Este mes se cumplen 33 años de la firma de los Acuerdos de Oslo, aquel apretón de manos en el jardín de la Casa Blanca que encendió una esperanza genuina de convivencia entre israelíes y palestinos.

Tres décadas después, vale la pena repasar la historia completa: no la de un conflicto sin salida, sino la de un Israel que, una y otra vez, tendió la mano hacia la paz.

Todo comenzó en 1979, cuando Menajem Begin y Anwar Sadat firmaron en Camp David el primer tratado de paz entre Israel y un país árabe, devolviendo la península del Sinaí a Egipto a cambio de reconocimiento y normalización de relaciones. Fue la prueba de que la fórmula “territorios por paz” puede funcionar cuando existe una contraparte dispuesta al diálogo.

En 1993 llegó Oslo: Isaac Rabin y Yasser Arafat acordaron el reconocimiento mutuo y un camino gradual hacia la autonomía palestina, sellado con un apretón de manos histórico. Un año después, en 1994, Israel y Jordania firmaron su propio tratado de paz, ampliando el círculo de vecinos dispuestos a la coexistencia.

Pero cuando llegó el momento de dar el paso decisivo, la dirigencia palestina eligió otro camino. En Camp David en el año 2000, y nuevamente en las negociaciones de 2008, Israel puso sobre la mesa propuestas audaces, que incluían un estado palestino independiente prácticamente sobre la totalidad de Cisjordania y Gaza, con Jerusalén compartida.

En ambas ocasiones, la respuesta palestina fue el rechazo, seguido por una ola de violencia terrorista que costó cientos de vidas.

La historia, sin embargo, no se detuvo allí. En 2020 llegaron los Acuerdos de Abraham, que normalizaron las relaciones de Israel con Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Marruecos y Sudán, demostrando que la paz en Medio Oriente ya no depende de un veto palestino sobre el futuro de toda la región.

Hoy, a 33 años de Oslo, la lección es clara: Israel ha demostrado, tratado tras tratado, su disposición a hacer concesiones territoriales y adoptar políticas dolorosas para alcanzar la paz.

La pregunta que sigue sin respuesta es si algún día existirá del otro lado un liderazgo palestino dispuesto a decir que sí. Mientras esa respuesta no llegue, los Acuerdos de Abraham seguirán marcando el camino y demostrando que la paz se construye entre quienes genuinamente la desean.