Opinión
Viernes 15 noviembre de 2019 | Publicado a las 18:36
Antropología y cosmología del mundo en que vivimos
Por Tu Voz
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Imagen: Cosmovisión, de María Manuela Rueda

El antrop√≥logo camina por el Amazonas junto a los Shuar de Ecuador en b√ļsqueda de los esp√≠ritus de la cascada, o est√° sentado junto a un vaso de cerveza en la casa de microtraficantes en Quinta Normal. Esta son im√°genes usuales del modo de adquirir conocimientos sobre la vida de las personas en antropolog√≠a. Ciertamente tratan con la gente face to face, y por tanto saben de primera mano lo que le ocurre a ellos y su entorno. Por esto las biograf√≠as antropol√≥gicas como Nanook el esquimal, Ishi el √ļltimo Yahi o Nisa una mujer Kung! inspiran asombro, respeto y admiraci√≥n. Todas estas tratan con cultura, aquello relativo a lo que creemos y hacemos y que nos hace distintos a otros grupos humanos. Como los crisantemos y espadas de los japoneses en la mano de Ruth Benedict, las matanzas de cerdos en Nueva Guinea bajo la lupa de Roy Rappaport, los juegos de palabras Berebere en las p√°ginas de Clifford Geertz o la experiencia de Anna Tsing en Indonesia, con la intimidad de los habitantes humanos y no humanos del bosque depredado por las transnacionales.

M√°s all√° del valor de nuestras obsesiones antropol√≥gicas por examinar o comprender pr√°cticas culturales, sea que estas traten con los migrantes en las grandes ciudades o la metaf√≠sica de los cuerpos de aquellos que ingieren √Īame, el problema sustantivo (porque es algo contempor√°neo) es que todos en mayor o menor medida vivimos y padecemos el mismo mundo. Las calles multiculturales de Los √Āngeles en el primer Blade Runner dejaron de ser futuristas, probablemente a pocos d√≠as despu√©s del estreno del film. El enredo entre personas y cosas es de tal magnitud que nos ha vuelto habitantes de un centro comercial global, que ahora llamamos network y encarna unas funestas asimetr√≠as sociales de algo que no podr√≠amos llamar una aldea global. Puedo o√≠r al lector profiriendo la frase ‚Äútodo es culpa de la econom√≠a neoliberal‚ÄĚ. En especial a quienes creen que basta con identificar la causa de algo para que entonces se resuelvan los problemas. Debo decir que este es un m√©todo cient√≠fico anticuado y en la historia pol√≠tica la soluci√≥n tiene puros malos ejemplos. Me resulta rid√≠culo y c√≥modo echarle la culpa al sistema, porque a estas alturas es un c√≥digo de barras oculto bajo nuestras u√Īas. Y puedo decir que esto no fue el resultado de una secreta conspiraci√≥n imperialista. ‚ÄúCooperaste‚ÄĚ es el sarcasmo que en Chile usamos para quienes act√ļan sin saberlo como colaboradores en actos de reprochables consecuencias (y peor a√ļn cuando se quejan o se molestan por las mismas). Imagino que al reconocer sinceramente la falta, nadie quemar√≠a su smartphone, sus tarjetas de casas comerciales o renunciar√≠a a una suscripci√≥n de Netflix. El hecho crudo es que vivimos en un planeta no muy diferente a Matrix, pues nacemos para dar flujo vital a un mercado gobernado por nodos financieros que no podemos precisar, aunque como algunos antrop√≥logos han observado, lo alimentamos de acuerdo a nuestra tradici√≥n cultural de origen y lo experimentamos en maneras diversas de incomodidad.

La sociedad de consumo es el lugar donde realmente habitamos y nuestra entusiasta membrec√≠a (coronada en la compra, la deuda o incluso el saqueo) finalmente nos ha transformado en cosas, haciendo borroso el l√≠mite entre lo humano y lo no humano. Los antrop√≥logos Timothy Ingold y Bruno Latour han elaborado sofisticadas consideraciones para describir al sujeto de la experiencia como resultado de la interacci√≥n entre personas, cosas y otras entidades. Una pasmosa constataci√≥n que fue tempranamente advertida durante el auge del capitalismo industrial. En los Manuscritos econ√≥micos y filos√≥ficos, Marx (que de seguro estar√° vigente mientras vigente est√© el modo de producci√≥n capitalista) insist√≠a que los objetos y los seres humanos que los producen tienen una condici√≥n de existencia, que es la misma en tanto ambos son mercanc√≠as. Pero quiz√°s la peor premonici√≥n es que en tanto los sujetos producen algo que no es suyo y adquiere vida como un ser extra√Īo, esto conduc√≠a inevitablemente a la alienaci√≥n de los productores. Una condici√≥n social que fuerza una cosmogon√≠a donde los objetos tienen vida propia. Y es en este perturbador imaginario alienado donde todo es ajeno, se acomoda la idea de que as√≠ como no existe relaci√≥n entre el trabajador y la mercanc√≠a que produce, tampoco la hay entre uno y el resto de las personas, ni menos entre la cultura que nos caracteriza y la naturaleza que nos circunda.

Autoexpulsados del reino natural, la humanidad de la √©poca capitalista temprana crea entonces el relato de una lucha implacable del ‚Äúhombre‚ÄĚ sobre las fuerzas hostiles de la naturaleza. Un combate donde los humanos son coronados con la victoria. Una peligrosa representaci√≥n cultural que no convenc√≠a a Friedrich Engels, quien en 1876 ten√≠a grandes dudas de estos logros, pues era de conocimiento p√ļblico que el talar un bosque para la agricultura era la antesala de la erosi√≥n y la aridez. Un resultado catastr√≥fico bien diferente a una escena triunfal.

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Casi un siglo y medio m√°s tarde de la premonici√≥n de Friedrich Engels, quien cre√≠a abominable la idea de una ant√≠tesis entre esp√≠ritu y materia, el humano y la naturaleza, el asunto ha empeorado. Y todav√≠a intentamos aclarar nuestra relaci√≥n con el entorno material (sean personas, plantas, animales, aire y cualquier otra cosa) con una mirada ecol√≥gica, sist√©mica, dial√©ctica o como quieran llamar a eso que nos conecta a todo lo que nos rodea y lo que nos rodea a otros todos. Nada somos sin esta red de interacciones. Pero el problema aludido persiste, en tanto somos cautivos de las dicotom√≠as, en especial cuando la oposici√≥n de t√©rminos es usada como negaci√≥n. De aqu√≠ al antagonismo fratricida de amigos y enemigos hay un solo paso, que como es de conocimiento p√ļblico siempre tiene malos resultados. Es el caso de las maquinas del cine ficci√≥n que se rebelan en contra de sus creadores. Se independizan, pasando de cosas √ļtiles y d√≥ciles a un peligro para la humanidad. Humanos y m√°quinas dan vida ahora una dicotom√≠a, donde la √ļnica soluci√≥n es el exterminio de unos sobre otros. Es la l√≥gica que opera tambi√©n cuando saltamos a la no-ficci√≥n de nuestras vidas. En especial cuando el sujeto se distingue por correr fuera de las normas establecidas. Sean estas religiosas, pol√≠ticas, econ√≥micas, ambientales o de g√©nero. El procedimiento es simple, para fundar el exterminio simplemente se les quita su membrec√≠a a la especie humana y se les adjudica ponzo√Īa, maldad y terror. Como ocurre con el estado isl√°mico cuando se trata de personas de otra religi√≥n; con la persecuci√≥n nazi contra los jud√≠os; con los asesinos de mujeres; con los trabajadores cuando protestan por su salario; con los activistas que defienden a las ballenas o con aquellos cuyas preferencias sexuales son consideradas un pecado o una perversi√≥n.

Las dicotom√≠as habitan la l√≥gica de las proposiciones y est√°n en la ra√≠z y en el sentido del lenguaje, pero en su uso social (que es un recurso que da ‚Äúvida‚ÄĚ a la sociedad) solo sirven para la exclusi√≥n social de lo que fuera, sean estas personas, animales, plantas o minerales. Chile es un pa√≠s que se ufana por la explotaci√≥n de sus recursos naturales, y es mundialmente reconocido por su miner√≠a del cobre, salitre y litio, la pesca industrial de anchovetas y sardinas y el manejo forestal de pino radiata. Para aquellos que coparticipan de manera extensa en estos ‚Äúsaludables emprendimientos‚ÄĚ, la naturaleza es simplemente un ‚Äúobjeto de trabajo‚ÄĚ, un ‚Äúrecurso natural‚ÄĚ o un ‚Äúmedio de subsistencia‚ÄĚ, vale decir una designaci√≥n que alienta una dicotom√≠a y un significado aterrador. Contenido cultural que queda al descubierto cuando examinamos sus ant√≥nimos, pues si la ‚Äúsubsistencia‚ÄĚ no es satisfecha, entonces nos condenamos al hambre, la inestabilidad, el desamparo o la extinci√≥n. Una ideolog√≠a inapelable que justifica la explotaci√≥n del ambiente de una manera tan brutal que dentro de no tan poco el oc√©ano ser√° un desierto, el desierto una superficie lunar y tal vez los bosques del sur, un p√°ramo como con un poco m√°s de suelo que el mismo desierto de Atacama.

El antrop√≥logo Philippe Descola, guardi√°n contempor√°neo de la inviolabilidad de la relaci√≥n cultura y naturaleza, nos ha hecho volver a considerar las cosmolog√≠as tras las diversidades culturales, para situar con mayor claridad aquella que caracteriza a la cultura dominante en nuestros d√≠as. Descola distingue al menos cuatro grandes soluciones ontol√≥gicas: el totemismo, el animismo, el analogismo y el naturalismo. En el primero, el t√≥tem principal (una planta, un animal, un objeto, un accidente geogr√°fico o una sustancia) entrega una propiedad o caracter√≠stica que define una esencia identitaria que modela la condici√≥n de los sujetos. El segundo, animismo, establece que tanto humanos como no humanos pertenecen a una misma humanidad, aunque sus diferencias (como la del antrop√≥logo, el puma y el huemul) conllevan distintos modos de ver o experimentar el mundo. La tercera soluci√≥n,el analogismo, descansa en la idea de que el destino de la gente est√° condicionado por los estados diversos por los que pasa una entidad exterior, como en la astrolog√≠a y la alineaci√≥n de los planetas. Finalmente, trata con el naturalismo (la cosmolog√≠a imperante en nuestra cultura) que supone una separaci√≥n absoluta entre cultura y naturaleza, donde esta √ļltima es solo un insumo para la nuestra. Este es un poderoso y muy serio llamado de atenci√≥n respecto a un planeta, que connotados ambientalistas (y muchos otros aconsejados por la responsabilidad socioambiental) han diagnosticado en agon√≠a. Descola ha abierto la puerta que introduce el tema en el palacio de las ideas, permitiendo advertir de manera aguda los efectos de las creencias acerca del mundo. Pero no con poco acierto, se le ha enrostrado que el asunto ontol√≥gico que deber√≠a preocuparnos no es la cosmolog√≠a misma, sino las pr√°cticas que la construyen.

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La praxis est√° en la m√©dula de una ontolog√≠a cr√≠tica, que es un modo de ser y estar en el mundo, pero cuyo objetivo es transformarlo. Me cabe poca duda que dada la creciente preocupaci√≥n por el deterioro del planeta, deber√≠amos alentar esa unidad aludida por Marx y Engels en el siglo XIX, promoviendo una cosmolog√≠a que deber√≠amos llamar culturaleza. Imagino que bajo este predicamento (que es una utop√≠a claro est√°) ser√≠a posible que la responsabilidad socioambiental empresarial y de cualquiera otro extractivista fuera algo verdadero, responsable, honesto, respetuoso, comprometido, generoso y todo lo que supone una creencia que no es un invento promocional. En ese Chile imaginario en que vivir√≠amos, la actividad minera estar√≠a detr√°s de una industria metal√ļrgica. Y no s√≥lo producir√≠a riqueza, sino que restaurar√≠a el paisaje destruido, devolver√≠a el agua consumida y en el norte plantar√≠a tamarugos, algarrobos, molles y cha√Īares hasta emparejar su huella de carbono. Por supuesto el resto de los chilenos no serian ajenos, y har√≠an los mayores esfuerzos en reducir sus consumos de energ√≠a el√©ctrica y agua potable, funando a quienes iluminan sus jardines por la noche o riegan la vereda todos los d√≠as. Respecto al Estado que hace lo mismo que nuestras grandes empresas y el ciudadano irresponsable, pero amparado en un ‚Äúbien com√ļn‚ÄĚ que es un producto de la pura imaginaci√≥n pol√≠tica, deber√≠a implementar instrumentos vinculantes que admitan la participaci√≥n de la gente. La necesidad de una democracia de las decisiones, para comenzar a mejorar nuestras relaciones con todo, es tan imperativa que seguro est√° siendo gritada en Plaza Italia ahora.

Imagino que instaurar algo que parece utopía (pero que es una demanda planetaria) probablemente desanimará a mi lector o quizá lo enfurecerá gravemente. Al menos en Chile, tras semanas fuera de control, las cosas han debido cambiar al punto que mucha de la acción política anterior entró en la obsolescencia. Para no ir tan lejos de mi especialidad, puedo imaginar el desaliento de quienes creen que es el pasado (o el patrimonio) el escenario político que debe ser reapropiado por las masas. Esto ha sembrado la falsa creencia que hay algo en el pasado que es garantía incuestionable de identidad. La realidad experimentada en directo, dicta que todos los problemas radican en superar la nefasta convivencia social y ambiental que hemos creado, y que son las relaciones entre las personas las que configuran la identidad material, donde obviamente entran las cosas que producimos o conservamos. Debo confesar que esto que alienta mi alegato sobre la culturaleza, no nace de buenos deseos o una fantástica ingenuidad. Por el contrario, deviene de mi experiencia heterotópica con la arqueología y etnografía en el desierto de Atacama donde trabajo, lugar que como sabemos pertenece a un amplia red de relaciones de pueblos originarios que habitan o habitaron en el macizo andino. Es muy conocido que para ellos los fenómenos atmosféricos, los accidentes geográficos, los minerales, las plantas y los animales, e incluso las ruinas de sus antepasados pertenecen a una humanidad paralela cuyas agencias obligan a mantener una interacción y diálogo permanente.

Sobre las √°ridas extensiones del desierto a√ļn se conservan los senderos que conectaban las localidades que con anterioridad a los europeos alojaban peque√Īas pero activas comunidades de Atacama y Tarapac√°. Como es natural abundan en ellas los lugares de descanso provisional, al igual que innumerables intervenciones humanas que sorprenden por su variedad. Las m√°s conocidas son aquellas figuras de gran tama√Īo que jalonan, y en ocasiones sobresaturan los caminos y los accesos en las afueras de localidades de importancia durante la prehistoria. La relaci√≥n de estos ‚Äúgeoglifos‚ÄĚ con el tr√°nsito, con la movilidad o el viaje es indudable. Aves zancudas, cam√©lidos, cet√°ceos, peces, felinos, c√°nidos, lagartos, figuras humanas con elaborados atuendos, animados por la navegaci√≥n, la danza o el sexo, y numerosa iconograf√≠a geom√©trica que es propia de los objetos de la √©poca de dominaci√≥n incaica y el periodo anterior. Son inscripciones duraderas con una doble funci√≥n: establecer una di√°logo particular con la pampa o desierto absoluto que inscribe al caminante y su camino en la incertidumbre de estar en un mundo que no es su aldea o refugio, y es tambi√©n la inscripci√≥n mnemot√©cnica de uno o m√°s relatos de viaje que ligan al viajero en un mundo extenso donde se enredan la interculturalidad con humanos y no humanos. Estos traslados que permit√≠an el flujo o intercambio de materialidades diversas, que compromet√≠an una exigente caminata de hasta 150 kil√≥metros entre localidades, no eran un obst√°culo para la pausa de crear un refinado y costoso instrumento visual. La materia en juego aqu√≠ es el tiempo, la planificaci√≥n, la ejecuci√≥n y la expresi√≥n. La imagen debe ser trazada a la perfecci√≥n, para luego retirar una decena de cent√≠metros de superficie des√©rtica. Hay figuras cuya simetr√≠a geom√©trica permitir√≠a un tiempo de producci√≥n m√°s corto que en otras, donde la animaci√≥n o movimiento es el enunciado buscado. Es en esta pausa de alambicados y sofisticados procedimientos materiales, donde se deposita el respeto y afecto por el soporte, por el di√°logo con ese no humano des√©rtico que debe ser complacido de alg√ļn modo para compensar el acto del viaje.

Estos actos de compensación también han sido registrados con posterioridad al periodo prehispánico. Las apacheta ocupan un lugar destacado en las informaciones históricas y etnográficas, pues son lugar de privilegio en las ceremonias y ofrendas de los caminantes en actos propiciatorias de viaje. Una oración recogida entre los Uru del desaguadero del Titicaca, describe con propiedad este pacto con no humanos.

“Achachila Locochata,

hemos llegado bien.

Y o te ofrezco este poco de coca, esta libación

También del otro lado, bríndame

Buena suerte y buen aliento

Para descender y para arribar

a nuestra meta.

Haz que no m e fatigue,

que no me ocurra nada,

que llegue bien a destino.

Y que los trabajos que realizo

Me den un buen resultado!

Que no pierda mi trabajo,

que él me aproveche.

Yo te compensaré besando

la tierra y las piedras”.

El achachila interpelado es una entidad protectora, un antepasado que ahora es ‚Äúnaturaleza‚ÄĚ al que se le debe respeto por su permanente favor y auxilio. No se trata simplemente de un ser o fuerza sobrenatural al que se le formula obediencia, sino un no humano que forma parte de una red parental con los humanos. Una trama que impone las obligaciones que nacen precisamente de los intercambios necesarios requeridos para el mantenimiento y renovaci√≥n de la misma.

Estas heterotop√≠as que son lugares que manifiestan y materializan las utop√≠as de los actores descritos, son muestra que los emplazamientos o los espacios no son homog√©neos y vac√≠os (como indica Michael Foucault rememorando al fil√≥sofo Gast√≥n Bachelard), sino por el contrario est√°n llenos de cualidades como nuestras enso√Īaciones y pasiones. No cometer√© el error de transformar las pr√°cticas descritas en una carta de garant√≠a filos√≥fica, sino m√°s bien tomarlas como algo que manifiesta ostentosamente lo opuesto a lo que hace la industria, las obras p√ļblicas y la administraci√≥n territorial con el desierto. El ejercicio intelectual es simple, en nuestra relaci√≥n con el planeta podemos hacer lo que queramos, pero debe haber un consenso de c√≥mo hacerlo. Veo aqu√≠ una oportunidad de introducir una cr√≠tica a esa ontolog√≠a capitalista que majaderamente reduce la naturaleza a un medio de producci√≥n o un recurso natural, incluso cuando la transforma en parque o reserva, que es una especie de ‚Äúzool√≥gico‚ÄĚ natural). Una ontolog√≠a cr√≠tica consecuente se debe siempre al escepticismo (que no es incredulidad) y por supuesto no debe callar. Para quien aprendi√≥ a pensar en las callejuelas marxistas y adquiri√≥ esta cosmovisi√≥n deprimente, las cosas no son lo que parecen. Pues por m√°s esfuerzo que haga por hallarme en la sociedad de consumo a la que pertenezco, no puedo dejar de ver mi iphone y pensar en el trabajo esclavo de aquellos trabajadores chinos que lo producen. Que las materias primas usadas en √©l solo valen un d√≥lar. Que se dice que para hacerlo se requieren de 200 minerales, 80 elementos qu√≠micos y 300 aleaciones. La mayor√≠a producto de una miner√≠a inhumana que adem√°s financia guerras en √Āfrica. Que tiene una bater√≠a cuyo componente de litio se produce en los salares del desierto de Atacama, donde para recuperar 1 tonelada de este elemento se requiere evaporar 2 millones de litros de agua.

No hay que ser muy instruido para concluir consecuencias infortunadas de esta (y otras) malas pr√°cticas sociales ambientales, que de seguro hace de Chile un candidato ganador en huella de carbono. Por esto no deber√≠a resultar pasmoso que alguien agite una banderola a favor de una nueva ontolog√≠a que no distinga entre cultura y naturaleza. En especial, cuando sabemos que esta perversa distinci√≥n tiene un papel medular en el insatisfactorio resultado de la tragedia de los comunes que describi√≥ el ec√≥logo Garret Hardin a finales de los sesenta: donde cada individuo se encuentra atrapado en un sistema que lo obliga a aumentar su riqueza sin ning√ļn l√≠mite, haciendo valer su propio inter√©s sobre el inter√©s com√ļn, es decir, aquellos con quienes comparten la misma fuente de riqueza. Poca duda cabe que esta tragedia est√° depositada en los sujetos y el modo de producci√≥n del que somos responsables, pero quiz√°s el mayor problema (que tambi√©n incluye la soluci√≥n cooperativa de la polit√≥loga Elinor Ostrom) del guarismo econ√≥mico y social aludido, es que s√≥lo considera a los humanos, como si la naturaleza fuera ajena a los mismos. La antropolog√≠a hasta ahora ha conocido de otras cosmolog√≠as, pero de lo que se trata es usar ese conocimiento para transformar la nuestra, donde la dicotom√≠a con todo sea sin√≥nimo de cooperaci√≥n y respeto mutuo. Algo que obviamente es un reclamo para desterrar un estilo de vida social y ambiental inaceptable.

Francisco Gallardo Ib√°√Īez

Centro de Estudios Interculturales e Indígenas, CIIR

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