Sabemos decir “no estoy listo para algo serio”, pero igual nos quedamos. Sabemos que no vamos a elegir, pero dejamos que nos elijan. En la era del lenguaje emocional sofisticado, la incoherencia ya no grita: se disfraza de honestidad. Se hiere aceptando amor que no se piensa devolver. Y eso no siempre es confusión. A veces es simple comodidad emocional.

Vivimos en una época donde el lenguaje emocional está de moda. Hablamos de apego, de límites y de responsabilidad afectiva como si fueran parte del equipaje básico de cualquier adulto consciente. Sabemos decir que estamos “trabajando en nosotros”, que no queremos hacer daño, que no estamos listos para algo serio. El problema no es que falten palabras. El problema es que muchas veces las palabras van por un lado y las acciones por otro. Y ahí es donde empieza la incoherencia.

La responsabilidad afectiva no es una etiqueta para parecer evolucionado. Es una práctica incómoda. En su forma más simple —y más exigente— implica reconocer que el otro no está para regular nuestras angustias ni para sostenernos mientras decidimos qué queremos. Implica aceptar que cuando alguien se involucra con nosotros, no lo hace en abstracto. Pone tiempo, energía, ilusión, estabilidad emocional. Arriesga. Y arriesgar no es menor.

Cuando una persona entra en una relación —aunque no tenga nombre oficial— empieza a invertir. Te incluye en su rutina, en sus planes, en su relato. Empieza a imaginar escenarios donde tú estás presente. Esa inversión crea expectativa. Y la expectativa no es ingenuidad; es consecuencia. Nadie invierte profundamente donde no percibe posibilidad.

Aquí aparece la palabra que muchos repiten, pero pocos practican: reciprocidad.

Reciprocidad no es dividir gastos ni medir quién escribió más mensajes. Es algo mucho más estructural: que el esfuerzo no sea siempre de un solo lado. Que el interés no sea unilateral. Que cuando uno se expone, el otro también esté dispuesto a hacerlo. Que el riesgo sea compartido.

Cuando eso no ocurre, el vínculo empieza a inclinarse. Al principio no se nota. Puede sentirse intenso, incluso romántico. Pero lentamente uno comienza a dar más. Más tiempo. Más presencia. Más comprensión. Más contención. Más disponibilidad emocional.

Y el otro…acepta. Aceptar no es neutro.

Aceptar cuidado cuando uno está mal, aceptar paciencia cuando uno está confundido, aceptar que alguien esté completamente disponible mientras uno sigue dudando, tiene un efecto. No es un crimen necesitar apoyo. Todos podemos estar frágiles en algún momento. El problema no es la fragilidad. El problema es seguir recibiendo cuando se sabe —aunque sea en un rincón incómodo de la conciencia— que no se está dispuesto o no se está en condiciones de corresponder en el mismo nivel.

Es como decir que no tienes hambre…pero igual comerte la torta completa.

Si sabes que no quieres comprometerte, pero permites que la otra persona sí lo haga contigo, estás generando un desequilibrio. Si sabes que no vas a sostener a alguien cuando se caiga, pero dejas que esa persona te sostenga a ti, estás utilizando una energía que no piensas devolver.

Eso no es torpeza. Eso es comodidad. Y la comodidad emocional suele disfrazarse de honestidad tardía.

Hay una frase elegante que aparece cuando el desequilibrio ya hizo daño: “No puedo darte lo que tú necesitas ahora”. Suena honesta. Suena consciente. Incluso suena cuidadosa. Pero ese “ahora” no siempre es claridad; a veces es una forma de dejar la puerta entreabierta. Una manera de no asumir del todo el cierre, de no querer perder ni pan ni pedazo.

La pregunta incómoda no es solo qué no puedes dar, sino desde cuándo sabías que no ibas a poder darlo. Porque no siempre hay mala intención. Pero sí suele haber suficiente conciencia para saber cuándo se está aceptando más de lo que se piensa devolver…aunque sea “por ahora”.

La responsabilidad afectiva no se mide solo en cómo terminas. Se mide en cómo empiezas y en cómo te quedas.

Para quien da más, la historia suele comenzar con comprensión. Se piensa que el equilibrio llegará después, que el momento del otro cambiará, que más adelante habrá reciprocidad. Entonces aparece el sobreesfuerzo: un poco más de paciencia, un poco más de entrega, un poco más de comprensión. Se racionaliza el desbalance. Se lo llama proceso. Se lo llama tiempo.

Pero el equilibrio no depende de una sola persona. Y cuando intentas sostener una relación casi sola, algo empieza a romperse por dentro.

Primero es cansancio. Luego es duda. “Quizás estoy exagerando”. “Quizás estoy pidiendo demasiado”. Y más tarde llega una pregunta que duele más que cualquier discusión: “¿y si lo que doy no es tan valioso?”, “¿y si yo no soy lo suficientemente importante como para que alguien quiera corresponderme?”.

Ahí el daño deja de ser solo relacional. Se vuelve identitario.

Porque la reciprocidad no es solo intercambio; es reconocimiento. Es sentir que lo que uno entrega tiene peso. Cuando la respuesta no llega, el mensaje implícito puede ser devastador: lo que das alcanza para acompañar, pero no para que te elijan en la misma medida.

Y lo más inquietante es que esto puede ocurrir sin gritos, sin infidelidades, sin escenas dramáticas. Puede pasar en relaciones donde había intensidad, viajes, integración, planes. Pero el peso no estaba distribuido de manera justa.

No todas las relaciones que duelen fueron abusivas. Algunas fueron profundamente desiguales. Oportunas para uno e inoportunas para el otro. Y muchas comenzaron cuando alguien necesitaba sostenerse a sí mismo antes de intentar sostener a alguien más.

La responsabilidad afectiva exige algo muy concreto: coherencia. Coherencia entre lo que dices y lo que haces. Entre lo que aceptas y lo que estás dispuesto a ofrecer. Entre tu fragilidad y tus límites reales. No basta con decir “yo fui claro”. La claridad no es una frase, es conducta.

Si sabes que no puedes dar lo mismo, entonces no aceptes tanto. No dejes que el vínculo crezca si no vas a cuidarlo. No te instales en la comodidad de ser querido mientras mantienes siempre una salida de emergencia.

Mi padre lo decía simple: obras son amores y no buenas razones. No importa cuán elaborado sea el discurso emocional si las acciones cuentan otra historia. No importa cuánto hables de responsabilidad afectiva si te beneficias del afecto del otro sin asumir el mismo riesgo.

Porque el amor no es solo sentir algo bonito. Es hacerse cargo del efecto que produces. Es entender que tus dudas, tus ambivalencias y tus silencios no ocurren en el vacío. Cada gesto que aceptas sin intención de sostener deja una huella.

La responsabilidad afectiva no se declama. Se practica. Y se nota, sobre todo, cuando alguien podría seguir recibiendo…y decide no hacerlo porque entiende que el otro no es un recurso emocional, es una persona.

Cuando esa conciencia falta, no estamos frente a mala suerte. Estamos frente a inmadurez emocional vestida de discurso consciente.

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