José Antonio Kast decidió mantener a Fernando Rabat y terminó poniendo a su propio gobierno a responder por esa decisión. Lo que comenzó como una crisis en Justicia hoy enfrenta a los partidos oficialistas y obliga al Presidente a explicar por qué, después de reconocer un error, sigue respaldando al ministro.

Las rebajas de condena a 56 personas sentenciadas por delitos sexuales contra menores de edad exigían una respuesta política a la altura del daño. Reconocer el error era necesario. También lo era explicar las responsabilidades y las razones para mantener al titular de la cartera. Esa decisión tiene un costo que ya se está pagando dentro del propio oficialismo.

Parlamentarios de Chile Vamos han pedido la salida de Rabat y han recibido reproches desde el Partido Republicano, el partido del Presidente. El diputado republicano Alejandro Riquelme cuestionó a quienes solicitan cargos y después no defienden al Gobierno. Desde la UDI, Natalia Romero respondió: “Si el Partido Republicano quiere que abandonemos el gobierno, que lo digan de frente”. Son declaraciones públicas entre aliados que deberían estar trabajando en una salida a la crisis.

Ahí está la falta de conducción política. El respaldo presidencial no logró ordenar al sector y la defensa de Rabat terminó abriendo una disputa sobre quién es leal y quién tiene derecho a discrepar. Un gobierno necesita conversar con sus partidos antes de que las diferencias lleguen a ese punto. Después cuesta mucho más recuperar la confianza, incluso entre quienes votan juntos.

Por eso la pregunta sobre los asesores es pertinente. ¿Qué capacidad tiene el equipo político para anticipar estas consecuencias y planteárselas al Presidente? No conocemos las conversaciones privadas. Sí conocemos el resultado: parlamentarios oficialistas tomando distancia y republicanos reprochándoles que lo hagan. Si hubo advertencias, corresponde preguntarse cuánto pesaron en la decisión. Si no las hubo, hay una falla seria en la asesoría.

Como vecino de Cerrillos y exrepresentante de comunas como Lampa y Pudahuel, miro esta discusión desde una preocupación concreta: qué respuesta recibe una familia cuando necesita al Estado. En nuestros barrios, la seguridad se juega al volver del trabajo, al abrir un negocio o al dejar que un hijo salga a la calle. Desde ahí hay que evaluar las decisiones del Gobierno. Las familias no tienen por qué conocer las disputas del gabinete para exigir que se proteja a las víctimas y se responda por los errores.

El reclamo también apareció en Las Condes. María Luisa, la vecina que expresó su arrepentimiento por haber votado por Kast, habló desde la frustración tras las lluvias y la falta de ayuda que denunció. Su testimonio corresponde a otro problema, pero merece atención: había confiado en una promesa de gobierno y sentía que no encontraba respuesta cuando la necesitaba.

No me parece motivo de celebración que alguien se arrepienta de su voto. Me preocupa que una persona llegue a sentir que las autoridades la dejaron sola. En Cerrillos, Lampa, Pudahuel o Las Condes, la obligación de responder es la misma. La confianza se pierde cuando las explicaciones de quienes gobiernan dejan de tener relación con lo que las personas están viviendo.

Pulso Ciudadano situó la aprobación de Kast en 22,1% y su desaprobación en 67,5%, sus peores registros en esa medición desde que asumió. Una encuesta no decide quién debe ser ministro, pero tampoco puede ignorarse cuando coincide con una controversia que divide al propio oficialismo.

Kast debe revisar la continuidad de Rabat y explicar qué falló en el proceso de las rebajas. Cambiar al ministro, por sí solo, tampoco resolvería el problema: hacen falta controles claros y un equipo político capaz de trabajar con los aliados sin exigirles silencio. Pedirles apoyo mientras se descalifican sus reparos solo hace más difícil gobernar.

Desde la oposición corresponde fiscalizar con antecedentes. Al Presidente le corresponde resolver. Puede insistir en mantener a Rabat, pero ya no puede tratar este conflicto como un asunto exclusivo de Justicia. Él decidió respaldarlo. La crisis también es suya.