Declarar un monumento, conservar un archivo, proteger un sitio de memoria o reconocer un oficio tradicional no garantiza que ese patrimonio tenga un lugar significativo en la vida de las personas. Conservar es indispensable, pero no es lo mismo que mantener vivo.

Las universidades regionales tenemos una responsabilidad frente a esa distancia. Somos instituciones situadas en territorios concretos y nuestro papel no puede limitarse a investigar, documentar o contribuir a conservar sus patrimonios. También podemos generar las condiciones para que sean conocidos, interrogados y discutidos por las comunidades.

Ese desafío obliga a problematizar nuestra propia manera de entender el patrimonio. Porque participar de él no significa necesariamente celebrarlo ni estar de acuerdo sobre su significado. El patrimonio produce pertenencia y orgullo, pero también puede incomodar y generar conflicto. Un mismo lugar puede representar una historia valiosa para algunos y una memoria dolorosa para otros. Un monumento puede ser homenaje para una generación y ser cuestionado por la siguiente.

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La tarea de las universidades no es resolver esas tensiones ofreciendo una interpretación definitiva. Es abrir espacios para que las preguntas puedan aparecer.

¿Quién decide qué merece ser conservado? ¿Qué memorias hemos privilegiado y cuáles han quedado fuera? ¿Quiénes participan en la construcción de aquello que llamamos patrimonio? ¿Cómo hacemos para que las nuevas generaciones se relacionen con lo que reciben sin asumir que se trata de un relato terminado?

Estas preguntas son fundamentales porque el patrimonio no pertenece exclusivamente al pasado. Cada generación vuelve sobre aquello que ha heredado, lo observa desde las preocupaciones de su tiempo y le atribuye nuevos sentidos.

Por eso, el patrimonio no necesita espectadores. Necesita personas y comunidades que puedan conocerlo, interrogarlo y participar en la construcción de sus significados. Y las universidades regionales, precisamente por nuestra presencia territorial, tenemos la oportunidad de contribuir a que eso ocurra. No para hablar en nombre de los territorios, sino para propiciar espacios donde distintas voces puedan encontrarse.

Esta reflexión estará presente en el III Encuentro Nacional de los Patrimonios, que se realizará los próximos 3, 4 y 5 de noviembre en la Universidad de Tarapacá, sede Iquique, organizado por la Red Patrimonio de la Agrupación de Universidades Regionales (AUR). Bajo el título “Patrimonio industrial y cultural de Chile, miradas desde las universidades regionales”, el encuentro reunirá experiencias provenientes de distintos lugares del país y abrirá una conversación sobre los desafíos que enfrentamos al pensar los patrimonios desde nuestros territorios.

La invitación es, precisamente, a participar de esa conversación. A preguntarnos qué significa hoy habitar nuestros espacios patrimoniales, qué otros patrimonios necesitamos reconocer y qué papel queremos asumir las universidades regionales frente a ellos.

Conservar seguirá siendo indispensable. Pero una universidad también cumple su tarea cuando consigue que aquello que hemos decidido conservar vuelva a generar preguntas.

Clemencia González Tugas
Universidad de O’Higgins
Red de Patrimonio, Agrupación de Universidades Regionales (AUR)

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