El reciente temporal volvió a dejar en evidencia una realidad conocida: buena parte de los daños que sufrimos no son inevitables, sino consecuencia de una planificación insuficiente.
Resulta indispensable ampliar las fajas de seguridad y despejar adecuadamente la vegetación en rutas de alto tránsito, como ocurre en diversos tramos de los caminos entre Villarrica y Pucón y en muchas otras vías del país. El mejor ejemplo es la Ruta 5, donde el ancho de las franjas despejadas reduce significativamente la caída de árboles sobre la calzada y mejora la seguridad de los usuarios.
Del mismo modo, nuestras ciudades requieren una política moderna de arborización urbana. La selección de especies no puede responder solo a criterios estéticos.
En zonas expuestas a temporales conviene privilegiar especies adaptadas al clima local y, cuando corresponda, árboles que pierden sus hojas durante el invierno, ya que al ofrecer menos resistencia al viento disminuye el riesgo de que se quiebren o caigan.
En el norte del país enfrentamos un desafío distinto, pero igualmente previsible. Es urgente impulsar programas de revegetación con especies adaptadas a las condiciones áridas para estabilizar suelos y reducir el riesgo de aluviones.
Estas medidas deben complementarse con obras que disminuyan la velocidad de escurrimiento y favorezcan la infiltración del agua en quebradas, siguiendo experiencias exitosas desarrolladas desde hace décadas en regiones montañosas del Piamonte italiano, Austria y Suiza.
Chile dispone de profesionales capacitados para enfrentar estos desafíos. Los ingenieros forestales, junto a especialistas de otras disciplinas, podemos aportar soluciones basadas en la planificación del territorio, la ingeniería de la vegetación y la gestión de cuencas.
La pregunta no es si volveremos a enfrentar temporales, sino si seguiremos reaccionando después de cada desastre o decidiremos, por fin, anticiparnos a ellos.
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