Durante años, Hannah Murray se acostumbró a vivir bajo presión. La actriz británica, conocida por sus papeles en Skins y Game of Thrones, creció frente a las cámaras, enfrentó comentarios sobre su cuerpo, escenas exigentes y vivió una búsqueda constante por sentirse “especial”.
Sin embargo, hoy, a los 36 años, su vida luce muy distinta: ya no actúa, vive alejada de la industria y asegura que, al menos una vez por semana, piensa con alivio: “¡Gracias a Dios que ya no actúo!”.
Ese descanso, cuenta en diálogo con ElDiario.es, llegó después de una experiencia que marcó su vida: su paso por una organización ligada al bienestar y la espiritualidad, a la que ella evita nombrar y que describe como una secta.
Murray relata esta historia en su libro autobiográfico The Make-Believe, donde reconstruye cómo una búsqueda de sanación la llevó al “lado oscuro del mundo del bienestar y la espiritualidad”. En ese proceso, gastó miles de dólares, se involucró en cursos cada vez más costosos y terminó internada durante 28 días en una unidad psiquiátrica tras sufrir un grave episodio psicótico. Más tarde, un psiquiatra le diagnosticó trastorno bipolar.
Hannah Murray, el camino al infierno
El primer acercamiento ocurrió mientras trabajaba en Detroit, película dirigida por Kathryn Bigelow y basada en hechos de violencia racial ocurridos en 1967. En el filme, Murray interpretaba a Julie, una joven agredida por policías blancos. El rodaje, según cuenta, resultó emocionalmente devastador. Había escenas de violencia, exposición corporal y una exigencia física que la dejó con pesadillas, vómitos nocturnos y una profunda sensación de desgaste.
En ese contexto conoció a Grace, una “sanadora energética” que le presentó su entrenador personal. Murray, vulnerable y exhausta, comenzó a hablar con ella sobre su vida, la presión de actuar, las escenas difíciles, los directores crueles, los casting invasivos y la imposibilidad de quejarse cuando, desde afuera, parecía tener una carrera exitosa.
Grace le recomendó sesiones de reiki y luego le ofreció algo más: herramientas para “resolver” sus problemas. La actriz pagó por una sesión de “sanación” y recibió un frasco con gotas cuyo contenido nunca supo identificar. “Probablemente nada más que agua, en un bonito envase, inofensivamente inútil, engañosamente cara”, escribió Murray.
Aun así, la experiencia le pareció reveladora. Durmió 14 horas y sintió que algo había cambiado. De regreso en Londres, continuó el camino con otra mujer vinculada a la organización, Siobhan, a quien pagó 700 libras por un curso. Ahí comenzaron los rituales, las ideas sobre energía, chakras, guías espirituales, baños de sal, círculos mágicos y “ADN espiritual”.
Estaba atrapada
Cada clase abría la puerta a otra. Cada respuesta prometía una nueva iniciación. Murray, que entonces buscaba una cura absoluta para su malestar, quedó atrapada. “Quería ir cada vez más lejos, tan lejos como se pudiera llegar”, afirmó.
La actriz reconoce que nunca investigó a la organización en internet. Si lo hubiera hecho, dice, habría encontrado testimonios sobre estafas financieras y espirituales, además de relatos que describían una estructura piramidal. “La pirámide estaba estructurada para explotar a cualquiera que intentara escalarla”, escribió en The Make-Believe. “Excepto a una persona, un hombre, que se sentaba en la cima”.
Ese hombre aparece en su libro bajo el nombre de “Steve”. Murray lo conoció después de completar varios cursos. Lo describe como un líder carismático, seguro y rodeado de símbolos místicos. Al verlo, sintió que estaba frente a alguien con un poder especial. “Supe que estaba en presencia de un mago”, recordó.
Pero el ambiente también le resultó inquietante. La mayoría de las instructoras eran mujeres y el ingreso de Steve cambió la energía del grupo. Murray contó que él abrió una sesión con un comentario sexual sobre preferir el sexo como ejercicio cardiovascular. “Mi experiencia fue muy erotizada, sin que ocurriera nada explícitamente físico”, dijo la actriz. “Había una energía muy palpable en el ambiente”, agregó.
Durante un curso de cinco días en un hotel de Londres, su comportamiento comenzó a alterarse. Dormía muy poco, hablaba a gran velocidad, veía señales en todas partes y sentía que las historias de otros participantes contenían mensajes secretos. También empezó a creer que Steve la amaba, que se casaría con ella, que controlaba el clima y que ella tenía poderes especiales.
Alucinaciones y un colapso
Luego llegaron las alucinaciones. Murray veía diagramas en el cuello de las personas y creía que podía curarlas. En medio del colapso, se encerró en un baño con un dolor de cabeza insoportable. Afuera, según cuenta, los maestros de la organización sostenían herramientas de bronce y coreaban: “¡Fuera, espíritu maligno de Hannah!”.
La ayuda médica llegó después. Murray terminó inmovilizada y trasladada de urgencia al hospital Gordon, en Bloomsbury, donde quedó internada durante 28 días bajo la Ley de Salud Mental. Mientras buscaba explicaciones, le escribió a Steve para preguntarle si lo que vivía podía ser consecuencia de uno de sus tratamientos. Él respondió que no, pero agregó: “Estás libre y todo estará bien”.
Cuando ella preguntó “¿Libre de qué, Steve?”, él le contestó: “Hay cosas buenas y malas en el mundo, y a veces la mala energía puede entrar en nosotros”. Luego sugirió que, durante el rodaje de Detroit, “un tipo malo” se había metido en ella y concluyó: “Es algo grave, pero en términos más sencillos, te poseyeron”.
Murray admite que tardó en enojarse. Hoy, esos mensajes todavía le resultan difíciles. “Porque recuerdo lo vulnerable que era cuando recibí esos mensajes. Me da pena por mí misma”, expresó.
Hannah Murray evita el mundo del bienestar
Tras el diagnóstico de trastorno bipolar, la actriz comenzó a entender de otra manera su historia emocional. “Todo cobró mucho más sentido. Los diagnósticos pueden ser complicados, pero para mí fue un gran alivio comprender mi mundo emocional desde esa perspectiva”, señaló.
También decidió hablar abiertamente sobre la internación y la psicosis, temas que, a su juicio, siguen cargados de estigma. “Escucho mucho que ‘necesitamos hablar más sobre salud mental’. Lo que quieren decir es, por ejemplo, ansiedad y depresión. Todos hablamos de eso con gusto. Pero hay un gran tabú en torno a la idea de las personas internadas”, afirmó.
Hoy Hannah Murray evita el mundo del bienestar. No medita, no entra a tiendas de piedras, no hace yoga y desconfía de la idea de que una práctica espiritual pueda presentarse como solución universal. “Buscaba algo que me curara por completo, una varita mágica o una solución milagrosa, la promesa me resultaba seductora y adictiva”, explicó.
Su vida actual tiene otra forma: escribe, cocina, camina, se acuesta temprano y no bebe alcohol desde hace tres años. Ya no busca esa sensación de ser elegida por un papel ni de convertirse en alguien extraordinario. Después del caos, encontró estabilidad en una rutina simple, lejos de la actuación y de las promesas de salvación rápida que alguna vez la sedujeron.