Creo firmemente que el desafío de nuestros tiempos no es dividir al país entre ricos y pobres, sino construir un modelo en el que existan “superoportunidades” para todos.

Con ocasión de la discusión del Proyecto de Reconstrucción y Desarrollo Social y Económico, por un sector de la sociedad se ha pretendido instalar la idea de que esta propuesta está dirigida única y exclusivamente “para los superricos”. Sin duda una caricatura, una manera de obstruir y de oponerse.

Esta caricatura no sólo es simple, sino además es injusta y en nuestra opinión está profundamente equivocada. Cuando el país está estancado, cuando el país no crece, quienes más sufren y resultan postergados no son los empresarios: son los trabajadores, son las familias de clase media, son los jóvenes que por meses buscan su primer trabajo, son las mujeres que se ven postergadas, son los emprendedores que le colocan empeño y que no logran surgir.

Chile lleva bastantes años creciendo muy por debajo de su potencial, con una inversión estancada, con proyectos detenidos por una permisología excesiva que aleja a los inversionistas. Hablar de crecimiento no es defender privilegios, ni hablar con slogan; es defender la posibilidad que las personas puedan encontrar un trabajo, mejorar su ingresos, preocuparnos de su calidad de vida y dar la posibilidad de vivir con más tranquilidad.

La experiencia económica es clara. Cuando el PIB crece, aumentan los empleos, suben los ingresos y consecuencialmente, el Estado tiene más recursos para la salud, seguridad, educación, etc. En cambio, cuando la economía se frena, el costo lo pagan las familias que ven como sus integrantes pierden sus trabajos, con escasa posibilidad de encontrar un puesto laboral.

Basta mirar lo ocurrido en los últimos años: menos inversión, menos dinamismo y una sensación creciente de incertidumbre que afecta especialmente a las regiones. Cada proyecto que no se concreta, significa empleos que no llegan y oportunidades que se pierden.

Creo firmemente que el desafío de nuestros tiempos no es dividir al país entre ricos y pobres, sino construir un modelo en el que existan “superoportunidades” para todos. Porque lo que necesita una madre que busca empleo, un joven que quiere independizarse, una persona endeudada que quiere cumplir sus compromisos, un pequeño comerciante que intenta salir adelante no es un discurso ideológico es crecimiento, estabilidad y un Estado capaz de facilitar el desarrollo de nuestro país.

Este Proyecto de Reconstrucción no debe transformarse en etiquetas, sino que debe ser entendido por lo que realmente es: una oportunidad para recuperar el crecimiento, generar empleo y devolver esperanza a millones de chilenos. Porque cuando a Chile le va bien no ganan “los superricos”; ganan las familias, los trabajadores que necesitan oportunidades.