Hay una diferencia que el gobierno del presidente Kast insiste en confundir: la ultraderecha chilena habla todo el día de patria, bandera y soberanía, pero al lado de sus propios aliados internacionales termina callando. En una misma semana tuvimos tres pruebas de eso. Y lo más doloroso no es que un rival golpee a Chile: es que sea justamente frente a los amigos del Presidente un silencio cómplice que pone en riesgo la soberanía nacional.
El caso más elocuente ocurrió estos días. El propio Javier Milei, presidente de Argentina y autoproclamado “amigo” de Kast, vino a Santiago a inaugurar el Foro Madrid y aprovechó el escenario para reivindicar el golpe de Estado de 1973, celebrar el derrocamiento del “comunista Allende” y tratar a la izquierda chilena de “zurdos mugrosos”. El Gobierno no dijo una palabra: el ministro del Interior se limitó a señalar que “no se transforma en comentarista” de los dichos de su aliado.
Esa misma semana, funcionarios y militares argentinos volvieron a relativizar la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes, como si la reciente declaración de Kast nunca hubiese existido. Después corrigieron, sí, pero no fue una frase aislada: fue la prueba de que ni siquiera el amigo argentino de Kast toma en serio los límites de Chile.
Con Estados Unidos ocurre exactamente lo mismo. El Gobierno apostó toda su política exterior a la cercanía con Donald Trump: viajes, elogios, alineamiento automático con Washington. ¿El resultado? El embajador Brandon Judd aseguró, en ese mismo Foro Madrid, que con Kast la “Doctrina Donroe” “se vuelve muy fácil” de aplicar, como si Chile fuera un socio más maleable que sus antecesores.
Y pese a toda esa cercanía, Estados Unidos le impuso a Chile el arancel más alto de su nuevo esquema comercial, golpeando al salmón, la carne, los lácteos y la madera. El Gobierno ni siquiera se atrevió a llamarlo una medida contra Chile: prefirió negociar exclusiones en silencio, y cuando algún ministro cuestionó la sobretasa, fue el propio Judd quien lo emplazó públicamente a callar.
Por eso la interpelación que impulsó la oposición contra el canciller Pérez Mackenna hace sentido: si el Gobierno no reacciona frente a sus propios amigos, el Parlamento debe exigir respuestas. No es obstruccionismo, es control democrático frente a un canciller que no explica cómo protege los intereses del país cuando quienes lo maltratan son, justamente, sus aliados ideológicos.
Esa misma indefensión se repite hacia afuera en otros frentes. El Gobierno elevó la representación diplomática en Israel justo cuando el mundo presiona por las violaciones al derecho internacional en Gaza, sin pedir nada a cambio. Y retiró el apoyo a Michelle Bachelet para la Secretaría General de la ONU —la única mujer que ha llegado dos veces a la Presidencia— calificándola de “inviable” a los pocos días de asumir. Ninguno de esos gestos exigió nada ni defendió nada de Chile.
Y ahí está la contradicción más potente: la ultraderecha grita soberanía hacia adentro, contra la izquierda, contra el progresismo, contra cualquiera que piense distinto. Pero hacia afuera, frente a sus propios amigos, no exige nada, no reclama nada y no defiende nada. Ni siquiera sus aliados internacionales parecen respetarlos demasiado. Se puede ser durísimo con el adversario interno y, al mismo tiempo, entregar la bandera cada vez que un amigo extranjero la pisotea. Eso no es patriotismo: es subordinación con maquillaje nacionalista. La soberanía, la patria y la bandera no se defienden solo puertas adentro. Se defienden siempre, y sobre todo frente a quienes se dicen amigos.
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