El jueves 16 de julio, a las 2:40 de la madrugada, el ministro de Hacienda consiguió por 26 votos contra 24 la mayor victoria legislativa del gobierno. Casi nadie la vio. Durante esas mismas horas, el ministro de Vivienda ocupaba la escena pública con un mapa de veintidós puntos críticos ante el temporal más severo del invierno. Todos lo vieron. Uno tiene poder y carece de representación; el otro representa al gobierno sin controlar su estructura. Resolver esa fractura es el principal desafío de José Antonio Kast.
Hay fotografías que explican un gobierno mucho mejor que sus programas, sus discursos y sus documentos estratégicos. El gobierno lleva meses buscando la fotografía de su identidad, pero en realidad la fotografía la viene produciendo la paradoja cinematográfica de Quiroz y Poduje.
Fijemos las horas. El miércoles 15 de julio, a las tres de la tarde, la Sala del Senado comenzó a votar en particular, artículo por artículo, el proyecto de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social, la megarreforma que el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, presentó como el corazón económico del gobierno.
La sesión terminó a las 2:40 de la madrugada del jueves 16: casi doce horas continuas de indicaciones, reservas de constitucionalidad y votaciones estrechas, cerradas con un respaldo general de 26 votos a favor y 24 en contra. La invariabilidad tributaria se aprobó por 26 votos contra 23 y una abstención; la restitución de gastos a empresas cuyos proyectos hayan perdido su calificación ambiental, por 26 contra 24. Con eso, la iniciativa completó su segundo trámite y quedó despachada a la Cámara de Diputadas y Diputados.
Durante esas mismas horas, el país miraba otra cosa: la llegada de un sistema frontal reforzado por un río atmosférico categoría cinco, con diez regiones del país en alerta preventiva, anunciado como uno de los eventos meteorológicos más significativos del invierno.
Y quien le puso rostro a esa espera no fue el ministro del Interior, ni el titular de Obras Públicas, ni la dirección del Senapred. Fue el ministro de Vivienda, Iván Poduje, que desde el martes 14 —flanqueado por el delegado presidencial metropolitano, Germán Codina— desplegó ante las cámaras el inventario de la amenaza: veintidós puntos críticos en la Región Metropolitana, catorce puntos bajos prioritarios y ocho pasos bajo nivel; veintidós cuadrillas de emergencia; ocho camiones hidrojet para limpiar colectores; veintidós motobombas; un centro de monitoreo instalado en el Serviu Metropolitano. Nombró comunas —Maipú, La Florida, Recoleta, Lo Espejo, San Bernardo, Cerrillos, Renca—, nombró colectores, nombró cruces ferroviarios.
El miércoles informaba la evacuación preventiva de un campamento en la ribera del Mapocho, en Talagante; el miércoles mismo, en los cerros de Viña del Mar, anunciaba una tarjeta de materiales para la zona incendiada, agradecía los sacos de arena de la alcaldesa Ripamonti y prometía pavimentar las calles de tierra de la población en treinta días, con novecientos millones de pesos del Plan de Reconstrucción.
Una escena ocurría en el Congreso. La otra, ante las cámaras. Una ocurría en el fondo del poder. La otra, en su superficie.
Quiroz había realizado una operación política extraordinariamente difícil. Había tomado un proyecto resistido desde su origen —presentado por el Presidente en cadena nacional a mediados de abril como un paquete de cuarenta medidas—, acusado por la oposición de ser una reforma tributaria encubierta bajo el ropaje de la reconstrucción, tensionado por indicaciones parlamentarias, sometido a las comisiones de Hacienda, Trabajo y Medio Ambiente, y dependiente de una mayoría de un voto. Había debido aceptar la mesa de diálogo que promovió la presidenta del Senado, Paulina Núñez, después de haberla resistido; ingresar indicaciones, retirar otras, tolerar reservas de constitucionalidad de los senadores De Urresti, Pascual e Ibáñez, y escuchar a la oposición anunciar que llevará el texto al Tribunal Constitucional.
Es difícil imaginar una tarea más política. Y, sin embargo, la política pareció ocurrir en otra parte.
Poduje no era el encargado del Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres. No era ministro del Interior, ni de Obras Públicas, ni director del Senapred, organismo que por lo demás manejaba su propio catastro: ciento setenta y cinco puntos de muy alto riesgo en la Región Metropolitana. La emergencia preventiva se conducía formalmente desde Interior y comprometía a numerosas instituciones. El Ministerio de Vivienda tenía, por supuesto, funciones concretas: las ciudades se inundan, los colectores colapsan y los campamentos suelen estar ubicados precisamente donde la geografía se convierte en amenaza —en Valparaíso, el Minvu notificó riesgo a cerca de siete mil familias—. Pero fue Poduje quien encontró la forma política de la emergencia: Sacó un mapa.
El Senapred tenía ciento setenta y cinco puntos; Poduje mostró veintidós. La diferencia no es información: es legibilidad. Un mapa es un instrumento extraordinario. Transforma el peligro abstracto en territorio. Convierte una lluvia futura en lugares concretos. Da nombres. Establece prioridades. Organiza la ansiedad. Le dice al ciudadano que el Estado sabe dónde puede ocurrir el desastre y que, por tanto, quizás también sepa qué hacer cuando ocurra.
Es política y por tanto un mapa no es simplemente un mapa. Mapa mediante, Poduje se erigía en superministro.
Dos victorias distintas
Jorge Quiroz obtuvo una victoria de fondo. Iván Poduje obtuvo una victoria de escena.
El problema del gobierno de José Antonio Kast es que ambas victorias no se acumulan. Ocurren en paralelo. Incluso pueden neutralizarse o convertirse en ruido.
Quiroz y Poduje son trayectorias muy distintas, pero con origen político semejante. En tercera línea del mundo concertacionista, ambos fueron construyendo. No su estructura, pero sí su ambición. Y aprendieron a jugar el juego.
Quiroz es probablemente el ministro con mayor poder estructural del gabinete, y no por accidente. Ingeniero comercial de la Universidad de Chile, doctor en Economía en Duke, fundador en 2001 de la consultora Quiroz & Asociados —desde la cual declara haber participado en cerca de mil quinientos informes, incluidos peritajes de parte en litigios tan ásperos como las colusiones de farmacias y de pollos—, fue coordinador económico de la campaña desde julio de 2025 y su nombramiento se anunció en enero de 2026, antes incluso de que renunciara a la mesa de la Bolsa de Santiago.
Si Quiroz ha llegado a Ministro de Hacienda es porque la confianza del presidente es absoluta. Su articulación con el segundo piso es sólida. Ninguno de los dos rasgos son propios de Poduje, un ministro que estuvo hasta el final condicionado en el cargo por el temor a sus desplantes.
¿Se necesitan pruebas de que Quiroz era primero entre sus pares? Desde antes del cambio de mando se atribuyó a Quiroz el diseño de una suerte de supraministerio con injerencia sobre Trabajo, Economía, Medio Ambiente, Energía y Minería. Dos días antes del 11 de marzo, ya había anunciado un recorte del tres por ciento del presupuesto de todos los ministerios, primera cuota de su compromiso mayor: reducir el gasto fiscal en seis mil millones de dólares en dieciocho meses. Su cargo controla el presupuesto, condiciona la agenda legislativa, define el margen del resto de las carteras y ejerce una influencia que excede ampliamente las fronteras de Teatinos 120.
El mundo empresarial lo sabe desde el primer día: Jorge Quiroz es el Ministro de Hacienda más poderoso desde 1990. O quizás más atrás.
La encuesta Cadem de la última semana de junio dibujó la paradoja. Un 54 por ciento identifica a Quiroz como el ministro más influyente del gabinete, muy por encima del segundo, Martín Arrau (34), del propio Poduje (33) y del ministro del Interior, Claudio Alvarado (21). Pero en la evaluación ciudadana los mejor calificados son Alvarado (54 por ciento) y Poduje (53), mientras Quiroz ha llegado a registrar la desaprobación más alta del gabinete, con un 53 por ciento en mediciones previas. Un mismo instrumento, dos rankings, dos ministros.
La distinción es perfecta.
Uno (Quiroz) es el más influyente y poderoso. El otro (Poduje) está entre los mejores evaluados (en nuestra encuesta LCN es lejos el primer lugar). Uno domina el sistema de decisiones. El otro domina el sistema de percepciones.
Quiroz tiene aquello que los antiguos llamaban potestas: la capacidad formal y material de producir efectos. Puede abrir o cerrar programas, asignar recursos, acelerar proyectos, imponer restricciones, modificar incentivos y convertir preferencias presidenciales en arquitectura presupuestaria.
Poduje tiene algo más parecido a la auctoritas mediática: la capacidad de aparecer como quien comprende, explica y actúa. Arquitecto y urbanista, socio durante años de la consultora Atisba, autor de Siete Kabezas, formado como figura pública en el comentario televisivo antes que en el partido, no necesita controlar completamente una situación para representarla. No necesita ser el encargado formal para ocupar el lugar simbólico del encargado. Su autoridad no procede del organigrama, sino de manejar la escena.
Quiroz efectivamente tiene poder.
Poduje efectivamente tiene presencia.
Lo extraordinario es que el gobierno no ha logrado convertir esas dos dimensiones en una misma fuerza. Y probablemente sea muy difícil lograrlo.
Quiroz y el éxito invisible
La aprobación del proyecto de Reconstrucción Nacional fue probablemente el mayor éxito legislativo y político el gobierno de Kast desde su instalación, el 11 de marzo. El gobierno no la ha tenido fácil y la irritación ha sido la tónica. Por tanto, este éxito es de gran peso.
Por lo demás, el proyecto no era menor. Su arquitectura combina cinco ejes: la reconstrucción de las zonas arrasadas por los incendios del verano en Ñuble, Biobío y Valparaíso; la reactivación de la construcción; la recuperación de la competitividad tributaria; la agilización regulatoria para destrabar inversiones; y disposiciones de responsabilidad fiscal.
En su interior conviven la rebaja gradual del impuesto de primera categoría desde el 27 al 23 por ciento, un régimen de invariabilidad tributaria escalonado —diez años de reglas fijas para inversiones entre cincuenta y cien millones de dólares, quince años hasta trescientos cincuenta millones, veinte años sobre ese umbral—, exenciones de contribuciones y la restitución de gastos a empresas con calificaciones ambientales revocadas. Era, por tanto, una reforma de amplio espectro presentada bajo la categoría política de reconstrucción, pero que incluye una reforma tributaria (y eso nunca es menor).
Se puede estar a favor o en contra. Se puede considerar, con la oposición, que se trata de una contrarreforma tributaria encubierta: en la Sala se recordó que cada punto de rebaja del impuesto corporativo equivale a unos cuatrocientos veinte millones de dólares menos de recaudación anual, y hay cálculos opositores que sitúan el costo estructural del paquete en torno a los dos mil ochocientos millones de dólares por año. Se puede observar que, según la propia Cadem, un 56 por ciento de la ciudadanía rechaza la rebaja de impuestos a las grandes empresas, y que el propio gobierno redujo su proyección de crecimiento hacia 2030 del 4 al 3,5 por ciento. Se puede sostener que la palabra reconstrucción fue utilizada para reunir en un mismo continente legislativo cuestiones que tienen poca relación directa con los incendios. Todo aquello forma parte de una discusión legítima, que además seguirá: la oposición anunció requerimientos ante el Tribunal Constitucional. Pero no se puede negar el resultado político. Y la osadía de Quiroz.
Quiroz tomó una iniciativa que parecía empantanada y logró que atravesara el Senado. Lo hizo con los votos mínimos, aceptando la mesa que promovió la presidenta del Senado tras haberla resistido, ingresando indicaciones elaboradas con todos los sectores y agradeciéndole después, por su nombre, el llamado al diálogo. No fue un triunfo retórico. Fue un triunfo institucional. Veintiséis votos a las 2:40 de la madrugada.
Y ahí aparece la primera paradoja. Cuanto más eficaz fue Quiroz en el interior del sistema político, menos visible fue su eficacia en el exterior.
La negociación legislativa es lenta, desagradable y difícil de narrar. Consiste en reuniones, minutas, modificaciones, llamadas telefónicas, indicaciones, amenazas, retiradas tácticas y fórmulas jurídicas que pocos ciudadanos pueden comprender y que menos aún tienen interés en conocer. El éxito se produce cuando algo que no tenía votos los obtiene. Pero entre el punto de partida y el resultado no existe necesariamente una imagen. No hay un mapa.
Quiroz lo intentó a su manera. «Chile necesita crecer y este proyecto lo hace posible», dijo tras la votación, y agregó que detrás de los números técnicos están los chilenos que necesitan que la economía se mueva: la familia que hoy no tiene trabajo, la empresa que hoy no puede invertir, la persona que perdió su casa en los incendios.
Era un intento correcto de traducir la economía a la vida cotidiana. Pero su lenguaje continúa siendo el lenguaje de un ministro que explica un modelo después de haberlo calculado. Ya en enero, antes de asumir, había fijado sus propias métricas: que en cuatro años se lo evalúe por una economía creciendo al cuatro por ciento, un balance fiscal en equilibrio y un desempleo acercándose al seis. Promete, con toda honestidad, un veredicto de planilla.
Quiroz comunica desde la racionalidad de la decisión. Supone que una política pública correctamente diseñada contiene su propia explicación. Cree que, si la relación entre las premisas y los resultados es coherente, la ciudadanía terminará comprendiendo su importancia. No es una ingenuidad exclusivamente suya. Es la enfermedad profesional de Hacienda.
Los ministros de Hacienda suelen creer que la realidad tiene una planilla Excel escondida y que gobernar consiste en encontrarla.
A veces la encuentran.
El problema es que nadie vota dentro de una planilla Excel.
Poduje y el poder de la superficie
Poduje opera de una manera completamente distinta.
Su lenguaje no comienza en la arquitectura institucional. Comienza en el conflicto. Necesita un obstáculo, una urgencia, una negligencia anterior, un punto crítico, una toma, una casa defectuosa, un campamento expuesto, una norma absurda, una burocracia paralizante o una autoridad que no comprendió el territorio.
El repertorio de sus últimos noventa días lo demuestra: en mayo anunció demoliciones en El Olivar para «esta semana» cuando aún no había licitación ni permisos, y días después afirmó haberlas iniciado atacando sobre ciento setenta viviendas con presuntas fallas estructurales graves, seis de ellas judicializadas por recursos de protección (en realidad no demolió); en junio y julio condujo la segunda etapa del desalojo de la megatoma del cerro Centinela de San Antonio —98,4 hectáreas en total, ochocientos cincuenta y tres techos solo en esta fase, un catastro que registra un crecimiento del 44 por ciento de la población en 2025 y zonas que la inteligencia policial atribuye a grupos narco—, y al recorrerla remató con una frase hecha para el titular: casas de dos y tres pisos con tres autos, «eso no es pobreza, es frescura».
Poduje no explica simplemente lo que hará. Construye una escena en la cual hacerlo resulta imprescindible.
Quiere que lo vean como el restaurador de una moral perdida.
Por eso funciona comunicacionalmente ante las emergencias. La emergencia necesita imágenes simples: antes y después, peligro y seguridad, abandono y presencia, problema y solución. El ministro recorre, señala, denuncia, ordena, y hasta anuncia pavimentos en medio del temporal. Allí donde el Estado suele presentarse como una coordinación de servicios, Poduje aparece como un individuo que supera las estructuras. Señala cuánto gastará en un colector que acaba de inventarse (¿lo sabe de antemano?), señala en cuánto tiempo estará construido sin haber hecho la licitación, señala los rasgos técnicos que debe tener y su funcionalidad, anuncia la venida del colector y luego parte en su automóvil al siguiente sitio del suceso. Otra acusación, otra denuncia, otro malvado detectado, otra obra prometida y el viaje continúa.
La televisión entiende mucho mejor a un individuo que a una coordinación de servicios. Poduje es verosímil aun cuando lo que diga es imposible.
La política contemporánea ha incrementado el valor de esa capacidad. Las instituciones distribuyen competencias, pero las plataformas concentran rostros. El Estado moderno funciona mediante sistemas complejos; la comunicación digital exige protagonistas. La administración habla en plural. El algoritmo habla en singular.
Poduje es singular.
Esto le permite apropiarse simbólicamente de cuestiones que formalmente no controla. No es necesariamente un acto conspirativo. Es, probablemente, su manera natural de hacer política. Ve un vacío escénico y lo ocupa. Ve un problema sin narrador y lo narra. Ve una maquinaria institucional sin rostro y le presta el suyo.
Pero esa virtud tiene un reverso.
Quien ocupa todas las escenas termina haciéndose responsable de todas ellas.
Y quien construye su autoridad sobre la promesa de resolución queda especialmente expuesto cuando la realidad no se deja resolver. El temporal cuya antesala protagonizó dejó, al cierre de esta columna, varias personas fallecidas, un desaparecido en el Maule, más de quinientos damnificados, ochocientos albergados, cinco mil seiscientas viviendas con algún grado de daño y trescientos sesenta y siete mil hogares sin electricidad, con lluvias de 224 milímetros en la cuesta La Dormida y un nuevo peak pronosticado para la madrugada de este domingo.
Cada casa dañada en una comuna que apareció en su mapa, cada colector que colapse pese a los camiones hidrojet, cada demolición retrasada en El Olivar, cada polígono conflictivo en San Antonio, puede convertirse rápidamente en una refutación personal. Los plazos que él mismo fija —treinta días para pavimentar, una semana para demoler— son la moneda con la que compra la escena, y toda moneda se cobra.
Poduje gana presencia, pero cada nueva aparición aumenta también su deuda futura, inscrita en su promesa. Es el problema clásico de la personalización: el mismo mecanismo que concentra el crédito concentra la culpa.
El conflicto estaba anunciado
La oposición entre Quiroz y Poduje no nació con el río atmosférico. Tiene fecha, hora y radio.
El detonante fue la filtración de oficios de la Dirección de Presupuestos que recomendaban «descontinuar» ciento cuarenta y dos programas sociales, primera aplicación concreta del ajuste de seis mil millones de dólares.
El 21 de abril, Poduje advirtió públicamente que los recursos para la reconstrucción de las viviendas incendiadas se agotaban el 30 de ese mes, y que resolverlo era tarea del ministro Quiroz. El miércoles 29, el ministro del Interior, Claudio Alvarado, convocó en La Moneda una reunión con Quiroz, Poduje, el director de Presupuestos, José Pablo Gómez, y el jefe de asesores del Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval, para ordenar la coordinación. Al día siguiente, jueves 30 de abril, Poduje pasó por Radio Infinita y desordenó todo: «Yo tengo un solo jefe. Se llama José Antonio Kast», y remató reduciendo al titular de Hacienda a la condición de «un ministro más entre muchos de los que hay», con el Presidente como único primus inter pares. Se negó a recortar los pavimentos participativos y el mejoramiento de condominios sociales que Hacienda sugería revisar —atribuyendo la sugerencia a una minuta «mal escrita»— y, por si el mensaje no bastara, subió a redes un video firmando la ejecución de un pavimento participativo.
La rebelión de Poduje era un espectáculo. La verdad es que Quiroz había ganado la pulsada y Poduje lo había aceptado. Pero la imagen de derrota no la regalaría. Por el contrario, Poduje siempre ha querido jugar como el que busca la solución para el pueblo. Ese es su discurso, el sentido común. Está comprando acciones en la derrota del gobierno y que el sector solo tenga una opción. Una opción que lleva su nombre.
Quiroz evitó responder en el mismo tono. Abordado por la prensa en Teatinos 120, repitió cuatro veces, en forma y fondo, la misma frase: «El ministro Poduje está obviamente muy preocupado por la reconstrucción de Ñuble y Biobío». Cuatro veces. Lo quiso acotar. Pero Poduje es desborde.
Quiroz es la disciplina convertida en muralla. Kast, desde Aysén, intentó presentar la controversia como vida normal de gabinete: «Somos un equipo de trabajo», donde hay conversaciones, discusiones y planteamientos de mejora, y aseguró que no se afectarían derechos sociales. El sábado 2 de mayo, Poduje se replegó: recortaría lo que pedía Quiroz, pero definiendo él dónde. La onda expansiva siguió sola: el timonel republicano Arturo Squella responsabilizó al Segundo Piso por la filtración de la minuta —primera fisura pública entre el partido del Presidente y Palacio—, el exministro Monckeberg acusó en Quiroz «falencias graves» para negociar con el Congreso, y a fines de junio Poduje reincidió con una frase que es un programa: «Tengo un ministro de Hacienda que no me quiere dar un peso».
La escena fue interpretada como un conflicto de egos. Pero era algo más profundo. Era una disputa sobre la constitución real del gobierno.
Desde el punto de vista institucional, un ministro de Hacienda nunca es simplemente un ministro más. Su poder transversal procede del presupuesto. Cada decisión sectorial debe atravesar, de una forma u otra, el filtro fiscal. Negar esa asimetría puede ser políticamente atractivo, pero administrativamente es una ficción.
Desde el punto de vista comunicacional, en cambio, Quiroz sí puede convertirse en un ministro más. Puede ejercer enorme poder sin producir una identidad pública equivalente. Puede controlar el funcionamiento del gabinete y, sin embargo, no representar al gobierno ante la ciudadanía. Los números de Cadem lo dicen sin piedad: el más influyente es, a la vez, el que ha cargado con la peor desaprobación. Poduje desafía a Quiroz porque comprende intuitivamente esa diferencia.
El poder de Hacienda es enorme, pero silencioso. El poder de Poduje es limitado, pero ruidoso. Uno puede impedir que una política exista. El otro puede hacer creer que una política existe antes de que haya comenzado. El primero gobierna los recursos. El segundo gobierna el acontecimiento.
Hay, además, un detalle que la crónica no debería perder. La presidenta del Senado a la que Quiroz agradeció por su nombre, Paulina Núñez, artífice de la mesa que salvó su reforma, es la misma con la que Poduje se enfrentó semanas antes, cuando calificó de «locura» la gestión legislativa de la ley de humedales y ella salió a responderle. El ministro del fondo construye puentes con la misma autoridad que el ministro de la escena usa como adversario. No es una anécdota: es el sistema completo en miniatura.
El gobierno partido en dos
La teoría política suele distinguir entre la capacidad de tomar decisiones y la capacidad de construir legitimidad para esas decisiones. Antonio Gramsci formuló el problema mediante la diferencia entre dominación y dirección. Max Weber separó el poder de hecho de la dominación que se obedece por considerarla legítima. Pierre Bourdieu mostró que el poder simbólico no es un ornamento del poder material, sino la capacidad de hacer que una determinada visión del mundo sea aceptada como evidente.
El gobierno de Kast parece haber distribuido estas funciones entre personas distintas. Quiroz dispone de una parte decisiva de la dominación administrativa. Poduje produce una porción relevante de la dirección escénica. Pero entre ambos no hay todavía una doctrina común.
Por eso el éxito legislativo de uno no fortalece necesariamente la presencia pública del otro. Y la eficacia comunicacional del segundo no permite comprender el trabajo estructural del primero. El gobierno tiene poder sin relato y relato sin poder. Es una fórmula peligrosa.
El poder sin relato se vuelve tecnocracia. Puede aprobar reformas, ajustar presupuestos y modificar incentivos, pero no consigue convertir esas decisiones en experiencia política compartida. La sociedad recibe los costos antes de comprender los beneficios: el ajuste del tres por ciento llegó en marzo; el crecimiento prometido se evaluará en 2030. Los números mejoran eventualmente, pero nadie sabe a quién agradecer. Y si empeoran, en cambio, siempre hay un rostro presidencial disponible para recibir la culpa.
El relato sin poder se vuelve espectáculo. Produce anuncios, escenas y conflictos, pero no siempre puede alterar las condiciones materiales que dieron origen al problema. La política aparece activa aunque la administración continúe inmóvil. Se multiplican los gestos y se acumulan las expectativas.
Entre la tecnocracia y el espectáculo hay un espacio enorme. Ese espacio debería llamarse gobierno.
El extraño triunfo de Poduje
Resulta particularmente llamativo que Poduje haya conseguido apropiarse de la gramática de la emergencia. Kast ganó la segunda vuelta de diciembre con el 58,1 por ciento y una cifra récord de 7.263.236 votos, ofreciendo precisamente eso: un «gobierno de emergencia». La palabra era el centro de su dispositivo político —la usó al asumir, el 11 de marzo, y la tradujo en decretos firmados el primer día—: un país desbordado requería prioridades nítidas, capacidad ejecutiva y excepcional velocidad en seguridad, migración y economía. Hasta Quiroz habló ese idioma cuando prometió actuar con un profundo sentido de urgencia.
Pero la emergencia, como concepto abstracto, se desgasta rápidamente. Si todo es emergencia, nada lo es. Si el gobierno atribuye cada dificultad a una herencia catastrófica, la explicación termina pareciendo una coartada. Para mantener su eficacia, la emergencia debe adquirir objetos concretos.
Una frontera. Una cárcel. Una vivienda. Un canal. Una tormenta.
Poduje entiende esta necesidad mejor que el resto del gabinete. Convierte la emergencia doctrinaria en una emergencia visible. Frente a un mapa, la categoría deja de ser propaganda y adquiere coordenadas. Hay puntos verdes, amarillos y rojos. Hay catorce puntos bajos y ocho pasos bajo nivel. Hay ocho camiones hidrojet disponibles y horas críticas: la ciudad, promete, estará transitable cada día a las cinco de la mañana.
El problema es que esa traducción podría haber sido realizada por Interior —cuyo titular, Alvarado, es además el ministro mejor evaluado del país—, por el Senapred, por Obras Públicas o por una vocería gubernamental coordinada.
No ocurrió así.
Poduje se tomó la escena.
La naturaleza aborrece el vacío. La televisión también.
Poduje llegó con un mapa (un ‘mono’ para los canales) y Quiroz solo tenía un triunfo frío y aburrido.
El extraño triunfo de Quiroz
El triunfo de Quiroz es exactamente inverso. Consiguió aquello que define a un gobierno en un régimen presidencial con Congreso fragmentado: producir una mayoría.
No una mayoría electoral imaginaria. No una mayoría en redes sociales. No una mayoría moral. Veintiséis votos.
La política es también eso. Contar. Saber qué senador puede acompañar una disposición, qué indicación debe retirarse a las once de la noche, qué fórmula permite evitar una derrota a la una de la madrugada, qué actor necesita reconocimiento —Núñez lo obtuvo, con nombre y apellido— y qué concesión destruiría la sustancia del proyecto.
Quiroz debió abandonar parcialmente la imagen inicial del consultor que impone desde Hacienda, el hombre de los mil quinientos informes. Tuvo que aceptar la mesa política promovida desde el Senado después de haber resistido esa posibilidad. Debió aprender que el Congreso no es una consultora contratada para validar el modelo del Ejecutivo.
Y aprendió.
Ese aprendizaje es valioso porque la tecnocracia suele fracasar precisamente cuando interpreta la negociación como contaminación. Quiroz comprendió —por convicción o necesidad, da lo mismo— que gobernar no consiste simplemente en aplicar la solución técnicamente preferible, sino en construir las condiciones políticas de una solución posible.
Pero después de hacerlo no logró transformar ese recorrido en un acontecimiento nacional. Su victoria quedó encerrada en el lugar donde fue obtenida, y además es provisoria: este martes 21 la Cámara vota en tercer trámite los artículos modificados, el Presidente ya pidió aprobarlos «por un margen mayor», y el Tribunal Constitucional asoma detrás. Una mayoría de un voto es una victoria; también es una advertencia.
El ministro consiguió los votos, pero no consiguió la fotografía. Y con ello su poder no llegó al río de la política: los medios.
Poduje consiguió la fotografía sin ningún triunfo. A base de amenazas a constructores y juicios por verse, Poduje construye su espacio.
La cuadratura del círculo
El desafío de Kast no consiste en elegir entre Quiroz y Poduje. Elegir sería sencillo y probablemente desastroso.
Un gobierno dominado completamente por Quiroz tendría coherencia económica, disciplina fiscal y capacidad de ordenamiento, pero correría el riesgo de convertirse en una administración incapaz de producir adhesión. Sería un gobierno que hace cosas que nadie ve, explica cosas que nadie escucha y espera resultados que quizás lleguen cuando ya no importen políticamente: el crecimiento al cuatro por ciento se promete para el final del mandato; las elecciones ocurren antes.
Un gobierno dominado completamente por Poduje tendría velocidad, presencia, conflicto y capacidad de instalar temas, pero viviría sometido a la inflación permanente de las expectativas. Cada problema requeriría una nueva escena. Cada escena necesitaría un adversario: un ministro, una presidenta del Senado, una toma, una constructora, una lluvia. Cada adversario desplazaría durante algunos días la pregunta por los resultados.
Quiroz sin Poduje es una estructura sin rostro. Poduje sin Quiroz es un rostro sin estructura.
La cuadratura del círculo exige construir una relación entre decisión, representación y autoridad presidencial. No se trata de que Quiroz aprenda a gritar ni de que Poduje comience a estudiar planillas fiscales. Tampoco de encontrar un término medio psicológico entre ambos.
Se trata de producir una doctrina de gobierno que otorgue sentido común a sus diferencias.
Quiroz debe poder explicar por qué su disciplina económica es una política social y no simplemente una restricción.
Poduje debe poder demostrar que su capacidad de comunicar se encuentra subordinada a una estrategia común y no a la construcción de una soberanía ministerial autónoma. Y Kast debe aparecer como el lugar donde ambas capacidades se integran.
¿Qué tan lejos se está de esto? En realidad lejísimo. Poduje está apostando a ganar si el gobierno gana y a ganar si el gobierno pierde. Es un actor que quiere inventar la única trayectoria, extrañísima, que le permitiría ser candidato presidencial del sector. ¿Ofrecerá un nuevo-novo-novísmo populismo, que supere a Parisi y a Kaiser?
El ministro que gobierna y el ministro que cuenta
Los gobiernos suelen caer por sus fracasos. Pero también pueden deteriorarse por la incapacidad de reconocer correctamente sus éxitos.
La aprobación del proyecto de Reconstrucción fue un éxito de Quiroz. El despliegue preventivo ante la tormenta permitió a Poduje mostrar capacidad de presencia. Si el asunto es solo que Quiroz triunfa en el Congreso Nacional y Poduje lo hace en televisión, eso no tendría nada de malo. Y es que ambos hechos podían haber formado parte de una misma narración: un gobierno que obtiene herramientas legales en la madrugada del jueves, moviliza recursos desde el martes, identifica riesgos comuna por comuna y actúa antes de la catástrofe. Pero no es así. Primero porque Poduje reemplaza a varios ministros con su actuar. Y segundo porque Poduje declara y promete, urbi et orbi, soluciones inmediatas. Y esas soluciones tienen caminos institucionales y requieren de dinero.
De momento lo que se ve son dos alas del gobierno. Una de ellas se desplegaba en el Senado, negociando artículos hasta las 2:40. Otra se desplegaba frente a un mapa, esperando la lluvia.
El primero tenía fondo, pero no tenía imagen. El segundo tenía imagen, pero no tenía fondo.
Quiroz puede pensar que Poduje hace ruido. Poduje puede pensar que Quiroz no entiende la política. Ambos tendrían parcialmente razón. Y ese es precisamente el problema.
Kast debe evitar que el ministro que gobierna no pueda contar lo que hace y que el ministro que cuenta termine creyendo que, por contarlo, gobierna. Uno tiene el poder. El otro tiene la cámara. Kast necesita construir el gobierno con poder y cámara unidas. Pero de momento se parece más a un divorcio.
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