Si el monocultivo de pino radiata fuera tan dañino como suele afirmarse en Chile, el primer país en prohibirlo habría sido Nueva Zelanda. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Después de más de siete décadas de experiencia, ese país sigue basando gran parte de su industria forestal y de la construcción de sus viviendas en plantaciones de Pinus radiata manejadas bajo estrictos estándares ambientales.

En Chile se ha instalado con fuerza la idea de que las plantaciones forestales de una sola especie, particularmente de pino radiata, constituyen casi un pecado ambiental. El concepto de ‘monocultivo’ suele presentarse como si, por sí solo, fuera suficiente para condenar una actividad productiva.

Sin embargo, basta mirar qué hacen algunos de los países forestales más avanzados del mundo para comprobar que la realidad es bastante distinta.

Nueva Zelanda, considerado uno de los países con mejores estándares de gestión ambiental del mundo, constituye probablemente el mejor ejemplo. Desde las grandes campañas de forestación iniciadas en las décadas de 1920 y 1930, reforzadas durante los años sesenta, desarrolló una industria basada casi íntegramente en plantaciones de Pinus radiata. Hoy, alrededor del 90% de sus bosques de plantación corresponde a esa sola especie.

Desde la década de 1950, es decir, desde hace más de 70 años, el pino radiata ha sido utilizado como estructura de la inmensa mayoría de las viviendas neozelandesas. Actualmente, alrededor del 93% de las viviendas de baja altura se construyen con estructura de madera y la enorme mayoría de esa madera proviene de plantaciones de Pinus radiata.

Australia sigue una lógica muy similar. Gran parte de sus viviendas utiliza estructuras de madera provenientes de plantaciones, siendo el pino radiata la principal especie estructural en el sur del país.

Lo llamativo es que, después de más de medio siglo de experiencia práctica, ninguno de estos países ha decidido abandonar este modelo productivo. Muy por el contrario, continúan invirtiendo en mejoramiento genético, silvicultura, prevención de incendios, control sanitario y certificación ambiental. Además, ambos países siguen siendo importantes exportadores de productos forestales, generando miles de millones de dólares anuales en exportaciones de madera, tableros, pulpa y productos elaborados.

Un bosque nativo cumple funciones ecológicas irremplazables y debe ser protegido. Una plantación forestal, en cambio, es un cultivo destinado a producir madera renovable, del mismo modo que un huerto produce fruta o un viñedo produce uvas.

A diferencia de la inmensa mayoría de los cultivos agrícolas, las plantaciones de pino radiata en Chile, Nueva Zelanda y Australia se desarrollan sin riego artificial, utilizando exclusivamente las precipitaciones naturales. Al mismo tiempo, durante su crecimiento capturan importantes cantidades de dióxido de carbono atmosférico, almacenándolo durante décadas tanto en el bosque como posteriormente en los productos de madera.

En el caso de Chile, una parte muy significativa de las plantaciones forestales se estableció sobre suelos previamente degradados o severamente erosionados. En ese contexto, la comparación ambiental correcta no es con el bosque nativo original, sino con el terreno existente antes de la forestación. Desde esa perspectiva, las plantaciones presentan una biodiversidad considerablemente mayor que aquellos suelos degradados, además de reducir prácticamente a cero la erosión, favorecer la infiltración del agua, recuperar materia orgánica y restablecer múltiples funciones ecológicas.

Eso no significa que las plantaciones no deban manejarse responsablemente. Deben existir corredores biológicos, protección de cursos de agua, conservación de vegetación nativa, prevención de incendios y buenas prácticas silvícolas. Todo ello forma parte de la silvicultura moderna y es exigido por sistemas internacionales de certificación como FSC y PEFC.

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Si el monocultivo de pino radiata fuera, por definición, una práctica ambientalmente inaceptable, Nueva Zelanda y Australia lo habrían abandonado hace décadas. No sólo no ocurrió, sino que ambos países continúan perfeccionando este modelo.

Cuando un país necesita producir alimentos, nadie cuestiona la existencia de monocultivos de trigo, maíz, arroz, viñedos, manzanos o cerezos. Se entiende que son cultivos destinados a producir un bien específico. Del mismo modo, las plantaciones forestales son cultivos cuyo propósito es producir madera renovable. Lo relevante no es que estén constituidas por una o varias especies, sino que sean manejadas responsablemente, protejan los cursos de agua, conserven la vegetación nativa donde corresponde y cumplan altos estándares ambientales, tal como ocurre en los principales países forestales del mundo.