Mientras millones de personas siguieron el desenlace del Mundial de Fútbol, hay una escena que se seguirá repitiendo en muchos hogares: niños y adolescentes sueñan con hacer el gol decisivo, levantar una copa o convertirse en la próxima gran figura del deporte. Es una aspiración natural. Lo que muchas veces pasa inadvertido es todo lo que ocurre antes de ese momento: años de entrenamiento, disciplina, derrotas, frustraciones y constancia.

Vivimos, sin embargo, en una época que parece transmitir el mensaje contrario. La tecnología ha acelerado procesos de una forma extraordinaria. Hoy es posible obtener respuestas, resumir información o crear contenidos en cuestión de segundos gracias a herramientas de inteligencia artificial. Ese avance representa enormes oportunidades para la educación y el trabajo, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿estamos formando una generación que comienza a creer que todo debe conseguirse rápido y con el menor esfuerzo posible?

El problema no es la inteligencia artificial. De hecho, bien utilizada puede enriquecer el aprendizaje, ampliar perspectivas y liberar tiempo para tareas de mayor valor. El riesgo aparece cuando confundimos rapidez con aprendizaje o eficiencia con comprensión.

Aprender sigue siendo un proceso profundamente humano. Requiere tiempo, equivocarse, volver a intentar, formular preguntas, desarrollar pensamiento crítico y sostener el esfuerzo incluso cuando los resultados no aparecen de inmediato. Ninguna herramienta puede reemplazar ese recorrido.

En realidad, casi todo lo verdaderamente importante en la vida sigue un proceso. Madurar, construir una amistad, aprender un deporte, desarrollar una profesión o liderar un equipo implica atravesar etapas, acumular vivencias y adquirir experiencia. Es precisamente ese camino el que entrega herramientas para tomar mejores decisiones, interpretar la realidad con mayor profundidad y reflexionar antes de actuar. Cuando intentamos saltarnos ese proceso, podemos obtener respuestas más rápidas, pero difícilmente alcanzaremos una comprensión más profunda.

El deporte ofrece quizás uno de los mejores ejemplos para comprender esta diferencia. Ningún futbolista llega a una final del Mundial únicamente porque tiene talento. Detrás de cada partido hay miles de horas de entrenamiento, preparación física, trabajo mental y capacidad para perseverar frente a la derrota. El talento puede abrir una puerta, pero es la disciplina la que permite mantenerse y crecer.

Lo mismo ocurre en cualquier ámbito de la vida. Un estudiante puede apoyarse en la inteligencia artificial para ordenar ideas o explorar información, pero difícilmente desarrollará criterio si nunca analiza, compara, interpreta o reflexiona por sí mismo. La tecnología puede facilitar el camino, pero no recorrerlo por nosotros.

Como sociedad, quizás uno de nuestros mayores desafíos sea enseñar a distinguir entre facilitar una tarea y reemplazar el aprendizaje. Son dos conceptos muy distintos. Cuando un niño comprende que el esfuerzo tiene sentido, desarrolla habilidades que trascienden cualquier contenido académico: perseverancia, tolerancia a la frustración, autonomía, capacidad de análisis y confianza en sus propias capacidades.

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Esas competencias serán probablemente mucho más determinantes para su futuro que la velocidad con la que pueda obtener una respuesta.

En definitiva, tal como ocurre en el deporte, la vida no premia únicamente el talento ni la velocidad. Premia a quienes son capaces de sostener el esfuerzo cuando nadie aplaude, aprender de los errores y seguir avanzando incluso cuando los resultados tardan en aparecer. Esa es una lección que ningún algoritmo puede enseñar, pero que vale la pena seguir transmitiendo a las nuevas generaciones.

María José Domínguez
Directora ejecutiva de Libbre – Faro UDD

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