Exautoridades de la Concertación y también de los partidos autodenominados de “izquierda” o “progresistas” se han hecho la pregunta que pongo por título. Luego de la derrota de Jara en las elecciones presidenciales, como antes fueron la de Frei y la de Guillier, esa pregunta ronda entre los derrotados, que parecen no acercarse a las respuestas en sus numerosas reuniones.
Buscando causas
En el intento reiterado de muchos por descubrir las causas de las derrotas, podríamos referirnos a causas inmediatas, a los incidentes específicos, o buscar una respuesta más profunda.
Es verdad que la superficialidad es la regla general de casi todo pensamiento actual y se advierte entusiasmo cuando un periodista o un político se engolosina al discutir sobre detalles o noticias específicas, sin percatarse de que son meros incidentes en una línea de acción de mayor profundidad y nivel.
Si en la búsqueda de las causas de las derrotas –cada vez peores y más contundentes– vamos a esas cosas pequeñas, descubriremos que las campañas –al menos la de Guillier y la de Jara– fueron mal conducidas y por eso la diferencia fue mayor que la de la victoria de Piñera sobre Frei. Alguien me dijo esa vez: “Frei era un mal candidato”. No creo, Frei era lo que fue, ni más ni menos. Así logró subir casi 20 puntos porcentuales entre la primera y la segunda vuelta. Pero perdió.
Las otras dos campañas sí que fueron deficientes, aunque por razones muy diversas.
La derrota de Guillier y el triunfo de Boric
Guillier, hombre inteligente, no tenía la capacidad de convocatoria suficiente. La campaña no fue lo necesariamente clara, el programa difuso, los miembros de las “directivas políticas” no se notaban convencidos ni entusiastas. La Democracia Cristiana, debilitada después de la solitaria campaña y las rencillas internas, no pudo ser el aporte que inclinara la balanza y Enríquez-Ominami se opacó en su silencio.
El segundo gobierno de Piñera marcó el comienzo de la decadencia de la derecha tradicional y el auge de los más radicalizados. Eso, sumado a la desastrosa situación que se vivió en el cuatrienio, por errores gubernamentales y por circunstancias externas como la pandemia, auguraba una derrota para la derecha. Muchos entendieron que era el anuncio de un triunfo de la izquierda más extrema.
La derecha una vez más sacó cuentas equivocadas, como fue en la disputa entre Alvear y Bachelet en 2006, creyendo que enfrentar a un enemigo “ultra” los dejaba en mejor posición para ganar. Intervino en las primarias entre el Partido Comunista y el Frente Amplio, jugó sus fichas por Boric, pensando que a un muchacho inexperto sería más fácil vencerlo en la elección. Contra todo pronóstico, Boric aplastó a Jadue. Ya sabemos cómo terminó el asunto.
Apoyo a Jara para derrotarla
Para esta última disputa, rectificaron su conducta y en la primaria los derechistas se la jugaron por favorecer a Jara contra Carolina Tohá. Centraron sus fuegos en ella con el convencimiento, esta vez certero, de la dificultad que representaría ganar para quien lucía su militancia comunista e invocaba constantemente su condición de ministra de Boric (ella mantuvo el cargo aun cuando Carolina Tohá ya había renunciado, dejando en claro que se sentía su continuadora).
El anticomunismo y el rechazo a las propuestas comunistas (que no es lo mismo) está muy instalado en el pueblo chileno y, esto lo veo en mis amigos radicales, exsocialistas, centroizquierdistas, quienes prefirieron apoyar a Kast que votar por Jara en la segunda vuelta. Algunos se abstuvieron.
La razón inmediata
La primera razón de esta derrota a manos de la ultraderecha, está en que no supieron comprender esa campaña derechista y, entonces, no fortalecieron a Tohá, quien tenía todas las condiciones para dar una batalla electoral eficaz frente a Kast.
La dejaron sola, pensaron que “con el vuelito” podría enfrentar a la dura alianza de los ayer contendores (PC y FA). No estuvo presente la decisión de alzar con energía las capacidades latentes de socialistas, demócrata cristianos y los otros grupos, como el partido de Mulet por ejemplo. Los que aparecían como “dirigentes” de campaña se veían cansados y sin ninguna convicción.
Jara ganó la primaria, pero no tendría ninguna posibilidad frente a Kast en una segunda vuelta.
La razón más profunda
Pero la segunda razón que mencionaré es la más importante.
Los que estaban a la cabeza de los partidos políticos de la Concertación y los que asumieron tareas de gobierno perdieron, desde los primeros momentos del año 1990, la batalla cultural.
El proyecto derechista de Guzmán y Pinochet, construido con apoyo de la represión, consideraba el rediseño de la sociedad. La democracia debía ser un sistema elitista, cupular, en el cual la participación popular estuviese restringida a lo electoral. Las organizaciones intermedias, salvo quizás lo que ellos llaman “gremios” que son las de los empresarios, debían desaparecer o ahogarse.
Se incluyó en ello a los colegios profesionales y todo lo que tuviese que ver con los sindicatos. Toda estructura de incorporación del pueblo al quehacer político fue desincentivada, la educación se orientó hacia lo elitista, surgieron las AFP y las Isapre como nuevas fuentes de ingreso para los poderosos de la sociedad. Se allanó el camino a la privatización de la salud y la educación, con la pantomima de “sin fines de lucro” para las universidades, lo que todos sabemos que es una mentira escandalosa.
De ciudadanos a consumidores
Lo importante pasó a ser el tema económico. El diseño era el de que las personas dejaran de ser ciudadanos para pasar a ser consumidores.
Lo que importa hoy para los sostenedores del sistema es que todos se endeuden, que compren a crédito, que deban dinero, porque con ello se los mantiene cautivos. Todos tienen que comprar, tener más porque eso da valor a los individuos, atraídos por falsas liquidaciones, por rebajas artificiales, por el estatus de portar una marca como emblema en el pecho o en la espalda. Hasta las bolsas en que se llevan los productos se pagan: 500 o 1.000 pesos por demostrar al mundo que compré en la tienda tal o cual.
Para ellos, la cultura es un “gasto”, no una inversión. Y los libros, el arte en general, está siendo considerado como una cuestión peligrosa para el sistema. El tema medioambiental es un argumento de las izquierdas y quienes manejan los medios se suman a la campaña como si de verdad el debate fuera entre la libertad y el estatismo.
La cultura individualista
La Concertación cayó en el discurso del neoliberalismo y no se ha comprendido el verdadero valor del Estado como la estructura institucional de la sociedad destinada a proteger a las personas y a trabajar por su desarrollo y oportunidades.
La cultura de hoy es el individualismo: voy hasta donde puedo y no tengo que respetar a nadie. ¿Por qué se respetan tan poco las normas del tránsito? Simplemente porque el Estado ha renunciado a su papel vigilante en las calles, partiendo de la base que si alguien se accidenta o provoca un daño tendrá que responder. Es el individuo, no la sociedad, lo que importa a los creadores de este sistema. Se infringe la ley y las normas de conducta simplemente “porque pueden”.
Y los partidarios de lo que fue la Concertación olvidaron poco a poco su papel. Hoy algunos recuperan la memoria. Perdieron en poder porque cedieron en la batalla cultural: y para ver quien es mejor en la lucha por los consumidores individuales, la derecha tiene una ventaja evidente. Fueron los que votaron por Kast.
Por lo tanto, si es que esos políticos asumen esta causa de su derrota, podrán rearticular su mercadotecnia (marketing, le dicen), reformular sus ideas y propuestas y recuperar aquello que los inspiró en algún momento inicial: pensamiento, doctrina, organización.
Por ahí va la cosa.
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