La muerte de Enrique Krauss, el ministro del Interior más importante de la transición entre la dictadura de Pinochet (y sus aliados militares y civiles) y la reconstrucción parcial de un sistema democrático, marca el fin de toda una época. La transición ha muerto hasta como añoranza.
El ministro de Aylwin
La muerte de Enrique Krauss Rusque ha generado páginas de elogios para él en la prensa escrita (digital y de papel) y muchas palabras en radios y televisión. Es indudable que, como lo recuerda Jorge Burgos en una sentida crónica testimonial, no puede dejarse de lado el hecho de que Enrique ha sido el único Ministro del Interior que duró todo un periodo presidencial (cuatro años en este caso) después del gobierno de Jorge Alessandri, en el que Sótero del Río permaneció todo el sexenio.
Es cierto que es un mérito que se haya podido mantener en épocas revueltas, pero también hay que tener presente que eso correspondía al estilo de Patricio Aylwin, a quien no le gustaba hacer cambios en sus equipos. Casi todos sus ministros permanecieron los cuatro años en funciones, salvo quienes renunciaron para asumir candidaturas parlamentarias u otras tareas. Aylwin entendía que el primer gobierno después de Pinochet debía dar estabilidad.
Hombre de trayectoria
Krauss había tenido una trayectoria intensa de vida militante en la Democracia Cristiana y aunque algunos lo recuerdan falangista, otros sostienen que venía de la vertiente del Partido Conservador Social Cristiano que se fusionó con la Falange Nacional en 1957. Siempre creí más en esta versión de origen, al ir conociendo su pensamiento que era más bien conservador.
Eduardo Frei Montalva lo destacó muchísimo como Subsecretario del Interior y luego como Ministro de Economía. Era parte de los personajes más jóvenes que trabajaban con él. Dejó el Ministerio para asumir la conducción de la campaña de Tomic, respondiendo al gesto del candidato (y de Benjamín Prado presidente del PDC) quien lo llamó con la intención de establecer un nexo con el gobierno de su camarada Frei que no veía con simpatía la campaña de Tomic. Eran los tiempos distantes entre los líderes de la Democracia Cristiana.
Conoció el Congreso Nacional por dentro tanto en su calidad de funcionario como posteriormente como diputado en momentos muy distintos, siempre representando a Cautín. Cuando se cambió de circunscripción (postuló a senador por Arica) fue arrasado por el PPD Fernando Flores, exministro de Salvador Allende.
Cosas en común
Con Enrique tuvimos algunas cosas en común: nos gustaba el tango, pero él era tanguero de oficio; nos gustaba escribir, aunque algunos lo hacíamos en las revistas opositoras a la dictadura; éramos entusiastas del fútbol, pero Enrique era hincha de Colo Colo; le gustaba leer y era entusiasta de la poesía, lo que nos dejó muy claro cuando recibió (fue el primer alto funcionario del post pinochetismo que lo hizo) a la directiva de la Sociedad de Escritores de Chile que yo integraba en esa época.
Fue bombero (parte de la tradición paterna que era radical, masón y bombero) mostrando su vocación de servicio en tareas que en Chile son tan nobles como gratuitas.
Discrepancias
Pero nuestras discrepancias iban más allá del hinchismo futbolístico o de los gustos poéticos. Teníamos, al interior del PDC, posturas diferentes.
Más de una vez nos tocó participar de discusiones en torno al gobierno de la Unidad Popular, cuando todos buscábamos salidas a una crisis durísima para el país, que requeriría de soluciones ciertamente políticas drásticas, a las que algunos estaban dispuestos y otros preferían optar por las tesis de la derecha.
Finalmente triunfó la postura de la alianza con los demás partidos que se oponían a Allende, se formó la CODE y mientras unos renunciábamos a ser candidatos (excesivamente apegados a los principios, se nos dijo, sin sentido político, en fin) Enrique fue candidato y ganó su escaño. Como tantos otros que creyeron que eso no era claudicar. Tal vez yo estaba equivocado.
Frente al golpe de Estado
La directiva de la Democracia Cristiana optó, ante el golpe de Estado, por una curiosa tesis llamada “independencia crítica y activa”, que era como decir “miramos desde afuera”. Aunque esa independencia significó autorizar a militantes asumir cargos en la dictadura (Prieto como Ministro, Evans y Silva en la comisión constituyente, Navarrete como agregado de prensa en Londres, por ejemplo). Otros que creyeron que de verdad vendrían elecciones en tres meses, asumieron tareas a las que al poco tiempo renunciaron cuando se dieron cuenta del proyecto de Guzmán y Pinochet. Algunos estuvimos siempre en la trinchera de la democracia (de la conservación primero y recuperación luego), sin vacilar ni conceder.
No pudimos convencer a Enrique y a muchos otros abogados de comprometerse con la defensa de los derechos humanos. Alejandro González Poblete, que se desempeñaba en el estudio de Krauss, terminó yéndose a trabajar a la Vicaría de la Solidaridad en tareas de alta responsabilidad.
La amistad cívica
Siempre amable, caballeroso, simpático y muy alegre, cuando fue candidato a la presidencia del PDC apoyado por Adolfo Zaldívar y sus seguidores más cercanos, tuvimos ocasión de encontrarnos numerosas veces y debatir. A veces fui duro con él, pero terminábamos en conversaciones más amables, porque él eludía la confrontación. Eso es un mérito, ya que siempre logró suavizar hasta las discusiones más controversiales.
Más allá de las distancias políticas, Enrique Krauss creía en las personas y las respetaba.
Para todos fue una enorme sorpresa que cuando se anunció que él sería el Ministro del Interior de Aylwin, se anunciara también que el subsecretario sería Belisario Velasco. Camaradas y cercanos en la época de Frei Montalva, se distanciaron en la época de la dictadura y Belisario tuvo reproches privados y públicos a Krauss, en una discusión epistolar que circuló al interior de los militantes y un poco más allá. Con poco sentido histórico y mucha fidelidad militante, tengo la impresión que no quedan copias de esas cartas. Una lástima.
Callando voces discrepantes
La combinación de Velasco y Krauss – a la que se unió Correa, como Ministro Secretario General de Gobierno – se orientó a restringir el espacio de las voces críticas al primer gobierno concertacionista, que pedían acciones más decididas respecto del tema de los derechos humanos durante la dictadura.
La negativa a distribuir la publicidad estatal en diversos medios que incluyeran a las revistas que dieron dura batalla a la dictadura, la limitación de créditos del Banco del Estado o de CORFO a esos mismos medios para fortalecer sus posiciones y crecer como “empresas”, culminó con la adquisición de parte de Velasco y otras dos personas de algunas de esas revistas, con fondos que siempre tuvimos la impresión provenían de los gastos reservados de Interior y del gabinete presidencial. Así al menos, tiempo después lo insinuó el propio Belisario en conversación personal que tuvimos en su oficina de La Moneda.
Adquiridas por ese grupo, en poco menos de un año fueron definitivamente cerradas. Y la publicidad siguió dirigiéndose a los mismos medios.
Enfrentando conflictos
Cuando fue ministro de Aylwin debió enfrentar situaciones delicadas. Vistas las cosas a la distancia, no puedo decir con total seguridad de que se equivocó. Pero durante años lo he creído así.
La creación de la “Oficina”, unidad de espionaje e infiltración de grupos de extrema izquierda, que quedó a cargo de la subsecretaría, permitió anticipar algunas acciones y ayudar a la policía a detectar a los autores del asesinato de Jaime Guzmán y algunos secuestros.
El acuartelamiento de Pinochet con sus generales (al primero le llamaron “boinazo” porque hasta el obispo castrense iba con boina y al segundo “ejercicio de enlace”) algunos lo temieron como amenaza de golpe de Estado. Muchos pensamos que no era así y nos hubiera gustado una actitud más dura, menos condescendiente con los militares que parecían querer sublevarse.
Pero no se sublevaron, la autoridad política concedió lo que pedían y Aylwin terminó su mandato.
Las discrepancias a estas alturas no pueden zanjarse, porque no sabemos qué hubiera sucedido de ser otro el curso de las decisiones del gobierno. Krauss, sin duda, fue prudente, porque era sólo el sustituto temporal del presidente. Pero pasado el momento, esperábamos medidas claras en contra de quienes se habían atrevido a amenazar el poder democrático. Eso no sucedió. Con ninguno.
Terminó una historia y empieza otra
Con Krauss ha muerto el ministro del Interior más importante de la transición entre la dictadura de Pinochet (y sus aliados militares y civiles) y la reconstrucción parcial de un sistema democrático, proceso al que todavía le falta mucho.
Con él – y muchos de los que lo acompañaron en sus años más activos – muere la transición y ahora hay que discutir si acaso vamos a seguir administrando la democracia semi soberana y el sistema neoliberal que nos dejaron Pinochet y sus aliados o comenzaremos el proceso de profundización democrática que nos permitirá construir una sociedad más justa, libre y solidaria.
Se nos abre un nuevo desafío en el que viejos y jóvenes tenemos mucho que aportar.
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