Durante siglos, el saber estuvo concentrado. Primero en la Iglesia, luego en las universidades. Eran los grandes filtros: había que pasar por ellos para aprender. Hoy, ese modelo se desarmó.

Mientras el conocimiento se volvió infinito y accesible, la educación sigue organizada como si fuera escaso. El problema ya no es acceder a la información, sino aprender a pensar con ella.

La escuela que conocemos fue diseñada para un mundo que ya no existe.

Su lógica —ordenada, jerárquica, fragmentada— responde con precisión a la sociedad industrial del siglo XIX: todos en un mismo lugar, siguiendo instrucciones, produciendo por partes. Un modelo eficiente para una economía que necesitaba disciplina, repetición y control.

Pero ese mundo cambió. Y cambió hace rato.

Como anticipó Joseph Schumpeter, el desarrollo económico avanza a través de procesos de “creación destructiva”: lo nuevo no se suma a lo anterior, lo reemplaza. La irrupción de la tecnología no solo transformó cómo producimos, sino también cómo accedemos al conocimiento.

Durante siglos, el saber estuvo concentrado. Primero en la Iglesia, luego en las universidades. Eran los grandes filtros: había que pasar por ellos para aprender. Hoy, ese modelo se desarmó. El conocimiento se dispersó. Está en plataformas, en tutoriales, en comunidades digitales, en sistemas de inteligencia artificial. Ya no hay un embudo único.

El problema es que la escuela sigue funcionando como si ese embudo existiera. Seguimos organizando la enseñanza como si el acceso a la información fuera escaso, cuando en realidad es infinito. Y ahí está el error de diagnóstico. Porque hoy el desafío no es encontrar información. Es saber qué hacer con ella.

Aquí aparece una distinción clave que la educación aún no termina de asumir: información no es lo mismo que formación. Se puede consumir contenido sin parar —videos, clases, explicaciones— y aun así no aprender nada significativo. La formación exige algo más incómodo: tiempo, práctica, error, profundidad.

En este escenario, la escuela no pierde relevancia. Pero su rol cambia radicalmente. Ya no es el lugar donde se accede al conocimiento, sino donde ese conocimiento se procesa, se discute, se pone a prueba. Donde se desarrollan capacidades que no se descargan: pensamiento crítico, criterio, colaboración, juicio.

Porque si todo está disponible, lo verdaderamente escaso es la capacidad de distinguir. ¿Qué significa entonces aprender cuando la información dejó de ser el problema?

Responder esto exige un giro más profundo. Implica pasar de un modelo centrado en la transmisión de contenidos a uno enfocado en el desarrollo de capacidades: aprender a pensar, a discernir, a profundizar, a aplicar. Supone también reorganizar el tiempo escolar, priorizar el aprendizaje activo por sobre la cobertura, y formar docentes capaces de guiar procesos más que de entregar respuestas.

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Porque en un mundo donde todo está disponible, la ventaja ya no está en saber más, sino en saber mejor.

La escuela no necesita competir con la tecnología. Necesita enseñar a usarla con sentido. Y en eso, más que nunca, sigue siendo irremplazable.

María José Domínguez
Directora ejecutiva de Libbre – Faro UDD

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