A nadie parece hacerle sentido la ecuación: cultura + educación + oportunidad laboral = reinserción y seguridad pública.

Mi amiga, la poeta y educadora Alejandra del Río, afirma de manera metafórica que en Chile existen dos países: el país penitenciario y el país de los privilegios.

El país penitenciario, al contrario de lo que podríamos pensar, es custodiado por uniformados que se refieren a las cárceles donde trabajan no como un país, sino como una casa: su casa. En esa elección del lenguaje desconocen el carácter público de los espacios de privación de libertad.

En este escenario, la cultura se transforma en un privilegio incómodo, no siempre bienvenido. Al parecer, atentaría contra la seguridad de estos recintos.

En estas “casas”, sus dueños, de manera literal y no metafórica, dejan entrar la cultura cuando quieren, suspenden actividades sin previo aviso y muchas veces discriminan aquello que desconocen.

Sin embargo, abren las puertas de par en par cuando se trata de cultura de masas que, a diferencia de la literatura, no conlleva ningún riesgo para la seguridad carcelaria.

A continuación, una transcripción autocensurada de diálogos que he sostenido con autoridades penitenciarias a propósito de algunas negativas a esta incómoda convidada de piedra:

—¿Usted sabe que se fugaron internos?

—Claro, lo sabe todo el país. ¿Cuál sería la relación entre esa fuga y la negativa a…?

—Hay un antes y un después de esa fuga. Las cosas van a cambiar. Vamos a dejar fuera al noventa por ciento de los civiles.

—¿A qué civiles se refiere?

—Hay muchas personas que no van a poder venir. Vamos a dejar entrar solo al diez por ciento.

—No estoy de acuerdo, pero más allá de mi opinión sigo sin entender por qué.

—Hay que limpiar la casa primero y después dejar entrar a los invitados.

Otra vez, una jefa de unidad me recriminó haber pedido autorizaciones a la dirección regional y no a ella. “Yo soy la dueña de casa”, me dijo.

En estas aparentes e inocentes afirmaciones hay una confusión de origen: el desconocimiento de la diferencia entre lo público y lo privado. Y de eso somos, en parte, todos responsables.

Hemos permitido que funcionarios de Gendarmería de Chile actúen como si el espacio carcelario fuera de su propiedad; un lugar donde las decisiones se toman de manera discrecional: me gusta o no me gusta, se hace o no se hace, sin necesidad de explicar nada.

Sin embargo, cuando la cultura logra entrar en los espacios de privación de libertad, ocurre lo siguiente: Los índices de reincidencia disminuyen. Según estadísticas del Plan de Bibliotecas en Recintos Penitenciarios del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, la reincidencia baja un 9,3 % entre usuarios de bibliotecas carcelarias.

Mujeres y hombres privados de libertad leen y escriben en las secciones. Transforman las largas horas de encierro, desde las 17:00 hrs. (o antes) hasta el día siguiente, en tiempo de aprovechamiento cultural.

Mientras termino esta columna, se anuncian nuevos recortes presupuestarios en distintos ministerios y gran parte del mundo cultural vuelve a girar en torno a la sobrevivencia. Pareciera que contar con un Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio fuera prescindible.

Sin embargo, la posibilidad de expresarse, de relacionar ideas, de comprender el mundo y narrarlo, marca diferencias reales entre unos chilenos y otros. El acceso desigual a la cultura, la educación, la lectura y la escritura atraviesa todos los espacios sociales, incluso los de mayor poder y representación pública. Basta escuchar algunas intervenciones públicas de autoridades recientes para comprender que la relación entre lenguaje, pensamiento y formación cultural, es una prioridad.

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A nadie parece hacerle sentido la ecuación: cultura + educación + oportunidad laboral = reinserción y seguridad pública. Más bien, el nuevo gobierno propone devolver privilegios a condenados por delitos de lesa humanidad, mientras la cultura en la cárcel continúa siendo vista como algo accesorio, decorativo y, por lo mismo, presupuestariamente indefendible.

Y, sin embargo, cuando la cultura ingresa a la cárcel, aparece el entusiasmo por una lectura o por escribir una carta. La literatura resuena precisamente en las horas más difíciles: en el encierro dentro del encierro, donde impera la sobrevivencia en todas sus formas, incluso las más crueles.

Paulina Vergara
Directora del Centro Cultural Letras Públicas.

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