La crónica se desenvuelve, como otros géneros literarios, en su propio interés discursivo. Es decir, es al interior de la misma que la escritura nos va diciendo lo que ella es y las apropiaciones de distinto orden que necesita para alcanzar su texto pleno.
Un par de manos escriben –Federico– y el otro par ilustra –Andrés, el pintor– estas Crónicas a cuatro manos publicadas en Ediciones GrilloM (2026).
En el estrecho espacio de la relación interpersonal o moderadamente colectiva, habría un filón de acontecimientos inesperados y/o significativos al paso del vivir cotidiano, en escenas de lo más comunes. Pero estas experiencias, de pronto, adquieren otro espesor y se abren a lo insólito y recóndito humano.
Así, en “Mi suboficial” (relato maestro) el propio hablante/escribiente que en el cementerio espera un entierro, por mientras se ve atraído a otra ceremonia fúnebre de sujetos que desconoce por completo, pero poco a poco, por estar ahí, lo saludan, responde con mínimos gestos, comienza a experimentar una cierta familiaridad (en la primera línea ha dicho que no quiere estar solo) y se allega, acaba en el cortejo hacia el cinerario con los compañeros de armas que inesperadamente ha ido tratando; y alguno, en el colmo, reconociéndolo como un camarada. Después de variados detalles e incidentes que lo van amistando con este muerto al que desconoce, termina, finalmente, ¡por echarlo de menos! Es una progresión de hechos ínfimos vehiculados por una voz delicada y compasiva que frase a frase se va plegando en esta vivencia absolutamente insólita.
¿De dónde proviene la fuerza de este relato? Asistimos a una especie de arqueología psicológica que bien podríamos remontar, entre otras, a la experiencia de la muerte en Fustel de Coulanges y La ciudad antigua, aunque aquí podría ser excesivo. Pero es lo que de común tiene la muerte, la muerte y fin de cada uno; ha muerto alguien (nosotros mismos) y la tribu (nuestra tribu humana) se conduele y lo despide. En esa pérdida de todos, conocer o no al muerto es un detalle. Uno termina atraído a ese evento radical e intolerable del que participamos inexorablemente.
Tal vez por esto en el relato vamos asintiendo de manera progresiva a ese acople, es lo humano sin distinciones de ninguna especie que tanto nos gusta practicar; el relato de la crónica, en un segundo plano (con una fuerza que no se exhibe de manera evidente) pulveriza cualquier distancia a la que estamos sometidos y sometemos, nos aplana, nos vuelve comunes, nos liquida en nuestra diferencia con los demás. Esto es lo que me parece el nudo de esta crónica: esa potencia. Y hay otros de este calibre como “El siguiente”, “Siempre es muy temprano”, “El corresponsal”, “Puerta mala”.
Alguna fuerza pierde Gana cuando tiene espacio para “discursear” o divagar y no está sometido al instante o a la interacción con el otro, que es cuando más rutila su escritura, por lo demás muy precisa. Es el caso de “Lentejas rellenas”, pero eso es porque (conjeturo) ha corrido el riesgo de variar los incidentes o su disposición y dar la receta de un plato, situándose en un plano de ejecución más laxo. O en “¡Defiéndete cultura!”, muy cierto todo, y ahora más que nunca, pero más corriente.
La crónica se desenvuelve, como otros géneros literarios, en su propio interés discursivo. Es decir, es al interior de la misma que la escritura nos va diciendo lo que ella es y las apropiaciones de distinto orden que necesita para alcanzar su texto pleno.
En esta apropiación (figuras retóricas, temática, realidad, fantasía, etc.) la crónica se desplaza y practica contigüidades o inmediaciones con el relato, el cuento, el texto poético, la escritura memorial, biográfica, el ensayo, etc., exhibiendo movilidad y densidad significativa. Lo mismo le ocurre a los demás géneros que no toleran definiciones a priori, sentidos externos que los fuercen. Son las obras las que disponen una definición, por lo demás transitoria, a veces meramente epocal, circunstanciada si se quiere.
El último texto del libro, “El cronista inagotable” sobre Daniel de la Vega –según Gana su “maestro”– exhibe de manera pertinente una escuela o modo de ese gran cronista que podemos apreciar en Confesiones imperdonables, una recopilación antológica de sus escritos. Allí, en varias crónicas, ocurre ese desplazamiento genérico ya notado desde la “objetividad”, casi su carácter documental, hacia la creación más propia de un cuento o relato. ¿Cómo entra De la Vega a la casa y pieza de Martín Escobar luego de la parranda en “Las fiestas lejanas”? ¿Cómo no leer en una zona de intersecciones genéricas ese escrito extraordinario que es “Las porcelanas de Limoges”?
A esto se refería Marcel Schwob cuando comentaba el trabajo de Thomas de Quincey en Los últimos días de Immanuel Kant: “Lo que De Quincey pone ante el lector es una obra de no ficción especulativa, sujeta a intromisiones discursivas y a sutilísimas desviaciones biográficas”. Es decir, no está en juego en estas crónicas de Gana lo verdadero/falso, sino lo plausible, y lo logra.
Con esto me doy cuenta de que lo que quiero valorar en Federico Gana son las propiedades de la escritura que desata y pone en juego con verdadero arte.
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