataré de resumir al menos una parte del fenómeno. La otra parte la estamos desarrollando para un informe del centro de investigación CISEC-USACH donde analizaremos el caso argentino como un caso relevante para quienes administran las marcas e imagen de los países. Ese informe lo presentaremos la próxima semana.
Volvamos brevemente al síndrome Netanyahu. Tanto en el caso del líder israelí como en el caso argentino puede observarse la posibilidad de obtener éxitos parciales mientras se destruyen los recursos simbólicos. Y esos recursos simbólicos pueden escasear tanto al final que pueden generar la imposibilidad de ganar.
La selección argentina comienza a caminar por esa ruta. No porque haya dejado de ser competitiva, sino precisamente porque su excepcional ciclo de resultados deportivos ha producido la más grave sospecha deportiva: que la cancha no sea el único escenario del triunfo.
Y es que el poder no depende solamente de los recursos que un actor controla directamente. Depende también de las personas e instituciones que están dispuestas a explicarlo, justificarlo y defenderlo ante terceros.
Un actor es defendible cuando alguien que no pertenece a su núcleo incondicional puede apoyarlo sin renunciar a sus propios principios. Un gobierno aliado puede respaldar a otro Estado porque considera que sus acciones son compatibles con el derecho internacional. Un periodista puede valorar a una selección porque reconoce su talento, incluso si no desea que gane. Un futbolista extranjero puede admirar a un rival sin sentirse personalmente agredido por él.
La legitimidad comienza a deteriorarse cuando esas defensas se vuelven demasiado costosas. El aliado ya no puede respaldar al actor sin perjudicar su propia reputación. El simpatizante neutral debe omitir hechos cada vez más visibles. El comentarista favorable tiene que negar evidencias, relativizar agresiones o presentar toda crítica como una conspiración. Finalmente, defender al actor exige abandonar los principios en nombre de los cuales se lo defendía.
En ese punto se cruza el umbral de indefendibilidad.
El actor puede conservar una base interna fervorosa. Incluso puede experimentar una radicalización de esa adhesión. Pero pierde la coalición amplia que transformaba su fuerza particular en autoridad general. Ya no es admirado: es obedecido, tolerado o temido. Ya no conduce: obliga a tomar partido.
Todos pueden emocionarse si un jugador está a punto de convertirse en el mejor de la historia, todos estamos dispuestos a entregarnos a su superioridad, su arte, su magnificencia. Pero eso se rompe si se cree que es posible que ese logro sea convergente con intereses de actores burocráticos, intereses empresariales o incluso asuntos geopolíticos. Para construir al héroe es necesario que el mundo vea en una rebeldía, un fuego y un sacrificio.
La fórmula básica podría expresarse así:
Legitimidad acumulada = resultados obtenidos + coherencia narrativa + capacidad de representar a terceros − costos morales y políticos impuestos a los aliados.
Los resultados son importantes, pero no bastan. Si cada nuevo éxito aumenta desproporcionadamente el costo de defender al vencedor, la legitimidad total puede disminuir incluso mientras continúa ganando.
2. Netanyahu: la victoria operacional sin traducción política
Benjamin Netanyahu convirtió la seguridad en el centro de su identidad política. Su argumento histórico ha sido que Israel necesita dirigentes capaces de anticipar amenazas, usar la fuerza y resistir las presiones internacionales. Los ataques del 7 de octubre de 2023 destruyeron temporalmente esa promesa: demostraron una falla de inteligencia, prevención y protección precisamente bajo el liderazgo de quien había construido su autoridad sobre esas capacidades.
La respuesta de Netanyahu consistió en intentar reconstruir su legitimidad mediante una sucesión de operaciones militares. Israel golpeó severamente a Hamás, debilitó estructuras de Hezbolá y realizó ataques de gran profundidad contra instalaciones, mandos y capacidades militares iraníes. La ofensiva de doce días contra Irán en 2025 destruyó objetivos nucleares y de misiles y eliminó a importantes comandantes y científicos iraníes. Aquellos resultados permitieron a Netanyahu presentarse nuevamente como el protector capaz de proyectar el poder israelí mucho más allá de sus fronteras.
Sin embargo, la espectacularidad de esas acciones no resolvió la contradicción fundamental. Hamás no desapareció completamente; los objetivos políticos posteriores a la guerra permanecieron confusos; la devastación de Gaza produjo un aislamiento internacional creciente; y el uso prolongado de la fuerza fue debilitando la disposición de los aliados occidentales a defender la conducta del gobierno israelí. Reuters describió posteriormente la dificultad de Netanyahu para transformar la potencia militar desplegada contra Irán en beneficios políticos estables.
El problema no consiste únicamente en que los aliados discrepen de ciertas decisiones. Toda alianza admite diferencias. El problema aparece cuando la defensa del aliado comienza a erosionar la legitimidad interna de quien lo defiende.
Un gobierno europeo puede respaldar el derecho de Israel a defenderse después de una agresión terrorista. Pero encuentra crecientes dificultades para justificar la destrucción prolongada de infraestructura civil, las restricciones humanitarias y la ausencia de un horizonte político verificable. Un dirigente estadounidense puede defender la alianza estratégica con Israel, pero debe asumir costos electorales cada vez mayores si ese apoyo se interpreta como adhesión automática a todas las decisiones de Netanyahu. La orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu en noviembre de 2024 profundizó esta contradicción, independientemente del rechazo israelí a la jurisdicción y a las acusaciones formuladas por el tribunal.
No en vano ha habido un coro de actores que han considerado la conducta de Israel como intolerable o insoportable: Friedrich Merz, Keir Starmer, Emmanuel Macron, Mark Carney, David Lammy, Giorgia Meloni, Anthony Albanese, Christopher Luxon, Ursula von der Leyen, Micheál Martin, Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y Cyril Ramaphosa.
El síndrome aparece cuando Netanyahu interpreta las dudas de sus aliados no como una señal sobre el costo de sus decisiones, sino como una demostración de la debilidad moral de esos aliados. La reacción es profundizar la estrategia que produjo el problema. Cada retirada diplomática confirma, en su interpretación, que Israel solo puede confiar en su propia fuerza. Pero esa conclusión genera nuevas acciones unilaterales, las que a su vez hacen todavía más difícil defender a Israel.
Se construye así un circuito cerrado:
1. La amenaza justifica el uso intensivo de la fuerza.
2. La fuerza produce éxitos operacionales y enormes costos humanos.
3. Los aliados expresan reservas por el riesgo de estar avalando crímenes a la humanidad.
4. Las reservas son interpretadas como abandono o traición.
5. El actor reduce la importancia concedida a los aliados.
6. La nueva unilateralidad incrementa el costo de respaldarlo.
El actor continúa siendo fuerte, pero su fuerza pierde capacidad de producir orden. Puede destruir objetivos, pero no organizar la etapa posterior. Puede imponer hechos, pero no construir una interpretación compartida de esos hechos. Puede ganar batallas y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones de su seguridad futura.
En julio de 2026, incluso la relación entre Netanyahu y Donald Trump mostraba diferencias crecientes sobre los objetivos de la guerra contra Irán, el alcance de las operaciones en Líbano y la conveniencia de buscar una salida diplomática. No se trata todavía de una ruptura de la alianza, sino de una señal de que hasta un socio extraordinariamente favorable comienza a necesitar distancia respecto de algunos objetivos del dirigente israelí.
3. Del prestigio a la hegemonía cultural: la Argentina de Scaloni
La selección argentina llegó al Mundial de 2022 con un recurso que pocos equipos poseen: una historia de frustración capaz de transformarse en relato de redención.
Lionel Messi había perdido finales mundiales y continentales, había renunciado temporalmente a la selección y había sido acusado durante años de no sentir la camiseta nacional con la intensidad atribuida a Diego Maradona. Lionel Scaloni, por su parte, llegó al cargo como una figura provisional, sin el prestigio de los grandes entrenadores que tradicionalmente aspiraban a dirigir Argentina.
De esa combinación improbable surgió una de las narraciones deportivas más poderosas de las últimas décadas. La Copa América de 2021 puso fin a una larga sequía. La Finalissima y el Mundial de Qatar en 2022 convirtieron a Messi en campeón mundial. La Copa América de 2024 confirmó que no se trataba de un éxito aislado. En 2026, Argentina volvió a llegar a la final del Mundial y perdió por 1-0 ante España en tiempo suplementario. Messi alcanzó su tercera final mundialista y la selección quedó a un solo partido de repetir una hazaña que ningún país conseguía desde Brasil en 1962.
Lo más relevante de ese ciclo no fueron solamente los títulos. Argentina produjo una hegemonía sentimental. Muchos aficionados neutrales querían ver a Messi levantar la copa. Scaloni encarnaba la moderación, el trabajo colectivo y la ausencia de grandilocuencia. El equipo aparecía como un grupo de amigos que había aprendido de las derrotas y que competía por una causa afectiva antes que por la demostración arrogante de una superioridad.
Esa narrativa amplió extraordinariamente el capital simbólico argentino. La selección dejó de representar exclusivamente a sus hinchas nacionales. Se convirtió en depositaria de aspiraciones universales: la justicia tardía para un jugador extraordinario, la recompensa a la perseverancia y la posibilidad de alcanzar la gloria sin construir una maquinaria distante del público.
Ese capital no era decorativo. Permitía que cada éxito argentino fuera interpretado favorablemente. La intensidad podía ser leída como pasión. La provocación, como folclore. La agresividad, como hambre competitiva. Las celebraciones excesivas, como liberación después de décadas de frustraciones.
Pero todo capital simbólico tiene límites. Puede absorber episodios contradictorios mientras estos sean excepcionales. Cuando las excepciones comienzan a formar una serie, cambia el marco interpretativo. Las mismas conductas dejan de ser vistas como expresiones pintorescas de pasión, o dejar de tener el tono heroico y rebelde; y empiezan a aparecer como síntomas de arrogancia, hostilidad, trampa o incapacidad para reconocer reglas comunes.
4. Cuando la épica de la revancha se convierte en cultura del agravio
La identidad competitiva de la selección argentina se ha construido históricamente alrededor de la adversidad. El equipo no juega solamente contra otro conjunto: juega contra el arbitraje, la organización, la prensa extranjera, los poderosos, los países ricos y quienes supuestamente desean impedir la victoria argentina. Es una narrativa poderosa.
La FIFA brasileña, la enfermera buscando a Maradona, la fortaleza y la calidad, sumada a la rebeldía, son la fórmula para tolerar el agobio emocional y situacional que suelen ocupar como recurso tanto los jugadores como el entorno argentino. Admiramos a Bilardo y toda una cultura donde todo vale. Y es que detrás de eso está la convicción esos casos que en el deporte han sido emblemáticos: las comisiones atléticas que quitaron sus títulos a Mohammed Ali, la FIFA contra Argentina (que ocurrió), la FIA contra Senna y la FIFA versus Maradona son casos emblemáticos. Y ante ello los argentinos han sido fuertes y valientes.
Esa disposición puede ser deportiva y psicológicamente eficaz. Un grupo que se considera sitiado desarrolla cohesión interna, tolera mejor el sufrimiento y convierte cada partido en una prueba moral. La selección de Scaloni demostró repetidamente su capacidad de regresar desde posiciones adversas. En el Mundial de 2026 remontó situaciones difíciles y alcanzó nuevamente la final, confirmando una fortaleza competitiva extraordinaria.
El problema surge cuando el relato del asedio se vuelve impermeable a los hechos. Toda sanción se interpreta como persecución; toda crítica, como envidia; toda objeción externa, como una expresión de colonialismo; todo adversario, como enemigo moral. El equipo deja de distinguir entre competir contra alguien y considerar ilegítima la existencia de límites.
Después de ganar la Copa América de 2024, integrantes de la selección fueron grabados cantando una canción sobre los jugadores franceses que la Federación Francesa de Fútbol calificó como racista y discriminatoria. La FIFA abrió una investigación y Enzo Fernández pidió disculpas después de que el episodio provocara un conflicto con compañeros franceses del Chelsea.
El episodio contenía una posibilidad de corrección. Un equipo que había conquistado admiración mundial podía reconocer que una celebración interna había cruzado un límite. La disculpa no habría debilitado a la selección. Al contrario, habría demostrado que su autoridad deportiva era suficientemente sólida para aceptar una responsabilidad.
Pero el entorno político argentino produjo la señal opuesta. El subsecretario de Deportes que sugirió que Messi y la Asociación del Fútbol Argentino debían pedir disculpas fue apartado de su cargo. Desde el gobierno se defendió que ninguna autoridad debía indicar a la selección cómo actuar, mientras la vicepresidenta Victoria Villarruel respondió a Francia en términos abiertamente nacionalistas.
La decisión tuvo un significado que excedía el conflicto puntual. Estableció que la selección ocupaba un territorio simbólico protegido frente a la crítica institucional. Pedirle una explicación era considerado más grave que la conducta que había originado la controversia.
Así se pierde el mecanismo de aprendizaje. Cuando una organización es demasiado valiosa para recibir críticas, se vuelve progresivamente incapaz de corregirse. Los éxitos anteriores se convierten en una autorización general para el comportamiento futuro.
5. El Mundial de 2026: de la admiración a la sospecha
La campaña argentina en el Mundial de 2026 mostró el desarrollo de esa transformación. El equipo llegó nuevamente a la final, desplegó una extraordinaria capacidad competitiva y sostuvo su condición de potencia mundial. Pero, al mismo tiempo, fue acumulando controversias que modificaron la percepción externa. Desde los rivales que enfrentó Argentina.
En octavos de final, Egipto presentó una queja formal después de su derrota por 3-2, cuestionando la anulación mediante VAR de un gol y una posible infracción penal no sancionada antes del tanto decisivo de Argentina. Analistas y antiguos futbolistas expresaron dudas sobre la consistencia de las decisiones. En cuartos de final, nuevas controversias arbitrales en el partido contra Suiza reforzaron entre los críticos la idea de que Argentina estaba recibiendo un trato favorable. Reuters describió el surgimiento de la expresión “VARgentina”, no como demostración de una conspiración, sino como evidencia de una erosión de la confianza pública en la imparcialidad del torneo. Nunca se usó el VAR contra Argentina, se señalaba. Tampoco en la final. Fue el único país que no tuvo reversiones en su contra mediante la técnica de la revisión por video y ese factor fue interpretado como una relación de intereses, incluso generándose una mirada conspirativa de una protección a Messi desde Infantino.
Surge aquí un asunto crucial. La legitimidad no se pierde solamente cuando se prueba una irregularidad. También puede deteriorarse cuando el beneficiario de decisiones controvertidas actúa como si no debiera realizar ningún esfuerzo por preservar la confianza de los demás.
Argentina no era responsable del diseño del VAR ni de las resoluciones arbitrales. Pero cada gesto de provocación, cada exceso y cada celebración hostil se incorporaba a una narrativa más amplia: la de un campeón que no solamente vencía, sino que parecía considerar natural que las instituciones, los símbolos nacionales y las reglas emocionales del torneo se alinearan con su causa.
Después de derrotar a Inglaterra en semifinales, integrantes de la delegación argentina exhibieron una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas”. El gobierno británico pidió a la FIFA que investigara el episodio por infringir la prohibición de realizar manifestaciones políticas durante el torneo. FIFA abrió un procedimiento.
6. La final que podía consolidar la leyenda
La derrota ante España ofrecía a Argentina una oportunidad extraordinaria. Después de ganar cuatro grandes títulos y llegar a dos finales mundiales consecutivas, perder por un solo gol en tiempo suplementario no destruía su legado. Podía incluso engrandecerlo.
Existe una forma de derrota que acumula legitimidad. Es la derrota del actor que reconoce la superioridad circunstancial de su adversario (evidente en el torneo y el partido, por lo demás), y con ello se honra la competencia y se demuestra que la identidad no dependía exclusivamente del resultado. Una selección que había aprendido a ganar podía mostrar que también había aprendido a perder.
Pero la final terminó con enfrentamientos físicos. Leandro Paredes se involucró en choques con Eric García y Gavi; otros jugadores participaron en los incidentes y la FIFA abrió una investigación disciplinaria. Argentina había terminado el tiempo reglamentario con diez futbolistas por la expulsión de Enzo Fernández, y los disturbios posteriores desplazaron rápidamente la atención desde la extraordinaria campaña deportiva hacia la conducta del equipo derrotado.
Ayala (ayudante técnico) pidió disculpas, pero los españoles no aceptaron. Scaloni fue cuestionado luego de ser visto como un símbolo de probidad. También Messi, señalado como un protegido de los poderes y sin el carácter para transformar su liderazgo en un debate contra el poder. Al otro lado, España, con un técnico lleno de moral y convicciones, con un equipo hecho de orden y reglas, sin protección a los grandes nombres. Un equipo.
La derrota era lo que faltaba para la inversión de los valores. Si el héroe es derrotado, puede ser mártir. Pero para eso necesita un contenido moral. Y no solo no lo estaba. El ruido era opuesto. El Maradona del gol del siglo era reemplazado por la mano de dios. Las películas argentinas que muestran al héroe tramposo aparecieron como el espejo donde mirar el fútbol. El argentino cambiaba su valía.
Un campeón verdadero puede considerar injustas ciertas decisiones y, aun así, reconocer el resultado. Cuando un equipo parece aceptar solamente aquellas reglas que desembocan en su propia victoria, comienza a ser percibido no como un competidor dominante, sino como un actor que reclama privilegios.
Argentina perdió una final que podía haber aumentado su capital simbólico. Llegar consecutivamente a los partidos decisivos de 2022 y 2026 era una proeza histórica. Se había repetido la historia de Maradona en 1990, que no pudo ganar dos veces seguidas. Y por entonces nadie osó a destruir a Maradona ni a Argentina. Fue visto como una proeza de un equipo que ganó con dificultad cada batalla y que se hizo grande con un Maradona lesionado.
Pero no fue lo que ocurrió en este mundial. La acumulación, el abuso de los recursos, convierte anécdotas en estructura.
El síndrome de Netanyahu comienza cuando el actor sigue venciendo, pero cada victoria reduce la cantidad de personas dispuestas a reconocer su valía. La eficacia permanece; la autoridad desaparece.
La derrota honorable se produce cuando un actor pierde el resultado inmediato, pero fortalece su prestigio. Argentina podía haber ocupado ese lugar después de la final de 2026: un gran campeón derrotado estrechamente por un adversario extraordinario. Jugadores llorando, exhaustos, muestran la grandeza del guerrero, el amor a su patria. Los jugadores y miembros del cuerpo técnico golpeando y denostando a los españoles no solo era impropia, era una inesperada falta de estilo.
La descomposición ocurre cuando se pierden simultáneamente el resultado y la capacidad para dotarlo de sentido. Los incidentes posteriores a la final empujaron momentáneamente a la selección hacia esa cuarta posición.
El riesgo no consiste en que Argentina deje de ganar partidos. Puede continuar siendo una de las mejores selecciones del mundo. El peligro es que sus victorias dejen de producir admiración y generen únicamente adhesión entre los propios y rechazo entre los demás.
7. Del respaldo universal al refugio tribal
Cuando un actor pierde defendibilidad, normalmente responde refugiándose en su base más leal. Ya no intenta convencer a terceros. Le basta con demostrar que los adversarios lo odian.
El rechazo internacional se transforma entonces en un recurso de movilización interna. Si Francia denuncia racismo, la respuesta no consiste en examinar la conducta, sino en acusar a Francia de colonialismo. Si Inglaterra cuestiona una manifestación política, el reclamo se presenta como confirmación de que el Reino Unido teme la causa argentina. Si otras selecciones protestan por el arbitraje, las críticas son atribuidas a la incapacidad para aceptar la superioridad del campeón.
Esta estrategia puede fortalecer la adhesión nacional a corto plazo. El equipo se vuelve más argentino en la medida en que es menos aceptado por los extranjeros. Pero se trata de una argentinidad defensiva, cuya intensidad depende de la existencia de enemigos.
El resultado es una reducción del universo simbólico. La selección que había conseguido representar a millones de personas por la historia de Messi y la humildad de Scaloni vuelve a ser propiedad exclusiva de su tribu. Gana homogeneidad interna, pero pierde alcance externo.
Y esto es lo que ha ocurrido en Argentina. Las autocríticas iniciales dejaron paso a por lo menos cinco teorías conspirativas. Es la defensa de la tribu.
Eso mismo ocurre con Netanyahu. A medida que disminuye la posibilidad de construir una defensa universal de sus decisiones, su legitimidad se concentra en quienes aceptan que Israel está sometido a una hostilidad excepcional y que, por tanto, no puede juzgarse según normas ordinarias. La excepcionalidad permite mantener unida a la base, pero destruye la posibilidad de una alianza amplia y estable.
El núcleo del síndrome es precisamente este intercambio: el actor sacrifica legitimidad extensiva para aumentar intensidad identitaria.
Lo más grave ha sido para Messi. Él ocupa una posición peculiar. Su prestigio excede ampliamente a la selección argentina, a la AFA e incluso al fútbol. Su figura hizo posible que millones de personas adoptaran afectivamente la causa argentina. Esa legitimidad personal funcionó durante años como una reserva simbólica a disposición de todo el equipo.
Pero existe un peligro en esa transferencia. Cuando el prestigio de una figura se vuelve prácticamente incuestionable, las organizaciones que la rodean pueden utilizarlo para evitar rendir cuentas. Criticar una conducta de la selección pasa a ser interpretado como un ataque a Messi. Solicitar una explicación al capitán se presenta como una ofensa nacional. El símbolo deja de operar como ejemplo y comienza a funcionar como escudo.
Messi no es responsable automático de todos los actos de sus compañeros. Pero el liderazgo simbólico implica algo más que no participar directamente en una conducta. Consiste en establecer los límites de aquello que puede realizarse en nombre del grupo.
El silencio de las figuras centrales puede ser interpretado internamente como una autorización. En organizaciones extremadamente cohesionadas, nadie quiere convertirse en quien rompe la fraternidad. Por ello, la responsabilidad de marcar los límites recae precisamente en quienes poseen el capital suficiente para hacerlo sin quedar expulsados.
La paradoja es evidente: Messi tiene la autoridad necesaria para proteger la legitimidad de la selección, pero el entorno político y cultural tiende a protegerlo de cualquier exigencia de intervención. Al liberarlo de toda responsabilidad simbólica, debilita el recurso que su figura representa.
La selección argentina no se encuentra en una situación irreversible. Su capital deportivo continúa siendo inmenso. Messi conserva una admiración global excepcional. Scaloni sigue representando una tradición de sobriedad y trabajo colectivo. Llegar a la final de 2026 confirma la profundidad futbolística del ciclo y no su decadencia.
Además, las conductas examinadas no poseen la gravedad de las decisiones de un gobierno en guerra. El concepto de síndrome describe una dirección, no una equivalencia ni un destino inevitable.
Precisamente por ello, la corrección sería relativamente sencilla. Requeriría reconocer que la selección no se debilita cuando pide disculpas; que la defensa de las Malvinas no necesita apropiarse de una celebración deportiva; que los cánticos racistas no son folclore competitivo; que una derrota no autoriza la violencia; y que las investigaciones arbitrales deben ser enfrentadas con transparencia, no mediante la construcción automática de enemigos.
La AFA debería asumir que administra un patrimonio nacional y mundial, no solamente una organización deportiva. Los líderes del plantel deben comprender que la cohesión interna no exige proteger todas las conductas. El gobierno argentino, por su parte, tendría que evitar convertir cada controversia de la selección en una batalla de soberanía nacional.
La selección puede decidir entre dos formas de grandeza. La primera consiste en ser el equipo que más intensamente representa a los argentinos. La segunda, más difícil, consiste en ser un equipo argentino capaz de producir admiración incluso entre quienes desean derrotarlo.
La primera genera identidad. La segunda genera hegemonía.
Los actores sometidos al síndrome de Netanyahu miran permanentemente el marcador y dejan de observar el estadio. Saben cuántos adversarios derrotaron, pero no cuántos espectadores dejaron de creer en ellos. Conocen las posiciones conquistadas, pero no las relaciones destruidas. Celebran la adhesión apasionada de sus seguidores y no perciben que ya solo pueden hablarles a ellos.
El verdadero campeón no es quien gana todas las metas volantes. Es quien llega al final conservando los recursos que daban sentido a la carrera.
Netanyahu representa la advertencia extrema: se puede disponer de una enorme capacidad para vencer y, al mismo tiempo, obligar a los propios aliados a abandonar el escenario porque defender al vencedor se ha vuelto imposible. El costo de la legitimidad es, en la historia, el más alto. A Mohammed Ali, al final, no le quitaron nada. Solo se hizo más grande.
Detenerse exige comprender una verdad elemental que los vencedores suelen descubrir demasiado tarde: la legitimidad no es el premio que se recibe después de ganar. Es uno de los recursos que hacen posible seguir ganando sin quedarse solo.
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