En 1984, Charly García incluyó en Piano Bar una canción de título inolvidable: Promesas sobre el bidet. La imagen se explica sola: promesas hechas en el lugar menos solemne posible, al calor del momento, palabras que se van por el desagüe con la misma facilidad con que se pronunciaron. Promesas que no resistirán a la mañana siguiente.
Durante doce años y tres campañas presidenciales, los republicanos nos prometieron que tenían solución para todo. No eran ideas sueltas: eran planes, con nombre propio, eslogan y logotipo. En junio de 2025 los publicaron, uno a uno, en sus redes. El plan M&M nos decía: “El Estado no genera empleo. Tú sí”. El plan Reinicia anunciaba que “el Estado colapsó, es hora de reiniciar”. La Auditoría Total prometía que “se acabaron los pitutos y el despilfarro”. El plan Implacable ofrecía “delincuentes a la cárcel, sin excusas”; el plan de vivienda, “tu sueño hecho realidad”; y el plan Zero, para las listas de espera, “cero listas, cero excusas, cero abandono”. Después vendría el plan Cancerbero, que ofrecía -sí, leyó bien- hacer de Chile el país más seguro de Latinoamérica.
A casi 8 meses de gobierno, según Criteria el 70% desaprueba al gobierno y el 53% de los chilenos sienten decepción por él. Justificadamente, porque las señales son claras.
Una: el trabajo. La promesa central de la campaña era más y mejor empleo. Cuando el gobierno asumió, la desocupación rondaba el 8,3%. Según el INE, en el trimestre julio-septiembre llegó a 9,8%: más de un millón de personas sin trabajo, la cifra más alta en 5 años. El plan de reactivación concentra el grueso de sus obras públicas recién a partir de enero de 2027. El plan del empleo llegó después que el desempleo.
Dos: el despilfarro. La Auditoría Total comprometía una auditoría internacional independiente y la publicación íntegra de resultados. ¿Dónde están? El recorte de US$6.000 millones, que en campaña se presentaba como una simple cuestión de voluntad, hoy se discute en el Presupuesto como lo que siempre fue: un ejercicio dificilísimo, con costos sociales que nadie mencionó en los debates. Los operadores políticos, los parásitos de los que hablaba quien hoy es un alto funcionario de este gobierno, muy bien pagado, siguen en sus cargos. Reiniciar el Estado, por lo visto, era más complejo que apagar y prender.
Tres: la salud y la vivienda. ¿Las listas de espera del plan Zero? ¿El sueño de la casa propia? Silencio. Cero listas, decían. Cero excusas, decían.
No todo ha sido malo. En materia migratoria la gestión del RN Frank Sauerbaum exhibe una baja relevante de los ingresos irregulares por el norte y expulsiones de inmigrantes como hace años no veíamos. Los homicidios del primer semestre, si bien la baja es tendencia hace varios años, bajaron respecto de 2025. Son buenas noticias para Chile, vengan de quien vengan. Pero incluso ahí la promesa se quedó corta: la reforma que debía darle dientes al control migratorio se cayó en la Cámara por falta de quórum, culpa de los diputados del propio partido Republicano que decidieron viajar a Nueva York en lugar de cumplir con su rol.
Las encuestas sitúan la aprobación presidencial en su punto más bajo. ¿Es solo un problema de comunicación? No. Es el costo de haber prometido el paraíso y entregar, en el mejor de los casos, mejoras mediocres. Es duro decirlo, pero cuando un gobierno de derecha promete demasiado y entrega poco, no se desprestigia solo él: se desprestigia la idea misma de que el orden, la austeridad y la seguridad son posibles. Y afecta la credibilidad de las derechas con él.
Esa, por cierto, es la mejor noticia que podría recibir la izquierda. O peor aún, abre espacio para el populismo de los que se dicen ni fachos ni comunachos.
Aún hay tiempo para que este gobierno salga de la mediocridad. Pero se hace indispensable que el gobierno en forma urgente deje la soberbia y autocomplacencia y haga al menos tres cosas:
Primero, que el gobierno abra su gabinete y sus subsecretarías a gente con experiencia probada en gestión, aunque no sea de su gusto. Segundo, que publique un tablero trimestral con metas verificables para cada uno de sus planes, para que las promesas se puedan medir. Y tercero, que construyan mayorías en el Congreso con humildad, porque ninguna promesa se cumple solo con los propios.
La decepción es profunda. El tiempo de creer las promesas sobre el bidet se acabó. Más que nunca se requiere un gobierno que cumpla lo prometido. Pero no mañana, ahora. En seis meses más, será demasiado tarde.
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