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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

En 2021, acontecimientos como la anexión de Crimea por parte de Rusia y la disputa en el Mar de China Meridional marcaron un cambio en las reglas del sistema internacional. El liberalismo se vio desafiado por el ascenso de estados tecnocráticos y autoritarios como China, mientras potencias intermedias buscaban su lugar en la arena geopolítica. La competencia global se intensificó, reflejando un mundo dividido en áreas de influencia lideradas por potencias como China, Rusia y Estados Unidos.

Es que, en cierto modo, el frágil equilibrio entre la fuerza interior (la soberanía) y el equilibrio internacional (seguridad) se saldó con la intervención, porque un Estado carente de legitimidad -Venezuela- no recibe solidaridad ni interna ni externa, y cuando amenaza a un Estado más poderoso, este puede intervenir.

En 2021, sostener que se estaba ad portas de un cambio en el sistema internacional parecía una afirmación muy contundente. Aunque se había producido la invasión de Crimea en 2014, despejada con una advertencia nuclear de Putin a las potencias europeas que quisieron intervenir, pocos pensaban que ese cambio de modales implicaba cambio de reglas. Sin embargo, Putin se adueñó de la península y persistió una guerra fronteriza desde puntos específicos ocupados por población prorrusa, obviamente alentada desde Moscú.

Otros hechos fueron controversiales, pero no se vieron desde la erosión de las normas, Beijing insistió en su nueva diplomacia, prontamente denominada del “logos guerrero”, en que era dueña de los espacios marítimos adyacentes y de las aguas internacionales. Instaló una isla artificial de cemento para reafirmar su presencia y cuestionó el libre tránsito marítimo en el “Mar de China Meridional” (sic) pese a la condena de tribunales internacionales en 2016, uno de los principios del orden liberal. Y bien que hablo del orden liberal, inaugurado desde el siglo XVIII, con un sistema de Estados soberanos íntegros (1648) que se comunicaban entre sí en lo internacional, pero no en lo doméstico, y que tenía en el libre comercio y la fe democrática sus pilares ideológicos.

Pero Globalismo, Neoliberalismo, gobernanza global y juridicidad internacional, expresiones del liberalismo internacionalista, envejecieron mal. Por el contrario, securitización, ciberguerra y competencia armamentista fueron in crescendo; incluso cuando la pandemia asoló al mundo, hubo una competencia por vacunas, equipos y asistencia a nivel global, con una China desafiando en todo a Washington.

La pérdida de condiciones políticas liberales al interior de los Estados, según el modelo occidental, fue desafiada por un estado tecnocrático y autoritario desde China, pero se expandió con varios nombres y propuestas distintas, que algunos agrupan bajo el difuso concepto de populismo: Turquía, Rusia, Hungría, Venezuela, que se unieron a otros claramente autoritarios o totalitarios en ese entonces: China, Irán, Cuba, Nicaragua.

La evolución post 2014 viró a una competencia, con la originalidad de que las potencias intermedias, que poco papel jugaban en la Guerra Fría, ahora tenían agendas propias y disputaban áreas de influencia como Israel, Irán, Turquía, India o Brasil. La hora de los grandes, o como expresó sin tapujos el nacionalista ruso Alexander Dugin, de “los imperios”, cuestionando la existencia de “demasiados” países en el sistema internacional, daba luz a que la reducción de algunos de ellos iba a ser una expresión de un nuevo orden.

Ese orden no es otro que el de las potencias, paralelo al desfonde de Naciones Unidas; evidencia las razones de la fuerza. Esto es que la fuerza precede al derecho, que lo hace efectivo, y que está en manos de los tres grandes: China, Rusia y Estados Unidos. Un orden mundial compuesto ya no de un mundo integrado, sino dividido en áreas de influencia, con el retorno a una geopolítica radical. Un mundo, en el cual la fuerza no fue conjurada por Naciones Unidas y Europa en Ucrania, y donde figuras del “viejo orden” como Joe Biden se veían débiles. Fue la necesidad de liderazgo lo que habilitó a Trump la segunda presidencia. Es que más allá de los (malos) modales de Trump, se evidencia una perspectiva cartográfica del mundo, de equilibrios, en los cuales se ha reservado el “Hemisferio Occidental” (léase América Latina) bajo la Doctrina Monroe (1823) rediviva con un Corolario Trump, sucesor del Corolario Roosevelt (1904), anunciada en su nueva Estrategia Nacional (2025) y en el discurso del 3 de enero de 2026.

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En una época de malos modales, lo que hay es competencia descarnada, no solo armamentista, que refleja la poca capacidad de los análisis basados en tesis como la integración, la cooperación, la gobernanza global, juridicidad internacional; aparecen a veces simplemente como recursos retóricos, donde los abusos del régimen venezolano no fueron contenidos ni por la negociación, la mediación o las sanciones. Y como la fuerza tiene razones, como dice Marco Cesa, un autor italiano, un vacío de poder se llena con acciones y no discursivamente. Es que, en cierto modo, el frágil equilibrio entre la fuerza interior (la soberanía) y el equilibrio internacional (seguridad) se saldó con la intervención, porque un Estado carente de legitimidad -Venezuela- no recibe solidaridad ni interna ni externa, y cuando amenaza a un Estado más poderoso, este puede intervenir.

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