Un puñado de hombres con más poder que muchos Estados, persuadidos de que pilotan el tránsito de la humanidad hacia otra cosa que por ahora llamamos poshumanismo. Es decir, lo que viene después de la humanidad tal como la conocemos ahora, un hombre con un cuerpo que no muera y que no acarree los viejos problemas del cuerpo.
¿Por qué, de pronto, todo el mundo habla de Silicon Valley? ¿Qué tienen que ver los chinos en el asunto? ¿Y qué puede decir ahí la última encíclica del papa León XIV? Son tres preguntas que parecen no tocarse entre sí y que, sin embargo, si uno se detiene a pensarlas con calma, terminan conduciendo al mismo lugar.
Partamos por lo más sencillo. Silicon Valley es, antes que nada, un lugar, una franja del sur de la bahía de San Francisco –Palo Alto, Mountain View, Cupertino, San José– donde, en los años sesenta, se congregaron los pioneros de los semiconductores. El nombre viene del silicio con que se fabrican los chips, y la Universidad de Stanford ofició de matriz. Pero hace mucho que dejó de ser solo un punto en el mapa, pues hoy simboliza una manera de mirar el mundo, casi una teología sin templo; el sitio desde el que se decide buena parte del futuro tecnológico del planeta, la cuna de Apple, Google y Meta, el escenario de la carrera por la inteligencia artificial.
El término teología acá no es anodino, porque en ese suelo ha germinado, casi sin que lo advirtiéramos, una de las creencias más singulares de nuestro tiempo. Me explico: en 2023, la informática Timnit Gebru —a quien Google despidió tras advertir sobre los riesgos de la IA— y el filósofo Émile P. Torres le pusieron nombre con un acrónimo TESCREAL (transhumanismo, extropianismo, singularitarianismo, cosmismo, racionalismo, altruismo eficaz y largoplacismo). Bajo la maraña de estas palabras late un solo anhelo, viejo como la humanidad y nuevo como el último chip, se trata de utilizar la técnica para rehacer al ser humano, vencer el envejecimiento y la muerte, fundir la mente con la máquina y alumbrar una especie poshumana que nos deje atrás.
Detengámonos en dos palabras. Por una parte, el transhumanismo aspira a mejorar al ser humano hasta franquear sus límites biológicos; y, por otra parte, el poshumanismo, en su versión tecnológica, imagina la meta, es decir, una criatura tan transformada que ya no sabríamos llamarla del todo humana.
Su profeta más serio es Ray Kurzweil, quien trabajó años en Google y tituló su último libro La singularidad está más cerca: cuando nos fusionemos con la IA (la que sitúa hacia 2045). En una entrevista le preguntaron si Dios existe, respondió:“¿Existe Dios? Yo diría que todavía no”. Toma decenas de pastillas al día para llegar vivo a ese umbral —lo ha contado en numerosas entrevistas, por ejemplo a la cadena PBS— y, si no lo consigue, tiene contratada la criogenización con Alcor. Cuesta no escuchar aquí, como ha señalado la CBC canadiense, un eco religioso muy antiguo —trascendencia, resurrección, paraíso— vertido en lenguaje de ingeniería. O, en la fórmula de Torres, si Dios no existe, ¿por qué no fabricarlo nosotros, vueltos ya superinteligencia?
En esta misma línea, en una larga conversación con The New York Times, el columnista Ross Douthat le preguntó a Peter Thiel —inversionista cercano a Donald Trump, y con quien el presidente Kast se reunió en La Moneda hace unos días— si deseaba que la especie humana perdurara, Thiel se hundió en un silencio tan largo que el silencio mismo fue la noticia. Cuando al fin dijo que sí, desveló que su gran sueño es “transformar el cuerpo humano y natural en un cuerpo inmortal”.
Estas declaraciones no se tratan de una rareza pues a esta lista se suman personajes como Elon Musk que al fundar Neuralink, según sus palabras, tuvo como propósito que el cerebro humano logre “una simbiosis a largo plazo con la inteligencia artificial”, y desde hace años anuncia una fusión cada vez más íntima entre lo biológico y lo digital. Ha dicho, además, que el largoplacismo concuerda con su filosofía. De ese mismo humus brotaron OpenAI, DeepMind y xAI. Estos son los magnates y no simples técnicos anónimos. Un puñado de hombres con más poder que muchos Estados, persuadidos de que pilotan el tránsito de la humanidad hacia otra cosa que por ahora llamamos poshumanismo. Es decir, lo que viene después de la humanidad tal como la conocemos ahora, un hombre con un cuerpo que no muera y que no acarree los viejos problemas del cuerpo.
Por esto, cuando Donald Trump aterrizó en Pekín rodeado de una delegación de ejecutivos cuyo patrimonio sumado —consignaron CBS News y la prensa financiera— rozaba el billón de dólares, entre ellos; Musk de Tesla, Tim Cook de Apple, Jensen Huang de Nvidia, junto a los señores de Wall Street no sorprendió a la prensa especializada.
Trump viajó rodeado de ellos y la escena desmentía en voz baja el relato del “desacoplamiento” entre las dos potencias. Porque, como ha mostrado Rest of World, mientras los fundadores de startups y los fondos de riesgo cultivan la retórica de la guerra fría tecnológica, Apple sigue fabricando casi todos sus iPhones en China y Tesla coloca allí un tercio de sus autos. La dependencia es paradójica y por eso, no sorprende que el asesor comercial Peter Navarro, en palabras recogidas por Newsweek y la CNBC, llamara “idiotas útiles” a esos mismos directivos por su docilidad ante Pekín. Una “docilidad” que de inocente tiene muy poco.
Pero ¿qué une, en el fondo, a los magnates de Silicon Valley y a la tecnología china, más allá de su enemistad declarada? Mucho más de lo que el ruido político deja oír pues China impulsa, según la Brookings Institution, una estrategia de IA “de pila completa”, de los chips a las aplicaciones, sostenida por una fe estatal en la tecnología como motor del renacer nacional.
Por otro lado, Silicon Valley persigue lo mismo en clave privada y libertaria. Pero ambos comparten una operación silenciosa e idéntica, es decir, convertirlo todo —la atención, el dato biométrico, el genoma, la conducta, el porvenir— en recurso optimizable. El crédito social que califica al ciudadano chino y el algoritmo que mide el engagement del usuario occidental no son hermanos de ideología, pero sí primos de técnica y finalmente, los dos tratan a la persona humana, como mero sustrato e insumo de un proceso que la desborda.
Ahora bien, esa lógica compartida puede leerse, en clave filosófica, como una forma de nihilismo poshumanista. Evidentemente no estamos ante un nihilismo adolescente que no cree en nada, sino el que diagnosticó Friedrich Nietzsche a finales del siglo XIX, el proceso por el cual “los valores supremos se desvalorizan” (La voluntad de poder), de modo que no desaparecen pero quedan huecos y ornamentales.
Luego, Martin Heidegger lo radicalizó en La pregunta por la técnica (1954), señalando que la esencia de la técnica moderna es un dispositivo —el Gestell— que convierte todo lo existente, el hombre incluido, en “fondo de reserva” disponible para ser optimizado. No es casual que el propio Heidegger sostuviera ya en 1935 que el capitalismo americano y el comunismo soviético eran “metafísicamente lo mismo”, dos rostros de una idéntica voluntad de dominio.
Esta intuición es la que Shoshana Zuboff mostró en La era del capitalismo de la vigilancia (2019) cómo la experiencia humana se convierte en materia prima gratuita para predecir y moldear conductas; Byung-Chul Han describe al “sujeto de rendimiento” que se autoexplota hasta el agotamiento; y los críticos de la “ideología californiana” llevan desde 1995 desmontando esa fe tecnoutópica que disfraza de emancipación la pura acumulación. “Conectar al mundo”, “prosperidad común”, “democratizar la información”, “el rejuvenecimiento de la nación” son todos eslóganes hermosos retroajustados sobre un movimiento que, en rigor, solo sabe perpetuarse e intensificarse. Una máquina febril que ha olvidado para qué existe. Esa —y no una alianza de negocios— es la verdadera unidad entre Pekín y Palo Alto, es decir, la misma furia desencadenada de la técnica, administrada por dos civilizaciones que, hasta ahora parecen enemigas, o que los medios y la política, nos intentan hacer creer.
La respuesta de Roma a la Babel de Silicon Valley y Pekín
En medio de ese ruido, el 25 de mayo de este año, el papa León XIV presentó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, sobre el cuidado de la persona humana ante la inteligencia artificial: 42.300 palabras que, al decir de The Washington Post, interpelan con dureza a las empresas de IA. La firmó el 15 de mayo, en el 135º aniversario de la Rerum Novarum, aunque se publicó y presentó el 25.
En 1891, León XIII escribió su encíclica para responder a la primera revolución industrial, cuando el mundo se desgarraba entre el capitalismo liberal, que reducía al obrero a mercancía, y el socialismo marxista, que lo disolvía en la masa. La Iglesia no quiso elegir bando y por ello ofreció una reflexión, anclada en la dignidad de la persona, no como mercancía ni engranaje. Quizá por eso muchos leen Magnifica Humanitas en esa misma línea de preocupación humana y social que siempre ha tenido la Iglesia.
Si Francisco la llevó hacia la herida ecológica con Laudato si’, León XIV la lleva ahora hacia la IA, a la que llama “otra revolución industrial”. León XIII tuvo que mediar entre los dos sistemas que se disputaban al trabajador; hoy León XIV, media entre los dos que se disputan los datos y el mañana, me refiero al tecnocapitalismo privado de Silicon Valley y el tecnoestatismo de Pekín. En ese contexto, lo que la encíclica describe es el fondo y centro fundamental de la fe que la Iglesia profesa por más de dos milenios, que la persona humana no es insumo del mercado ni recurso del Estado, es la imagen de Dios en Cristo.
De ahí nace la tesis que desarma con serenidad la coartada preferida de la industria que, la tecnología nunca es neutral, porque lleva siempre la huella moral de quienes la piensan, la financian y la usan. Si la máquina tiene una firma, entonces hay manos en el volante, y hay también responsabilidades que asumir. El texto se abre con la imagen de la humanidad ante la disyuntiva de levantar una nueva Torre de Babel —el sueño de la autodivinización, el transhumanismo en estado puro— o de edificar la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos.
Por esto, León XIV, no se contenta con regular la máquina, se atreve a nombrar el fin que la máquina jamás podrá darse a sí misma, es decir, enfatiza que la plenitud del hombre no llegará jamás por la “divinización tecnológica”, sino por la gracia recibida en Cristo; y no por gobernanza algorítmica, sino por el Verbo hecho carne y del canto humilde del Magníficat. Ahí está, sin estridencia, la respuesta de Roma a la Babel de Silicon Valley y Pekín.
No sé si las palabras de León XIV calarán en el corazón de los dueños del mundo, porque evidentemente las fuerzas que enfrenta tienen más capital, más cómputo y más prisa que cualquier encíclica, –y la historia reciente no premia a quienes piden detenerse y aguardar entre el tiempo y el silencio–. Pero lo que sin duda ha hecho es devolvernos la pregunta que de verdad nos importa. No de quién gana la carrera entre Silicon Valley y la tecnología china, sino para quién —para qué rostro, para qué persona, para qué fin en sí mismo— se supone que trabaja la máquina.
Al final, paradójicamente el dilema es teológico antes que tecnológico. Y es paradójico porque los teólogos veíamos como nuestras preguntas parecían hundirse en el pasado, y, sin embargo hoy, se vuelven más vigentes que nunca. El proyecto poshumano promete trascender la condición humana fabricando un dios a nuestra medida, una inteligencia que nos salve de la muerte aboliéndonos. Es la antigua serpiente del jardín, que susurra otra vez seréis como dioses.
Y frente a ese nihilismo que, para salvar al hombre, primero lo disuelve, frente a esa divinidad de silicio que se nutre de nuestra entrega sin devolvernos nada, sigue en pie otra oferta, más antigua y más humilde, la del Corazón de Cristo, que no consume al hombre, sino que se entrega Él mismo, abierto y traspasado, por la vida del mundo. No promete abolir nuestra fragilidad, por el contrario, promete habitarla y redimirla.
Mientras los imperios discuten quién será el dueño de la máquina, esa otra respuesta sigue latiendo donde siempre estuvo. No en una nube de datos, sino en una carne ofrecida en una cruz, no en la fría aritmética del rendimiento, sino en el silencioso escándalo de un Dios que se hizo hombre para que el hombre no tuviera que volverse dios-máquina.
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