La reciente noticia que advierte que 132 comunas del país no cuentan con un Plan de Reducción del Riesgo de Desastres (PRRD) vigente ha vuelto a poner sobre la mesa una preocupación legítima: la necesidad de fortalecer la preparación de los territorios frente a amenazas cada vez más frecuentes e intensas.
Sin embargo, existe un riesgo en enfocar el debate exclusivamente en la existencia o ausencia de estos instrumentos. Si bien los planes son fundamentales para orientar la gestión local del riesgo, sería un error pensar que la resiliencia de una comuna depende únicamente de contar con un documento aprobado.
La experiencia nacional e internacional demuestra que los desastres no se gestionan desde un archivador.
Un plan puede identificar amenazas, establecer responsabilidades y definir líneas de acción. Pero cuando ocurre una emergencia, lo que marca la diferencia es la capacidad efectiva de las instituciones y de las comunidades para actuar. La verdadera pregunta no es cuántas comunas tienen un plan vigente, sino cuántas cuentan con capacidades reales para anticipar, resistir, responder y recuperarse de un desastre.
Chile ha avanzado significativamente durante los últimos años. La creación del Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Sinapred), la promulgación de la Ley 21.364 y la consolidación de nuevas herramientas de planificación representan pasos importantes hacia una gestión moderna del riesgo. No obstante, persiste una tendencia a medir el progreso principalmente a través del cumplimiento administrativo, cuando el desafío es mucho más amplio.
La resiliencia territorial se construye sobre varios pilares que deben funcionar de manera integrada.
El primero es la planificación, sin duda. Pero junto a ella deben existir sistemas de monitoreo y alerta temprana capaces de detectar amenazas y comunicar oportunamente el riesgo a la población. También se requiere infraestructura adecuada: rutas de evacuación, señalización, puntos de encuentro, sistemas de comunicaciones robustos, de alerta temprana y mecanismos de respaldo que permitan mantener la operación durante situaciones críticas.
De igual relevancia es la preparación comunitaria. Una comunidad informada, organizada y entrenada puede reaccionar con mayor rapidez y eficacia que una que enfrenta por primera vez una situación de emergencia. Los simulacros, la educación preventiva y la participación ciudadana no son actividades complementarias, son elementos centrales de cualquier estrategia de resiliencia.
A ello se suma la coordinación entre actores. Municipios, servicios públicos, empresas de infraestructura crítica, establecimientos educacionales, organizaciones sociales y organismos de respuesta deben ser capaces de actuar bajo una lógica común. Las lecciones de numerosos eventos recientes muestran que las mayores dificultades suelen aparecer precisamente en los espacios donde la coordinación falla.
Por último, es indispensable avanzar hacia una gestión prospectiva del riesgo. El cambio climático, el crecimiento urbano en zonas expuestas, los incendios de interfaz, las marejadas, las remociones en masa y otros fenómenos emergentes exigen incorporar la reducción del riesgo como una variable permanente en las decisiones de desarrollo territorial.
Por ello, el desafío que enfrenta Chile no puede reducirse a cerrar una brecha documental. El objetivo debe ser construir capacidades permanentes en los territorios. Comunas capaces de monitorear amenazas, alertar oportunamente, coordinar a sus instituciones, movilizar a sus comunidades y recuperar rápidamente su funcionamiento después de una emergencia.
Los planes son necesarios. Son el punto de partida. Pero la resiliencia se demuestra cuando las personas saben qué hacer, las instituciones saben cómo coordinarse y los sistemas funcionan cuando más se necesitan. En materia de gestión del riesgo, el éxito no se mide por la cantidad de documentos aprobados. Se mide por la capacidad de salvar vidas, proteger medios de subsistencia y reducir las pérdidas cuando ocurre el próximo desastre.
Y ese es un desafío que va mucho más allá de tener un plan.
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