Mi fe católica sigue intacta. Lo que se ha debilitado es mi fe en algunos de quienes dicen representarla. Porque llega un momento en que cuesta creer que hombres y mujeres que dedican su vida a predicar sobre el bien, la justicia y la protección de los más vulnerables sean incapaces de pronunciar una sola palabra cuando las víctimas vuelven a ser abandonadas por las instituciones.

No logro comprender el silencio de las iglesias frente al indulto o la rebaja de condenas a delincuentes que abusaron de menores y a personas condenadas por actos de tortura, no lo acepto. No logro entender cómo quienes llenan templos hablando de valores cristianos, de la defensa de la familia y del deber de proteger a los inocentes, desaparecen precisamente cuando esos principios exigen una voz clara y valiente.

Durante años escuché sermones y homilías sobre el deber de defender la verdad. Escuché que los niños ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Escuché que la fe se demuestra enfrentando el mal y no acomodándose a él. El propio Billy Graham señaló que una sociedad tiene la obligación moral de amar, proteger y cuidar a sus niños, porque ellos representan su futuro. Sin embargo, cuando quienes dañaron a menores reciben beneficios, demasiados púlpitos quedan en silencio.

Y ese silencio no es una cuestión menor. Porque cuando una iglesia calla frente al sufrimiento de las víctimas, deja de ser un problema de prudencia. Cuando una iglesia guarda silencio frente a quienes abusaron de niños o participaron en actos de tortura, deja de ser una diferencia de opinión. El silencio, en esos casos, se transforma en complicidad moral.

El Papa Francisco afirmó, por allá en el 2018, que el dolor de las víctimas es un “gemido que clama al cielo”. Si realmente creemos en esas palabras, entonces no es posible mirar hacia otro lado cuando quienes provocaron ese dolor son beneficiados por decisiones político-administrativas. No se puede hablar de misericordia olvidando a las víctimas. No se puede invocar el perdón ignorando la justicia. Y ¿Por qué? ¿Porque nombren a un pariente ministra o porque se construyan templos a costo de todos los chilenos?

Lo más decepcionante es observar cómo las iglesias, particularmente sectores del mundo evangélico, son capaces de movilizarse con enorme energía cuando se discuten las denominadas leyes valóricas. Entonces aparecen declaraciones públicas, campañas, reuniones y discursos grandilocuentes sobre la defensa de los principios cristianos. En esas materias no existe neutralidad ni prudencia.

Sin embargo, cuando las víctimas son niños abusados o personas que sufrieron torturas, esa energía desaparece. La indignación se esfuma. Las declaraciones cesan. Los púlpitos enmudecen. Es una contradicción imposible de ignorar.

¿Qué ocurrió con esa valentía moral? ¿Por qué algunos líderes religiosos parecen tan decididos a defender principios cuando no afectan su relación con el poder, pero tan cautelosos cuando hablar puede incomodar a las autoridades?

Los ciudadanos observan y sacan sus propias conclusiones. Ven reuniones con autoridades. Ven cercanía política. Ven promesas cumplidas. Ven financiamiento, construcción de templos y entrega de terrenos que pertenecen a todos los chilenos. Ven beneficios concretos. Y al mismo tiempo observan un silencio estruendoso frente a hechos que deberían provocar una condena moral inmediata.

Y entonces surge una sospecha devastadora: que para algunos dirigentes religiosos la moral termina teniendo precio. Una conclusión dolorosa, pero difícil de evitar cuando los hechos parecen apuntar en esa dirección.

Hay una frase del cardenal Raúl Silva Henríquez que debería resonar hoy con más fuerza que nunca: “No hay perdón sin justicia”. No la pronunció desde la comodidad de una oficina ni en tiempos de tranquilidad. La dijo en una época donde hablar podía costar la libertad, la persecución e incluso la vida. La dijo cuando había chilenos que por mucho menos no regresaban a sus hogares. La sostuvo cuando enfrentar al poder requería coraje y no cálculo político. Por Dios que se extrañan líderes así.

Eso es autoridad moral. Eso es integridad. Silva Henríquez entendió que la compasión por las víctimas jamás podía ser reemplazada por la comodidad de algunos. Comprendió que el perdón no significa impunidad y que la justicia no puede sacrificarse en el altar de las conveniencias.

Por eso su figura sigue siendo respetada hasta hoy. Porque cuando llegó el momento de escoger entre la verdad y la comodidad, escogió la verdad.

Actualmente pareciera que algunos líderes religiosos están más preocupados de conservar influencia que de defender principios. Más interesados en mantener buenas relaciones con el poder que en acompañar a las víctimas. Más dispuestos a cuidar espacios de privilegio que a arriesgarse por una causa justa.

Y cuando eso ocurre, la Iglesia deja de ser una voz profética para transformarse en un actor más del sistema que debería fiscalizar moralmente. En este punto las iglesias ingresan a la política.

La tragedia no es únicamente el silencio. La tragedia es que cada vez más personas comienzan a pensar que ese silencio tiene explicación. Que detrás de él hay conveniencias, favores, acceso, cargos, financiamiento o terrenos. Que aquello que se predica con tanta firmeza los domingos termina negociándose durante la semana.

Porque una Iglesia que calla frente a los abusadores pierde autoridad para hablar sobre la familia.

Una Iglesia que calla frente a la injusticia pierde autoridad para hablar sobre justicia.

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Y una Iglesia que calla frente al sufrimiento de niños y víctimas de tortura mientras mantiene una cómoda cercanía con el poder corre el riesgo de transmitir el mensaje más devastador de todos: que la moral puede venderse por cuatro cargos y cinco terrenos.

Mi fe sigue intacta. Mi convicción en el Evangelio también. Pero me niego a aceptar que el silencio frente al abuso, la injusticia. Hay momentos en que callar no es una muestra de sabiduría. Hay momentos en que callar es simplemente escoger el lado equivocado de la historia. Y toda autoridad moral que elige el silencio frente a las víctimas termina siendo juzgada no por sus sermones, sino por su cobardía.