Hace algunos años, el hidrógeno verde se paseó por los noticieros, acaparó titulares y fue musa inspiradora de decenas de columnas escritas por inversionistas que buscaban apuntalar el crecimiento de la nueva promesa chilena. Las proyecciones eran ambiciosas; podríamos aprovechar el sol del norte y los vientos australes de Magallanes, y con esa bendición divina, elaborar un elixir energético que dotaría a nuestro país de recursos frescos mientras nos congraciábamos con la madre tierra.
Pero cual promesa de barrio, antes de alcanzar un debut soñado, su magia se apagó. El entusiasmo inicial pasó a ser cautela y hoy derechamente frustración. Diversos proyectos que estaban encaminados hoy figuran detenidos, la inversión avanza lento y el mercado internacional del hidrogeno verde parece hacer oídos sordos ante las aspiraciones de quienes habitamos el fin del mundo.
¿Será que el hidrogeno verde perdió su oportunidad? No necesariamente. Lo que sí demuestra el estado actual es que no basta con tener recursos naturales extraordinarios y proyectos para desatar una nueva industria. Chile construyó política pública, una estrategia y planes de acción, pero tanto el Estado como el sector privado se quedaron cortos en la construcción de un imaginario colectivo que permitiera potenciar lo que tenemos.
Mientras algunos reclaman que no hay demanda que justifique el desarrollo de proyectos, en el otro lado están quienes señalan que los precios son muy elevados debido a que, al no haber proyectos, no se genera la producción a escala que permite bajar los precios. En concreto, la paradoja del huevo o la gallina.
El camino del hidrógeno verde en Chile
La historia de esta apuesta comenzó en noviembre de 2020, cuando el segundo gobierno de Sebastián Piñera presentó la primera Estrategia Nacional. El objetivo era ambicioso: tener la producción de hidrógeno verde más barata del mundo para 2030 y posicionar a Chile entre los tres principales exportadores del globo para 2040. La iniciativa tuvo continuidad durante el gobierno de Gabriel Boric, que publicó en abril de 2024 el Plan de Acción de Hidrógeno Verde 2023-2030.
Sin embargo, en marzo de 2026, se publicó una actualización de esa estrategia que reconoció un escenario internacional diferente y la necesidad de ajustar las prioridades. El documento puso mayor énfasis en la demanda interna, la descarbonización industrial y el desarrollo de capacidades locales. Es decir, la política pública comenzó a reconocer que el desafío no era solamente producir, sino que también era encontrar quién lo podría comprar.
¿Y dónde estamos hoy? A octubre de 2026, según el balance actualizado de H2Chile, la cartera nacional se redujo de las 83 iniciativas originales a 62 proyectos anunciados, manteniendo estables los 17 que ya se encuentran operativos a escala piloto.
Entre los avances concretos se cuentan Haru Oni de HIF Global, en Magallanes, y el proyecto piloto de ENAP en Cabo Negro. A esto se suman iniciativas de mayor escala, como HNH Energy, que cuenta con aprobación ambiental, pero aún necesita permisos sectoriales.
En la otra vereda, AES Andes anunció en enero de 2026 que desistía de desarrollar INNA, su proyecto de hidrógeno y amoníaco verde en Antofagasta. Misma decisión que habría tomado EDF con el proyecto EVA, a lo que se suma la decisión de retrasar el megaproyecto de TotalEnergies, que considera una inversión de US$16 mil millones. Incluso Corfo decidió poner fin anticipado al convenio del Centro Tecnológico de Hidrógeno Verde de Magallanes (NEMa) y el gremio H2V Magallanes congeló temporalmente sus actividades acusando la “inexistencia de un mercado consolidado”.
Y si bien se puede indicar que existen más de US$ 36 mil millones ingresados al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, de los cuales US$ 15 mil millones ya cuentan con su aprobación, lo cierto es que a nivel comercial e industrial la producción de hidrogeno verde chileno hoy es cero.
Qué pasa en el mundo
El problema chileno, además, forma parte de una dificultad global. De acuerdo con el Global Hydrogen Review 2026 de la Agencia Internacional de Energía (IEA), la demanda mundial de hidrógeno superó los 100 millones de toneladas en 2025. Pero prácticamente todo ese consumo continúa concentrado en actividades tradicionales, como la refinación de petróleo y la industria química. La producción de hidrógeno de bajas emisiones, en cambio, apenas se acercó a un millón de toneladas. Es decir, representa menos del 1% del mercado mundial.
Pero ¿realmente no hay compradores potenciales? Alemania, por ejemplo, estima que necesitará entre 95 y 130 TWh de hidrógeno y derivados para 2030, y que deberá importar entre el 50% y el 70% de ese volumen. Japón y Corea del Sur también han desarrollado instrumentos para incentivar el consumo de hidrógeno y amoníaco de bajas emisiones. Son mercados que buscan diversificar sus fuentes energéticas y reducir las emisiones de sus industrias, y es allí donde debemos apuntar.
El desafío es, por lo tanto, conectar las necesidades de descarbonización con lo que Chile puede ofrecer. Para ello, debemos dejar de comunicar únicamente nuestras ventajas naturales y explicar qué problemas concretos podemos resolver.
El hidrógeno verde no debe competir con la electrificación en todos los sectores. Su mayor oportunidad está en aquellas actividades difíciles de electrificar directamente. Por ejemplo, producir combustibles sintéticos sostenibles para la aviación (e-SAF), amoníaco y metanol de bajas emisiones para el transporte marítimo, fertilizantes sin hidrógeno fósil, acero mediante procesos que sustituyan al carbón, usos en maquinaria minera e incluso jugar un rol en la fabricación de cemento.
Hace algunos días volvió a ser noticia que los millonarios del mundo contaminan mucho más que la clase común, particularmente por el uso de jet privados. Allí hay una muy buena oportunidad comunicacional.
En campaña
Para quienes hemos dedicado la vida profesional a las comunicaciones sabemos que pocas cosas pasan de manera espontánea. Los paneles solares que copan nuestro desierto fueron impulsados con gran fuerza por el gigante asiático y en Alemania se llevaron a cabo importantes campañas para potenciar su uso. Lo mismo ocurrió en Dinamarca, país que, tras la crisis petrolera de 1973, construyó un ideal social entorno a la generación eólica. Los autos eléctricos reciben el apoyo mediático de excéntricos multimillonarios como Elon Musk, e incluso hoy pueden volar. Y qué decir de los esfuerzos comunicacionales de agrupaciones verdes que motivan la transición.
En concreto, ninguna nueva tecnología ha entrado al mercado como fruto excluyente de su capacidad de solucionar problemas. El primer paso es convencer que existe tal problema, y el segundo, que lo que queremos vender es la llave maestra que lo resolverá.
Por eso, Chile necesita pasar de una estrategia centrada en promover el potencial de producción a una política mucho más activa de construcción de mercado. Esto supone una campaña internacional permanente, pero no una simple operación publicitaria. Se trata de una estrategia de diplomacia económica y posicionamiento comercial que involucre al Estado, las embajadas, ProChile, InvestChile, Corfo y las empresas del sector.
Si estamos convencidos de que esta tecnología tendrá un papel relevante en la descarbonización de sectores difíciles de electrificar, no podemos limitarnos a esperar que sus costos bajen y que la demanda aparezca. Hay que trabajar para que ambas cosas ocurran.
En definitiva, una nueva industria no se construye solamente esperando que el mercado exista. También se construye saliendo a buscarlo. Para ello, la mejor herramienta es la comunicación y la política, dos cosas que hoy son casi lo mismo.
Enviando corrección, espere un momento...
