Los camiones volvieron a circular por Los Libertadores. Después de 34 días de cierre, la imagen de cientos de vehículos de carga avanzando nuevamente por la cordillera podría parecer una buena noticia suficiente para dar por terminado el problema. No lo es. La reapertura del Paso Los Libertadores no puede ser el punto final de esta historia. Tiene que ser el comienzo de una discusión que Chile y Argentina han postergado durante demasiado tiempo.
Nadie puede desconocer las condiciones extremas que enfrentó la cordillera. La seguridad de las personas debe estar primero y sería irresponsable exigir la apertura de un paso cuando existen riesgos reales de avalanchas, nevadas intensas o condiciones peligrosas para quienes trabajan y transitan por él. Pero reconocer esa realidad no significa aceptar la parálisis como respuesta. Una cosa es preocuparse y otra muy distinta es ocuparse. Y lo que hoy corresponde preguntar a Chile y Argentina es precisamente qué están haciendo para enfrentar una situación que, por sus características, no debería sorprender a nadie.
Los Libertadores permaneció cerrado desde el 14 de julio hasta este martes 18 de agosto. Fueron 34 días sin tránsito internacional, miles de camiones afectados y una acumulación de nieve que llegó a niveles extraordinarios. El impacto no quedó en la cordillera: alcanzó a transportistas, empresas, exportadores, importadores y cadenas logísticas de ambos países. Y basta observar las imágenes de la masiva circulación de camiones que comenzó tras la reapertura para dimensionar todo lo que estuvo paralizado durante más de un mes.
Los Libertadores no es un camino cualquiera. Es una infraestructura estratégica para Chile, Argentina y buena parte del comercio del Mercosur. Es una de las principales conexiones terrestres entre ambos países y un corredor fundamental entre el Atlántico y el Pacífico. Por eso resulta difícil conciliar esta realidad con el discurso permanente sobre integración regional, corredores bioceánicos, facilitación del comercio y profundización de nuestras relaciones económicas. Hablamos de integración mientras una de las principales puertas terrestres de esa integración puede permanecer cerrada durante 34 días. ¿De qué integración estamos hablando?
No se trata de desconocer la cordillera ni de exigir que un paso internacional se abra cuando existen riesgos para la seguridad de las personas. Se trata, precisamente, de entenderla. La nieve volverá, los temporales volverán y las condiciones extremas de la alta montaña seguirán siendo parte de nuestra realidad. Lo que sí puede cambiar es nuestra capacidad de anticipación, coordinación y respuesta.
Si sabemos que todos los inviernos existen riesgos de nevadas, avalanchas y cierres en la alta montaña, entonces Chile y Argentina deben contar con protocolos mucho más robustos para enfrentar estas contingencias. Debemos mejorar los sistemas de monitoreo, fortalecer la infraestructura, acelerar los procesos de despeje, perfeccionar la coordinación binacional y aumentar la capacidad de los pasos alternativos. También debemos evaluar soluciones de infraestructura de largo plazo que permitan darle mayor resiliencia a este corredor estratégico.
Lo que no podemos hacer es esperar al próximo temporal para volver a preguntarnos qué hacer.
Porque el próximo invierno llegará. La cordillera seguirá siendo la cordillera y los fenómenos climáticos no van a pedir autorización para ocurrir. Lo que no puede repetirse es que nuestras respuestas sigan siendo esencialmente las mismas: cerrar, esperar, contabilizar los camiones afectados y explicar por qué no se puede hacer más.
Eso no es suficiente.
Y aquí está el punto central: esto dejó de ser solamente un problema meteorológico. Después de 34 días de cierre, estamos frente a un problema de gestión estratégica de nuestra frontera y de nuestra infraestructura de integración. La naturaleza puede obligarnos a cerrar un paso. Lo que no debería obligarnos es a aceptar que un corredor de esta importancia permanezca prácticamente paralizado durante más de un mes sin que exista una estrategia de contingencia capaz de reducir sustancialmente ese impacto.
La reapertura tampoco significa que el problema haya desaparecido. El tránsito se está normalizando de manera gradual y bajo condiciones especiales, con prioridad inicial para el transporte de carga y una operación escalonada. Miles de camiones todavía tienen que recuperar el ritmo normal de circulación y la actividad logística deberá absorber los efectos de más de un mes de interrupción.
Por eso este es precisamente el momento de actuar. No cuando vuelva a nevar. No cuando tengamos nuevamente miles de camiones detenidos. No cuando los gremios vuelvan a reclamar. Ahora, cuando el episodio todavía está fresco y cuando Chile y Argentina tienen sobre la mesa las consecuencias concretas de no haber contado con una respuesta suficiente.
Ambos gobiernos deberían sentarse y construir una estrategia binacional permanente para Los Libertadores, con responsables, plazos, inversiones y protocolos claros. No otra mesa de trabajo que termine en un documento. Una estrategia que permita anticipar escenarios, movilizar recursos con rapidez y disminuir drásticamente los tiempos de interrupción cuando las condiciones meteorológicas obliguen a cerrar el paso.
Porque una cosa es preocuparse. Otra, muy distinta, es ocuparse.
Y si queremos hablar seriamente de integración regional, tenemos que comenzar por hacer que nuestras fronteras funcionen. La integración no se demuestra solamente firmando acuerdos, organizando reuniones o pronunciando discursos. Se demuestra cuando las mercancías pueden circular, cuando los transportistas pueden trabajar y cuando una contingencia climática no termina convirtiéndose en una crisis logística de más de un mes.
Los Libertadores tiene, además, una dimensión histórica que supera ampliamente al comercio. Es una de las principales puertas de conexión entre Chile y Argentina y un símbolo concreto de la relación entre dos países que comparten una frontera, una historia y enormes oportunidades de integración económica. Precisamente por eso, no podemos tratar su funcionamiento como si fuera un asunto administrativo más.
Hoy los camiones volvieron a moverse. Bien. Era necesario y era urgente. Pero no confundamos reabrir con resolver. Resolver significa que el próximo invierno Chile y Argentina estén mejor preparados. Resolver significa que un cierre inevitable no vuelva a transformarse en una paralización de 34 días. Resolver significa que los costos de una contingencia no recaigan nuevamente sobre quienes dependen de este corredor para trabajar y comerciar.
La cordillera no va a cambiar. Nuestra capacidad de enfrentarla sí.
Chile y Argentina tienen ahora una oportunidad concreta para demostrar que la integración regional es algo más que un discurso. No esperemos al próximo cierre para volver a preocuparnos. Después de 34 días, ya sabemos cuál es el problema. Ahora es tiempo de ocuparnos.
Enviando corrección, espere un momento...
