Señor director:

En medio del debate sobre el Sistema de Admisión Escolar (SAE), Sylvia Eyzaguirre, doctora en filosofía, ha optado por criticar el proyecto del ejecutivo principalmente desde sus virtudes técnicas: la eficiencia del algoritmo, la objetividad de sus criterios y la correcta asignación de preferencias. Paradójicamente, ese modo de argumentar desconoce lo que la filosofía, de manera transversal, procura no olvidar.

Soren Kierkegaard, desde una mirada cristiana, sostiene que la tarea de la existencia consiste en habitar la tensión entre posibilidad y necesidad, sin que ninguno de esos polos anule al otro.

Desde la fenomenología, Heidegger advirtió, en sus escritos tardíos, que una época dominada por la técnica corre el riesgo de reducir la humanidad a aquello que puede calcularse y administrarse, ensombreciendo la posibilidad de una existencia auténtica.

Para quienes se identifican con el existencialismo radical, Sartre recordaba que la estructura fundamental del ser es elegirse a cada momento y que, por tanto, la responsabilidad no es delegable.

Desde la otra esquina, el liberalismo de Mill enfatiza que la libertad no se agota en la eficiencia de los resultados, sino que exige resguardar el ejercicio de la elección individual, fuente del desarrollo del carácter y de la autonomía.

Quizá el SAE funcione impecablemente como mecanismo de asignación. Pero lo más importante no es solo si distribuye postulaciones con eficiencia —incluso si lo hace mejor que una piscina pública, a propósito de la inapropiada comparación que Sylvia hizo— , sino qué concepción de la libertad promueve, la responsabilidad pública que expresa ese diseño y si otorga (o no) sentido a nuestro coexistir.

A veces, la defensa más técnica de un sistema nos ciega frente a lo profundo y complejo que es la humanidad.

Pedro San Martín Ahumada
Investigador Asociado, Instituto Res Publica