Estados Unidos llegó al colmo de su actitud imperial respecto de América Latina cuando así lo manifestó explícitamente su presidente Teodoro Roosevelt en su cuenta a la Nación, ante el Congreso, el 6 de diciembre de 1904, en lo que fue conocido como el “Corolario de Roosevelt” a la Doctrina Monroe. Y que dio origen a la denominada política del “gran garrote” (“big stick”), que justificó intervenciones directas estadounidenses en América Latina durante muchos años.

Así, demostrando una concepción de total superioridad, Roosevelt señalaba respecto del “hemisferio occidental” que “cualquier país cuyo pueblo se comporte correctamente puede contar con nuestra sincera amistad. Si una nación demuestra saber actuar con razonable eficiencia y decencia en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y cumple con sus obligaciones, no tiene por qué temer la injerencia de Estados Unidos”.

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Y ¡se atribuía la legitimidad de convertirse en “policía internacional”!: “Las irregularidades crónicas o la impotencia que conlleva un debilitamiento general de los lazos de la sociedad civilizada, pueden (…) requerir en última instancia la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligarlo, aunque a regañadientes, en casos flagrantes de tales irregularidades o impotencia, e ejercer un poder policial internacional” (Centro Miller de Asuntos Públicos, Universidad de Virginia, Internet).

Luego añadía: “Mientras obedezcan las leyes fundamentales de la sociedad civilizada, pueden tener la seguridad de que los trataremos con cordialidad y solidaridad. Sólo intervendríamos en su caso como último recurso, y únicamente si resultara evidente que su incapacidad o falta de voluntad para impartir justicia, tanto en el país como en el extranjero, hubiera violado los derechos de los Estados Unidos o hubiera propiciado una agresión extranjera en detrimento de todas las naciones americanas”.

Y para que quedara claro a qué se refería al justificar su intervención extranjera -¡y contemplando incluso al continente asiático!- Roosevelt especificaba: “Al defender la Doctrina Monroe, al tomar medidas como las que hemos adoptado con respecto a Cuba, Venezuela y Panamá, y al intentar delimitar el teatro de operaciones en el Lejano Oriente y asegurar la apertura a China, hemos actuado tanto en nuestro propio interés como en el de la humanidad en general” (Ibid.)…

Y reforzando su espíritu bélico sostenía: “La Armada de los Estados Unidos es el brazo fuerte del Gobierno para hacer valer el respeto a sus justos derechos en asuntos internacionales (…) Nos hemos comprometido a construir el Canal del Istmo (Panamá). Nos hemos comprometido a asegurar nuestra justa participación en el comercio de Oriente. Nos hemos comprometido a proteger a nuestros ciudadanos de un trato injusto en tierras extranjeras. Continuamos insistiendo firmemente en la aplicación de la Doctrina Monroe al hemisferio occidental”, y por todo ello “necesitamos seguir construyendo nuestra flota de buques de guerra, o buques tan poderosamente armados que puedan infligir el máximo daño a nuestros adversarios” (Ibid.).

Ante todo esto, el ministro (embajador) de Chile en Estados Unidos, Joaquín Walker Martínez, informaba a la Cancillería –el 26 de diciembre de 1904- sobre “la rapidez con que va extendiéndose en la opinión pública de este país el pensamiento de someter a la América toda al protectorado férreo de los Estados Unidos”. Y que debido a la auto-atribución de su Gobierno del derecho de ejercer de policía internacional del continente, “la condición de las repúblicas latinas con respecto a Estados Unidos es (…) la misma de los súbditos con respecto a su soberano”. Y se preguntaba: “¿No encontrará ese soberano otro corolario de sus doctrinas para blandir el big stick en la esfera económica de todas sus dependencias, como lo ha hecho ya en Cuba?” (Hernán Ramírez Necochea.- Historia del imperialismo en Chile; Edic. Austral, Santiago, 1970; pp. 186-7).

En los principales medios de prensa chilenos hubo diversas reacciones. Así, El Diario Ilustrado (conservador) y El Imparcial (independiente) criticaron a Roosevelt; el primero de forma irónica y el segundo duramente. A su vez La Ley (radical), no se pronunció editorialmente. Y El Mercurio y El Ferrocarril (liberales) se manifestaron de acuerdo con aquél…

Así, El Diario Ilustrado decía al respecto: “Lo que se ofrece es una forma de curadoría atenuada, moderada; pero curadoría al fin. No podemos temer a la Unión más que a un padre cariñoso que, si nos corrige, es por nuestro bien…aunque a veces no alcanzamos a comprenderlo. Dice (Roosevelt): ‘Haremos respetar la doctrina Monroe, intervendremos en los casos flagrantes de violación o impotencia por parte de las demás naciones sudamericanas’. Esta especie de protectorado estaría bien si en materia internacional nos halláramos completamente convencidos de que los protectores valen más que los enemigos. ‘No es exacto, agrega, que los Estados Unidos tengan proyectos contra las demás naciones del hemisferio austral’. Pero esta tranquilizadora declaración hace perder toda confianza cuando la limita: ‘salvo el caso de que tengamos que dirigirnos a ellas para su propio bienestar’ ¡Oh! ¡el bienestar propio apreciado por los demás! Luego el diario continuaba citando a Roosevelt: ‘Mientras ellos obedezcan a las leyes rudimentarias de la sociedad civilizada, deben estar seguros de que los acompañan nuestros sentimientos de simpatía más cordiales y abnegados. Sólo intervendríamos en sus asuntos en el caso más extremo. Obedeciendo a la doctrina Monroe, daríamos pasos análogos a los que hemos dado respecto de Cuba, Venezuela y Panamá’. Y siguiendo con la ironía, el diario agregaba que “lo malo que divisamos es que esos ‘casos extremos’ a que se refiere el Presidente serían apreciados por la misma diplomacia de la Unión; no se nos consultaría” (12-12-1904).

A su vez El Imparcial, con el titular La madrastra del Norte, editorializaba: “La gran república del Norte se ha declarado la madrastra de la América del Sur (…) El Presidente Roosevelt (…) dijo terminantemente que su país intervendría en los asuntos íntimos (sic) de los países sudamericanos, cada vez que lo creyera conveniente. De manera que quedamos notificados de que tenemos un guardador de nuestros intereses, de que tenemos encima de nosotros un poder superior que nos atará las manos a la hora que se le antoje, en nombre de un fantasma salido de los viejos mausoleos de Washington y que se llamó en vida, Monroe. ¿A dónde nos lleva esta doctrina y a qué abismos va a precipitarnos en la práctica? ¿Somos, por ventura, dementes o menores de edad que necesitamos de interventor en todos los actos de nuestra vida? ¿Quién va a decidir de la oportunidad, necesidad o justicia de esa intromisión extraña en nuestros negocios como Estado? (…) Demasiado sabido lo tenemos: nadie se mueve hoy sin algún interés particular, mucho menos hombres y países como Estados Unidos cuya mira utilitaria constituye uno de los rasgos más íntimos de su carácter”.

Y concluía El Imparcial llamando al Gobierno “a impedir que la madrastra del Norte dé comienzo a sus intenciones absorbentes”, promoviendo una “política sudamericana de común salvación para el elemento latino del nuevo continente. Conjuremos el peligro y quitemos de nuestras cabezas la amenaza” (9-12-1904).

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En cambio, El Mercurio planteó editorialmente una posición totalmente opuesta, con el titular La opinión sudamericana: “Es satisfactorio tomar nota de la forma en que se han recibido por algunos países sudamericanos las opiniones vertidas, respecto a política internacional, por el Presidente de Estados Unidos en el mensaje de apertura del Congreso americano (sic). Aquella enorme suspicacia que se dejaba ver respecto a toda manifestación de Norte América (sic) que pudiera referirse a las naciones de esta parte del continente, ha cedido lugar a una apreciación más tranquila y discreta, más en armonía con la naturaleza misma de las cosas y con la intención de Estados Unidos, clara y decididamente manifestada. De la prensa de Santiago, casi todos los diarios han estado uniformes en considerar que las declaraciones de Roosevelt no son ni pueden ser una amenaza para los países bien organizados y en que encierran un peligro para aquellas repúblicas que viven en completo estado de anarquía, que no están en paz nunca, ni consigo mismas ni con los demás. La prensa argentina, es cierto, ha protestado por medio de algunos de sus órganos contra el llamado ‘imperialismo yankee’, pero no parece ser ello la manifestación del modo de pensar general”. Aunque el editorial sólo citaba “una correspondencia telegráfica enviada a este diario desde Buenos Aires”, en favor de la posición de Roosevelt, y luego, de Sudamérica, solamente el editorial del diario El Comercio de Lima en su favor…

Más adelante El Mercurio señalaba: “Hace unos años las palabras del Presidente Roosevelt habrían levantado una tempestad en todos los órganos de opinión de la América Latina. Se habrían sacado a relucir por todos ellos aquellas tan hermosas como vanas frases sobre americanismo, países hermanos contra el enemigo común, peligro del norte y otras por el estilo, que felizmente han hecho ya su época en la parte consciente de la opinión pública. Se habría hablado, asimismo, de ligas sudamericanas y de otras cosas tan factibles como éstas y que prometerían iguales resultados benéficos. Hoy se ve que existe una corriente poderosa que se paga más de la verdad que de las declamaciones, que pesa y mide los hechos políticos en lo que verdaderamente valen. Bastante ganará la tranquilidad de Sud-América con el predominio de esta corriente” (14-12-1904).

Esta es la séptima parte de una serie de columnas titulada: Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile.