Hay aniversarios que se cuentan en años y otros que se miden en vidas que cambiaron. Los once años de la Universidad de Aysén pertenecen a ambas categorías. La ley que la creó fue publicada el 7 de agosto de 2015, pero su verdadero origen está antes, en las calles de Coyhaique, Puerto Aysén y tantas localidades que en 2012 levantaron una sola voz para decir que vivir lejos del centro de Chile no podía seguir significando vivir con menos oportunidades.
Yo fui parte de aquellas movilizaciones. Recuerdo una región unida por encima de los colores políticos, los credos religiosos y nuestras legítimas diferencias. Nos encontramos bajo una identidad común y una convicción sencilla, que Aysén merecía respuestas justas en conectividad, salud, educación y condiciones de vida. No pedíamos privilegios. Pedíamos que la distancia dejara de ser una condena.
Esa demanda educacional también me tocaba personalmente. Como tantos jóvenes de mi generación, tuve que salir de la región para estudiar. Conocí el costo económico y emocional de dejar la casa, la familia y el territorio para buscar una oportunidad. Y vi a otros quedarse porque sus familias simplemente no podían financiar todo lo que implicaba estudiar fuera. El talento estaba; lo que faltaba era una oportunidad cercana y posible.
Por eso la Universidad de Aysén es mucho más que una casa de estudios. Es una conquista ciudadana y la demostración concreta de que, cuando una región se une detrás de un propósito, puede cambiar su destino.
Once años después tenemos razones para sentir orgullo, pero también desafíos pendientes. Un documento institucional de la propia universidad señala que, de los 888 estudiantes de Aysén que en 2024 ingresaron a la educación superior, apenas un 20% optó por cursar una carrera universitaria dentro de la región, la proporción más baja del país. Crear nuestra universidad fue un paso histórico; lograr que más jóvenes puedan estudiar, titularse y construir aquí su proyecto de vida es la tarea que sigue.
Pero hay una lección todavía mayor detrás de esta historia. Aysén consiguió su universidad porque fue capaz de construir un pacto regional. Y esa misma capacidad de unirnos es la que necesitamos recuperar para enfrentar los desafíos que vienen.
Por eso propongo que esta conmemoración sea el punto de partida de un nuevo pacto regional. Un acuerdo amplio y transversal que reúna a la universidad, los municipios, el Gobierno Regional, el Estado, las escuelas, el sector productivo y las organizaciones sociales, no solo para fortalecer nuestra educación superior, sino para construir una visión compartida sobre el futuro de Aysén.
Ese pacto debe ayudarnos a derribar las barreras que todavía enfrentan nuestros estudiantes; vincular la formación y la investigación con desafíos como salud, energía, soberanía alimentaria, cambio climático, conectividad y diversificación productiva; y, sobre todo, generar oportunidades para que quienes se forman aquí puedan quedarse, trabajar, emprender y aportar a la región.
Desde los municipios también debemos hacernos cargo, abriendo nuestros problemas públicos, datos y territorios como espacios de aprendizaje e investigación, ampliando prácticas profesionales y colaborando en proyectos que entreguen soluciones concretas a nuestros vecinos.
Pero un pacto regional no puede terminar en la universidad. Esa es precisamente la enseñanza que debemos rescatar de su historia.
Aysén necesita volver a unirse para conquistar una zona económica especial que permita atraer inversión, impulsar el turismo sostenible, la innovación y las energías renovables. Necesitamos la misma determinación para enfrentar la contaminación atmosférica que cada invierno afecta la salud de nuestras familias y para abordar las brechas que todavía castigan a quienes deciden vivir, producir y emprender en la Patagonia.
Ninguna de estas causas pertenece a un partido, un gobierno o una autoridad. Son desafíos de toda una región y solo avanzarán si somos capaces de transformar nuestras diferencias en acuerdos y los acuerdos en acción.
La Universidad de Aysén nació porque Aysén se unió. A once años de aquella conquista, quizás el mejor homenaje que podemos hacerle sea recuperar esa misma voluntad para construir las próximas transformaciones que nuestra región necesita.
Enviando corrección, espere un momento...
