Parece que el Gobierno está a cargo de inválidos emocionales, que tienen mucha racionalidad, frialdad, orden y esquemas definidos; no se equivocan jamás en favor del pueblo y muestran cero preocupación por lo que sucede con las personas. Ellos avanzan en sus planes y les basta un voto para imponer sus leyes. Poco a poco van estableciendo un nuevo orden donde las personas no importan: lo que vale es el orden formal y la mano dura.

La sonrisa eterna

Yasna Provoste, senadora, confrontó duramente a la Ministra de Educación en una sesión de la Comisión de Educación. Lo hizo con la solidez y vehemencia que la caracteriza, llegando a decirle que o faltaba a la verdad o pecaba de ignorancia. La ministra observaba impertérrita, con una especie de sonrisa permanente que inevitablemente me recordaba la que exhibe su líder, el presidente José Antonio Kast.

Kast sonríe siempre, incluso en los peores momentos, como si estuviese convencido de que con ese rictus provoca empatía en sus auditores. Me recuerda a un político al que le dijeron que, cuando enfrentara a las cámaras, debía siempre sonreír en todo momento. Una vez, en medio de una tragedia, él reclamaba contra el gobierno de turno por su falta de respuesta y lo hacía con una sonrisa en el rostro. Un contrasentido brutal.

La falsa calma, cuestión de estilos

Ahora bien, si observamos al resto de los funcionarios del Gobierno, su actitud es siempre la de personas a las que pareciera que nada las estremece ni altera en ninguna circunstancia. En Chile les decimos “cara de palo” a aquellas personas que mantienen su rostro inalterable, sin importar la situación que se vive. Pongamos atención a Quiroz, a Arrau, a De Grange, a Pérez, a Alvarado y así uno a uno. ¡Y qué decir de Rabat!

También, el nuevo vocero oficial del Gobierno, que no es ministro, tiene –y ha tenido desde hace años– el mismo estilo. Probablemente por eso llegó allí.

Desde cierto punto de vista, es bueno que las personas mantengan la calma, aunque la sensación que deja esta generalidad de caras impertérritas -con un rostro muchas veces de sonrisa perpetua- parece que obedece, más que a una instrucción, a una manera de relacionarse con la realidad. Es un espacio donde conmoverse parece una conducta poco deseable y la sensibilidad, la emocionalidad, la compasión y la pasión parecen no existir o, por lo menos, ser inadecuadas para el fin perseguido.

A recuperar el poder

La ultraderecha chilena, que en sus ramas social, empresarial y comunicacional ha mantenido un enorme poder, decidió recuperar el control político bajo la modalidad prevista por la Constitución diseñada por Jaime Guzmán e impuesta en el fraudulento plebiscito del año 1980.

Ya en 1986 algunos denunciábamos que ese diseño dejaba al pueblo sólo como partícipe de procesos electorales, privado de cualquier otra forma de participación activa en el proceso de toma de decisiones de la vida social y política. No tiene injerencia en la asignación de recursos, en la aplicación de medidas ni en la resolución de los temas que le afectan. A lo más, nos encontramos con consultas comunales en las cuales un alcalde pregunta al electorado -que no está obligado a votar- sobre materias que él ha definido de interés, con un resultado que NO lo fuerza a seguir la decisión popular.

De ese modo, las decisiones políticas importantes siguen radicadas en una estructura cupular en la cual el Gobierno (Poder Ejecutivo) ejerce determinantes y poderosas facultades en el proceso legislativo, manteniendo como norma de clausura la voluntad residencial. “Presidencialismo de ejecutivo vigorizado”, decía mi profesor de derecho constitucional, haciendo una comparación burlesca con el sistema francés, que es “parlamentario de ejecutivo vigorizado”.

Era previsible

El ”estallido social” –como se ha llamado al proceso de octubre de 2019– era una situación completamente previsible; incluso tengo la convicción de que se atrasó gracias a medidas de corte populista que tomaron los gobiernos de Bachelet II y Piñera II en su primer año.

La verdad es que la desazón de muchos grupos sociales, los problemas objetivos de los sectores medios, la falta de oportunidades para los jóvenes -particularmente aquellos que, habiendo accedido a estudios superiores, se convirtieron en “cesantes ilustrados” o en trabajadores de cualquier cosa menos de aquello para lo cual estudiaron-, fueron tensiones que se acumularon generando una protesta generalizada.

Si los comunistas, los anarquistas o los delincuentes se aprovecharon de ello para otros objetivos, no cambia la causa del problema sino el curso de los acontecimientos que ha terminado por desanimar a un pueblo que cada vez se siente más atrapado y con menos vías para solucionar sus problemas.

El triunfo derechista

Por eso el pueblo se va inclinando por darle un espacio a la derecha y no seguir con los mismos que, durante más de treinta años, vendieron más ilusiones que realidades; pues no fueron responsables en cuanto a dar curso a sus propuestas de una democracia real y a la solución de los problemas que el montaje pinochetista impuso al país.

Se ofrece seguridad, orden y medidas económicas que, según reza la oferta, en corto plazo aumentarán la inversión, incrementarán el crecimiento y disminuirán la inflación y la cesantía. El pueblo vota eligiendo entre la decepción conocida y la promesa de los que trajeron a Chile el sistema y lo implantaron.

La apariencia de democracia funcionó bien. Después de tantos años regresan al poder los pinochetistas, pero esta vez no por las armas sino por los votos, para aplicar las mismas soluciones que diseñaron hace mucho tiempo, consolidando un sistema de injusticias flagrantes, donde la riqueza se acumula en pocas manos y las clases medias viven con la angustia de las limitaciones, la competencia, el endeudamiento, el arribismo desesperado por ocupar posiciones.

Un plan calculado

Todo ello responde a un esquema prefijado: un diseño de desprecio por las mayorías salvo cuando se acercan períodos electorales. Es entonces cuando se vierten promesas de decisiones que nunca se aplicarán en su beneficio, siempre a cambio de asegurar un orden y una autoridad que traerán seguridad. Tal como lo hizo la dictadura.

El objetivo es mantener el poder político todo el tiempo que les sea posible, tarea en la que reciben la ayuda –por supuesto involuntaria e inconsciente– de los partidos de la oposición, que nada hacen salvo tener una actitud contestaria frente a incidentes de los cuales creen que sacarán partido.

Este plan, racionalmente calculado, requiere de sangre fría, de insensibilidad y de una total carencia de emociones. Y eso se les da muy bien, siempre en la tónica del pinochetismo. Podemos recordar las explicaciones que daban los civiles cuando les hablábamos de las torturas a las que eran sometidas muchas personas o de los asesinatos disfrazados de enfrentamientos: “algo habrán hecho”, “es que los militares no pueden dejarse llevar por las emociones”, “¿de qué otra manera puedes combatir al terrorismo y a la amenaza que representa el pensamiento izquierdista?”.

Todas esas frases reflejan insensibilidad frente al sufrimiento. Negar, como lo hizo el embajador especial de Chile en Naciones Unidas en 1976, la realidad de los detenidos desaparecidos -sosteniendo que eran nombres falsos- de personas inexistentes, es propio de este tipo de actitudes que revelan una grave invalidez emocional.

No hay espacio para las personas

Posee argumentos para muchas cosas y capacidad para tomar decisiones que racionalmente convienen a sus intereses, pero muestra un total desapego por lo que le pasa a las personas que deben padecer por esas medidas.

Tal vez un caso que sirve de ejemplo claro es el de las colusiones de grandes empresas farmacéuticas o alimentarias para obtener sobreprecios y ventajas que destruyeron la competencia de empresas menores y se quedaron con la totalidad del mercado, cobrando más de lo debido a los consumidores. Esas colusiones, en las que estuvo involucrado el mismo Quiroz, actual ministro de Hacienda, revelan la carencia de componentes emocionales y la desconsideración por las personas.

Con total impavidez emocional, van tomando decisiones que hacen correr el cerco de la decencia para medir la capacidad de reacción de la población. Lo primero fue el alza de los combustibles, la cual pasó sin que nadie alzara más que unos débiles reclamos. Luego vino la reforma tributaria. Más tarde, se propuso la reforma para establecer un estado de emergencia; aunque esta no perseveró, pero se llegó a acuerdos con algunos parlamentarios que mantuvieron lo más grave de la propuesta: actuar preventivamente ante “el peligro” de conflicto, calificado así por propio gobierno.

Retrocediendo

Se van corriendo los límites para regresar a la era del pinochetismo. No se otorgan indultos, pero se dan rebajas de pena a agresores sexuales, afectando considerablemente a grupos con baja capacidad de protesta, como son las víctimas de estos abusos sexuales; preparan de esta forma el camino para otorgar estas rebajas de condena a los violadores de derechos humanos.

Si se siguen corriendo los límites, cuando menos lo esperemos estaremos atrapados en las marañas del autoritarismo, mientras la oposición política se pierde en disputas chicas y genera espacios de apoyo a ciertas medidas concretas.

Ejemplo de esto es la ley de presupuesto, cuyas rebajas están revestidas de modos elegantes, pero que en definitiva significan debilitar áreas como cultura, artes, educación, medio ambiente y ciencia. Asimismo, para enfrentar la cesantía se plantea un plan que desde el inicio se sabe que no combatirá los problemas estructurales, sino que se limitará a cuestiones estacionales o coyunturales.

No caben las emociones

Todo lo que podríamos considerar relativo al desarrollo de las personas y a la tranquilidad emocional, no es más que una consideración de tercer o cuarto orden en las prioridades de las actuales autoridades.

Son inválidos emocionales, tienen mucha racionalidad, frialdad, orden y esquemas definidos; no se equivocan jamás en favor del pueblo y muestran cero preocupación por lo que sucede con las personas. Ellos avanzan en sus planes y les basta un voto para imponer sus leyes. Poco a poco van estableciendo un nuevo orden donde las personas no importan: lo que vale es el orden formal y la mano dura.

Existe también un fuerte manejo comunicacional. Sacar al subsecretario cuando debería considerarse sacar al ministro es una forma de decirnos que las medidas están respaldadas, aunque se usen palabras en sentido contrario; implica que quien se opuso a ellas al interior debe salir por haberlo declarado.

Actuar ahora

El plan es simple: someter a los habitantes a la mayor precariedad posible para que, en doce meses más, cuando las cifras mejoren, el porcentaje de crecimiento parezca muy alto sólo porque se parte de cifras muy bajas. La imagen operará en favor del gobierno. En ese momento actuarán de modo violento y con espectacularidad en materia de delincuencia, mostrando la importancia de la mano dura ante un pueblo que estará ocupado en su propia subsistencia.

Se quiere llegar al cuarto año para lanzar voladores de luces, bonos y apoyos que intenten comprar al electorado para volver a ganar. Tanto los políticos en lo suyo, como la ciudadanía, resistiendo pacíficamente las medidas, deben ser capaces de reaccionar, pues en dos años más puede ser demasiado tarde.