En octubre de 2010, el entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, publicó un libro titulado “¿Por qué Chile es Chile?”, donde se recogían 23 ensayos de hombres y mujeres reconocidos con diversos Premios Nacionales, entre 2000 y 2009, en distintas áreas del quehacer nacional.
En muchos de los textos se recoge la necesidad de generar sentido de comunidad nacional, donde unos y otros puedan conocerse y reconocerse, e identificarse como un país, donde se pueda “construir identidad desde diferentes miradas”. Han pasado los años y muchos de los desafíos planteados por esos premios nacionales parecen haber quedado en el olvido.
Traemos lo anterior a colación, a propósito de la venta de la casa del presidente Salvador Allende y el remate de bienes en la casa del presidente Aylwin. Pareciera ser que, lamentablemente, naturalizamos estos hechos. En un mundo donde todo tiene un precio, terminamos olvidando el valor de las cosas.
Algunos dirán que es legal y legítimo que las familias tomen decisiones como las conocidas. Pero el problema no son las familias, sino el Estado que contempla impávido lo que ocurre y, peor aún, una sociedad, una ciudadanía, que ve como ante sus ojos se desvanece un importante trozo de historia común y parece tampoco importarle demasiado.
Otros dirán que es muy caro eso de andar conservando casas, muebles y objetos de expresidentes. Que ahora basta con que existan registros virtuales de esas mismas casas, de fotografías, cuadros, adornos, libros y manuscritos. Que un video, una foto o un documento escaneado es suficiente y, además, durarán para siempre.
Pero lo que se lamenta de estas situaciones de las que hemos sido testigos en las últimas semanas no tiene que ver solo con la preservación física y material de las cosas. Tiene que ver con lo que representan esos lugares, las cosas que en torno a ellas sucedieron y las personas que las habitaron o visitaron, los documentos que allí se escribieron, los acuerdos que ahí se alcanzaron. La parte de Patria que surgió de entre esas paredes.
La preservación del patrimonio, material e inmaterial, ha venido estigmatizándose, como muchas otras cosas, cuando solo se le atribuye ser un costo, cuando se desprecia desde la mirada distinta, como si la historia fuera algo neutro, cuando no se enseña su valor y solo se ven como cosas antiguas reunidas en una casa, un museo, un lugar histórico.
Es lamentable que estemos dejando sin una parte del Chile común a las futuras generaciones que solo conocerán de Aylwin y de Allende en libros y archivos digitales, pero nunca sabrán donde vivieron, donde dieron ejemplo de austeridad, donde vivieron su cotidianeidad familiar y humana, donde pasearon sus mascotas, abrazaron a sus hijos, compartieron con amigos y vecinos, donde recibieron visitas destacadas, donde fueron esas personas más allá de los cargos.
La desaparición de estas casas y cosas de la esfera pública representan una pérdida patrimonial mayor a la que algunos les parece que el Estado se ahorrará en el presupuesto anual. La comunidad, la convivencia, la tolerancia y el respeto no tienen precio, tienen valor. Y ese valor lo perderemos, porque al parecer en los tiempos que corren es más rentable la fragmentación, el individualismo y la diferenciación, que la amistad cívica y el fortalecimiento de nuestro ethos democrático.
Parafraseando a Umberto Eco, tal vez renunciamos a mirar el futuro sobre hombros de gigantes. Ojalá ya hayan nacido nuevos gigantes dispuestos a sentarse sobre nuestros hombros de enanos.
Bancada de Senadores PS
Enviando corrección, espere un momento...