La Antártica está cambiando y las señales son cada vez más evidentes. La llegada de nuevas enfermedades, la presencia de especies invasoras y las transformaciones ambientales asociadas al cambio climático están poniendo a prueba la capacidad de adaptación de ecosistemas que evolucionaron durante millones de años bajo condiciones excepcionales. Lo que alguna vez imaginamos como un continente aislado de las amenazas globales hoy nos demuestra exactamente lo contrario: la Antártica está profundamente conectada con el resto del planeta.

La crisis de biodiversidad, advertida por la comunidad científica internacional, también se manifiesta en las regiones polares. Un ejemplo reciente es la presencia del virus de influenza aviar de alta patogenicidad en la Antártica, que ha abierto nuevas interrogantes sobre sus efectos en la fauna silvestre y las posibilidades de propagación entre especies. A ello se suma la amenaza de organismos no nativos, como determinadas moscas y lapas, cuya introducción o expansión puede alterar el delicado equilibrio de los ecosistemas antárticos.

Estos fenómenos representan mucho más que problemas ambientales aislados. Son señales de que las barreras naturales que históricamente protegieron a la biodiversidad antártica están siendo desafiadas. Comprender cómo responden sus especies, cuáles son las consecuencias de estas perturbaciones y qué podemos hacer para anticiparlas constituye una tarea científica cada vez más urgente.

En este escenario, Chile tiene una posición privilegiada y una responsabilidad que trasciende su proximidad geográfica con el continente blanco. Nuestro país cuenta con una trayectoria de investigación antártica, capacidades logísticas, y una comunidad científica que ha contribuido al conocimiento de estos ecosistemas. Sin embargo, frente a la magnitud de los desafíos actuales, resulta fundamental fortalecer y proyectar estas capacidades.

La incorporación del rompehielos Almirante Viel representa un avance significativo para la investigación y la operación antártica nacional. A ello se suman iniciativas de colaboración como la Alianza Interuniversitaria Chile Antártico (AICA), que promueve la articulación académica, y programas como la Feria Antártica Escolar (FAE), que acercan la investigación polar a estudiantes, y contribuyen a formar nuevas generaciones interesadas en la ciencia.

Desde el Instituto Milenio BASE hemos asumido este desafío construyendo una comunidad de casi 200 investigadores y colaboradores, distribuidos en seis ciudades de Chile: Santiago, Concepción, Valdivia, Puerto Montt, Punta Arenas y Puerto Williams. Como centro de excelencia financiado por la ANID y dedicado al estudio de la biodiversidad antártica y subantártica, buscando comprender los procesos evolutivos y ecológicos que explican la extraordinaria diversidad de la vida en estos territorios, así como sus respuestas frente a un ambiente en transformación.

Pero la ciencia antártica del siglo XXI requiere también ampliar las fronteras de la colaboración. Nuestra vinculación con expediciones internacionales, incluyendo iniciativas desarrolladas junto a la compañía francesa PONANT, ha abierto oportunidades para impulsar investigaciones en la Antártica y el Ártico. Estas alianzas demuestran que el conocimiento polar se construye mediante esfuerzos compartidos, integrando disciplinas, instituciones y países.

De cara al futuro, proyectos como el Centro Antártico Internacional (CAI) en Punta Arenas ofrecen una oportunidad única para fortalecer la infraestructura científica y consolidar a Chile como un punto de encuentro para la investigación polar internacional. No obstante, el verdadero desafío será acompañar estos avances con una visión de largo plazo, que asegure continuidad a las investigaciones, fomente la formación de especialistas, y permita transformar el conocimiento científico en herramientas para la conservación.

En este contexto, la próxima conmemoración del Día de la Antártica Chilena, cada 6 de noviembre, adquiere un significado que va más allá de recordar el decreto de 1940 que estableció los límites del Territorio Chileno Antártico. También nos invita a reflexionar sobre el papel que queremos desempeñar frente a las transformaciones que experimenta este continente y sobre el legado que dejaremos a las próximas generaciones.

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Porque la Antártica no es solamente un territorio distante que forma parte de nuestra historia. Es un continente vivo, cuya biodiversidad enfrenta amenazas presentes y cuyos cambios tendrán consecuencias que trascienden sus fronteras. Chile tiene la oportunidad de contribuir decisivamente a su conocimiento y protección, pero para ello debemos comprender que nuestra presencia antártica no se mide únicamente por la infraestructura que construimos o las expediciones que realizamos, sino también por nuestra capacidad de generar conocimiento, anticipar amenazas y actuar a tiempo.

La Antártica está aquí, en nuestro presente. Y las decisiones que tomemos hoy ayudarán a definir su futuro.