La semana pasada la Fiscalía de Bolivia allanó el inmueble del argentino Fernando Cerimedo. Encontró fajos de bolivianos, dólares y euros, y algo más que el fiscal describió como “una mini granja de bots”. Pocos días antes, dos de las cuentas más activas de la política digital chilena desaparecieron de X, despidiéndose así: “Nos retiramos, el dres y yo nos retiramos, estamos hartos, nadie nos da las gracias y solo recibimos críticas así que chao”. Lo escribió @neuroc el 16 de agosto.
No sé si las dos cosas están conectadas. Eso tendrá que establecerlo la fiscalía.
Sí sabemos qué se incautó en La Paz. Una granja de bots es una fábrica de multitudes. Quien la usa -parafraseando a Charly y Nito- es un fabricante de mentiras, aunque su producto no sea exactamente la mentira, sino la apariencia de una voz mayoritaria. Una opinión de dos personas amanece artificialmente sostenida por diez mil. Y no diez mil pagados, ojo: diez mil ciudadanos indignados por su cuenta. Esa es la mercadería.
Funciona porque nadie verifica solo. La gente mide lo que piensa respecto de lo que cree que piensan los demás, aunque moleste admitirlo. Si falsifican eso, el que discrepa se calla convencido de que está solo, y el que dudaba se suma convencido de que llega tarde. La democracia es un procedimiento para contar, y mucho antes de contar votos contamos algo más difuso y decisivo: cuánta gente parece pensar algo.
Pero hay una segunda operación, menos comentada pero igualmente grave: cuando el volumen no basta, se falsifica la fuente.
No soy neutro en esto: fui uno de los blancos de publicaciones alteradas efectuadas por las cuentas de que habla esta columna. En diversas ocasiones los trolls hicieron circular imágenes atribuyéndome una declaración de voto que jamás formulé y una relación con delitos graves en los que, por cierto, no tuve participación. En ambos casos, usando imágenes obtenidas de entrevistas en las que he participado.
En todos estos casos la técnica es la misma: se altera una publicación real dejando intacta su identidad visual y se difunde invocando la autoridad del suplantado. El mecanismo está estudiado: se hace circular una mentira, los bots simulan la indignación que produciría si fuera cierta, y la referencia adulterada a un medio de comunicación le pone el timbre de noticia cierta.
Suscribo la idea de que debe ser el mercado de las ideas, y no un ente estatal, el que desnude a las fake news. Pero todo mercado supone participantes reales. Nadie llamaría libre a una bolsa donde un operador ingresa mil órdenes ficticias para empujar un precio y las retira antes de ejecutarlas.
Eso tiene nombre y artículo, manipulación de precios y transacciones ficticias, artículos 52 y 53 de la Ley de Mercado de Valores, y se castiga con hasta diez años, sin que nadie hable de restringir el comercio. Más aún: el artículo 61 sanciona con hasta cinco años a quien difunda información falsa para inducir a error en ese mercado. Difundir información falsa para inducir a error al electorado, con nada. Una granja de bots hace lo mismo con el precio de las ideas, con el mismo costo: cero. Eso no es competencia. Eso es fraude y engaño.
Nuestra ley vigente, mientras tanto, ayuda poco: operar una granja de bots no es delito, y el proyecto que tipifica el doxing y el hostigamiento digital lleva años durmiendo en el Senado.
No creo en la censura previa ni en el control estatal de contenidos. Tampoco pido perseguir ideas, ni opiniones duras, ni siquiera groserías: esa discusión ya la tuvimos a fines de los ochenta. Pido distinguir entre un ciudadano furioso y una infraestructura que simula mil, que inventa enfermedades que nadie tiene, que falsifica el logo de un medio.
En cambio propongo dos cosas. Legislar con precisión quirúrgica, con tipos que sancionen penalmente la suplantación digital de identidad, la alteración de contenidos periodísticos y el hostigamiento coordinado. Y transparencia real del gasto digital de campaña: hoy declaramos con lujo de detalle las palomas y los lienzos, y de manera opaca los servicios digitales, donde están el dinero y el poder.
Protegemos mejor el precio de una acción que el precio de una idea. Las granjas de bots y los fabricantes de mentiras cometen un fraude exitoso, y seguirán haciéndolo mientras le sigamos bajando el perfil.
Enviando corrección, espere un momento...
