El general Leonardo Romanini es el nuevo comandante en jefe de la Fuerza Aérea para el periodo 2026 – 2030. Cuando asuma el mando en plenitud durante esta semana se enfrentará a importantes desafíos que el saliente general Hugo Rodríguez sorteó de manera destacada.
Su designación por el Presidente de la República no hay que verla con extrañeza. Se optó por el general de mayor antigüedad de la quina presentada por el ministro Barros, dando así estabilidad al Alto Mando. También se vuelve a la tradición de comandantes en jefe pilotos de combate.
Aunque los otros cuatro generales integrantes de la quina contaban con trayectorias tan variadas como destacadas, el general Romanini estuvo respaldado por tres rasgos característicos que terminaron por inclinar la balanza a su favor.
El primero es operativo. Haber sido comandante del Comando de Combate le permite estar más que familiarizado con la planificación y conducción de operaciones aéreas en distintas hipótesis, y conoce al detalle las capacidades institucionales, su doctrina de combate, su potencial y también sus brechas. Algo clave frente al reequipamiento argentino y peruano.
Por años fue quién hizo funcionar la institución en lo cotidiano como jefe del Estado Mayor General, dejando libre al comandante en jefe para maniobrar en la primera línea política. Este cargo, además, funciona como el nexo que gestiona los requerimientos de otras instituciones, otorgándole al general un conocimiento de la intrincada administración del Estado.
Pero lo que probablemente pesó más en la decisión presidencial fue su paso como jefe del Estado Mayor Conjunto, donde converge con mayor fuerza lo civil y lo militar. Desde ahí se asesora directamente al ministro de Defensa, se planifican ejercicios conjuntos y combinados, y se coordinan los despliegues ante catástrofes y tareas de seguridad.
Es un cargo expuesto políticamente y que demanda una habilidad para relacionarse con civiles, sean asesores de gabinete, autoridades ministeriales o parlamentarias, pero que bien conducido opera como una vitrina. También brinda una panorámica del sistema político y permite profundizar en la doctrina nacional conjunta, pilar de los conflictos actuales.
En lo propio, el esfuerzo principal del general estará puesto en la modernización estratégica de la FACH, particularmente en la renovación de los F-5 Tiger pero también de los C-130 Hércules y de los Bell UH-1H, indispensables para la logística, sostenimiento y respuesta del Estado ante distintas situaciones.
Para lograrlo tendrá que sortear los mismos obstáculos desalentadores que su predecesor: asegurar que estos preparativos se ejecuten sin interrupciones bajo una restricción fiscal que no tiene horizonte claro de término y con un fondo de capacidades funcionando con lo justo, a pesar de la inyección de 588 millones de dólares en el presupuesto 2027.
Y por lo mismo, esta renovación deberá evitar canibalizar el presupuesto que también necesitan el Ejército y la Armada para sus propias capacidades. Lo contrario podría significar un desequilibrio de la defensa con efectos estratégicos que lamentaríamos por décadas. No cabe duda de que el Subsecretario de Defensa, junto al ministro, adoptarán las previsiones necesarias.
En tareas de seguridad interior, el despliegue institucional es mínimo en personal pero intensivo en transporte y tecnología. Si aumentan las demandas al Ejército se puede profundizar la carga financiera que lleva a cuestas por ser la única institución empleada en cinco regiones desde hace cinco años.
Por esto resultaría lógico que la autoridad política evaluara ampliar las responsabilidades de la Fuerza Aérea y desplegar a sus infantes de aviación en tareas acotadas, especialmente porque ya no contamos con la infantería de marina que se desmovilizó en el Biobío. Esto permitiría distribuir de mejor manera las exigencias operativas y financieras que actualmente recaen sobre el Ejército, aprovechando capacidades que la propia institución ya posee. En paralelo deberá mantener el apoyo aéreo a estas misiones como lo ha hecho hasta ahora.
Todos los comandantes en jefe suelen dejar como herencia hitos de gestión que son continuados por sus sucesores. El desarrollo de capacidades espaciales y de personal especializado son quizás los ejes de acción que el general Rodríguez deja como legado.
El funcionamiento del Centro Espacial Nacional, inaugurado en el periodo anterior, trae como tarea completar el Sistema Nacional Satelital con la fabricación y operación de nuestros propios satélites y la construcción de centros espaciales, especialmente en Magallanes. Estos son algunos de los desafíos que pueden apalancar a Chile en el dominio espacial.
Finalmente, la fuga de personal especializado en todas las ramas de nuestras Fuerzas Armadas es un tema crítico que aun resta abordar de manera sistémica. La mejor alternativa para el general es construir una coalición con el Ministerio de Defensa y las otras ramas que respalde nuevas formas de retener a esos oficiales y suboficiales con experiencia. Esta es una meta tan importante como la renovación de nuestra capacidad de combate aéreo, porque la cuestión es simple, sin personal los medios no operan.
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