El debate educacional suele fragmentarse en la discusión de proyectos de ley específicos, perdiendo de vista la arquitectura de reformas que, en conjunto, configuran el sistema educativo del futuro. La discusión de fondo no consiste en evaluar aisladamente cada iniciativa, sino en preguntarse qué modelo educativo se está construyendo para las próximas décadas.
Los proyectos de ley sobre admisión escolar, sala cuna, Servicios Locales de Educación Pública y creación de establecimientos particulares subvencionados no representan correcciones o cambios puntuales. En conjunto, expresan una orientación común que modifica el equilibrio entre el Estado y los actores privados en la provisión y regulación de la educación.
En definitiva, las cuatro iniciativas legislativas no son reformas aisladas, sino que configuran un cambio de paradigma respecto del rol del Estado tanto en la educación escolar como en la primera infancia.
Esta agenda reincorpora la selección de estudiantes en establecimientos con sobredemanda; reemplaza la planificación de la oferta por un modelo donde la expansión depende crecientemente de la iniciativa privada; equipara el acceso al derecho a sala cuna mediante redes públicas y privadas, pero concentra el nuevo financiamiento en prestadores privados permitiendo el copago; y posterga por 10 años la consolidación del Sistema de Educación Pública mientras habilita la posibilidad de transferir su administración a otros organismos.
El elemento que articula estas iniciativas es el cambio en la concepción del rol del Estado. Más que fortalecer su capacidad para conducir el sistema de provisión mixta, corregir desigualdades y garantizar condiciones comunes de acceso y calidad, las reformas trasladan progresivamente esas funciones hacia los actores privados, ampliando sus márgenes de decisión y expansión. El Estado pasa desde un papel de conducción y planificación a uno predominantemente subsidiario y regulador.
Las consecuencias son relevantes. La reincorporación de la selección, extendiéndola incluso a los inicios de la trayectoria educativa, debilita la función integradora del sistema y aumenta la capacidad de los establecimientos para definir la composición de su matrícula.
La flexibilización para crear establecimientos particulares subvencionados reduce el peso de la planificación territorial de la oferta, en un contexto de declive demográfico.
En sala cuna, el financiamiento privilegia la expansión privada sin incorporar el fortalecimiento de la red pública, que es la más representativa y que presenta enormes asimetrías de financiamiento. Finalmente, la postergación de los Servicios Locales retrasa la consolidación de una institucionalidad pública llamada a garantizar mayor cohesión y equidad.
Cada una de estas iniciativas se presenta como una forma de ampliar la autonomía, fortalecer la libertad de elección o introducir mayor flexibilidad en el sistema educativo, bajo la premisa de que estos cambios permitirían responder mejor a la diversidad territorial y la calidad educativa. Pero el análisis conjunto obliga a mirar más allá de esas justificaciones: lo que está en juego es una transformación mucho más profunda.
No se trata de ajustes aislados, sino de un cambio en la concepción del sistema escolar. El Estado deja de ejercer un rol central en la planificación, la integración y el desarrollo de la educación pública, transfiriendo crecientes espacios de decisión a actores privados.
La pregunta, entonces, no es si cada uno de estos proyectos busca corregir problemas reales del sistema educativo, porque muchos de ellos efectivamente requieren ser abordados. La verdadera discusión es si este conjunto de reformas fortalece la capacidad pública para garantizar equidad, calidad y cohesión social, o si, por el contrario, instala un modelo donde esas responsabilidades públicas se desplazan progresivamente hacia la lógica de la competencia, la selección y las decisiones del mercado. ¿Ese camino queremos para Chile?
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