Ahora, lo que queda por esperar, es cómo Chile también contribuye a honrar los exitosos años de relación que nos unen con Venezuela; ayudarlos a una buena transición con el objetivo de que se vengan tiempos democráticos, y que podamos volver a tener un intercambio comercial, cultural y social.

De 1822 data el primer gran tratado entre Chile y Venezuela y que formalizó los vínculos bilaterales de ambas naciones. Pocos años después, ocurrió lo que marcaría para siempre las relaciones, ya que en 1829 fue contratado, por el gobierno de la época, el venezolano Andrés Bello, quien realizó en Chile una labor cultural, jurídica y académica fundamental, creando lazos indisolubles. Entre sus principales legados, está la redacción del Código Civil. Y, en la actualidad, hay hasta una calle con su nombre y una universidad.

Sin embargo, pasaron los años y previo al golpe militar, la población de chilenos en Venezuela alcanzaba la no despreciable suma de tres mil compatriotas. Ya luego del golpe, en los años ochenta, este número aumentó a 24 mil personas. Estos constituyen interesantes datos a considerar de una relación de cobijo permanente.

Tras el retorno a la democracia en Chile, se comienza a mostrar un espíritu de colaboración internacional: el 10 de octubre de 1990, los dos países suscriben en Caracas un memorándum de entendimiento para el establecimiento de un mecanismo permanente de consultas políticas. Asimismo, una comisión mixta de integración e intercambio cultural. Seguido a estos acuerdos entre 1993-1994- se llevan cabo otros en virtud de inversiones y productos de comercialización.

Todo iba bien. No obstante, lo que vino a continuación, para el país “Vino Tinto” -como le denominan a Venezuela los fanáticos del fútbol- fue un régimen totalitario que no dio tregua y que comenzó con el arbitrario cambio de constitución de Hugo Chávez en 1999; hasta el reciente y fraudulento proceso eleccionario del 2024 llevado a cabo por Nicolás Maduro, donde nunca reconoció su derrota en las urnas frente a Edmundo González. Por su parte, el Consejo Nacional Electoral declaró ganador al dictador Maduro, pero nunca se mostró el detalle de los resultados.

En la actualidad, en Chile hay posturas disimiles. Por un lado, el presidente Boric ha condenado lo ocurrido, pero aludiendo a que se ha pasado a llevar “el derecho internacional”, mientras que el presidente electo, José Antonio Kast, dijo sobre Maduro que “su permanencia en el poder, sostenida por un narcorégimen ilegítimo, expulsó a más de 8 millones de venezolanos y desestabilizó a América Latina a través del narcotráfico y el crimen organizado”. Lo cierto, es que estamos frente a dos estilos muy distintos para enfrentar la crisis en Venezuela.

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Ahora, lo que queda por esperar, es cómo Chile también contribuye a honrar los exitosos años de relación que nos unen con Venezuela; ayudarlos a una buena transición con el objetivo de que se vengan tiempos democráticos, y que podamos volver a tener un intercambio comercial, cultural y social.

Desde luego, sin contar la fallida gestión del exembajador, Jaime Gazmuri, quien fue prácticamente expulsado de Venezuela tras el secuestro y homicidio del exteniente Ronald Ojeda, durante el gobierno del presidente Gabriel Boric.

En Chile, debemos estar orgullosos de nuestras tradiciones republicanas. Venezuela no ha podido tener una transición casta y pura desde hace décadas, como sí ha sido el caso de nuestro país. Es cosa de ver la última entre Boric y Kast.

Por lo mismo, las relaciones internacionales son temas de Estado. Como en la vida misma, las relaciones se tienen que cultivar para que crezcan fuertes y firmes tal como el tronco de un árbol. Chile y Venezuela tienen mucho que decir y por hacer, que ambos cambios de mando, sean el inicio para retomar lo que nunca se debió perder: la hermandad entre dos pueblos de América Latina.