Sea como fuere, estas visitas eran verdadero oxígeno para la vida chilena, no estábamos solos, creaban un espíritu de cuerpo, el lenguaje oído trazaba un horizonte posible a alcanzar.

No sé cómo de pronto me entero de la venida de Mario Vargas Llosa a Chile, al Teatro La Comedia, en calle Merced del centro de Santiago. Lo único que conocía del escritor era La tía Julia y el escribidor, pero con eso bastaba porque ese par de radios limeñas –Panamericana y Central- habían atraído mi atención y curiosidad para saber cómo se armaban esos radioteatros en la mente delirante de Pedro Camacho, quien “no era un hombre sino una industria”, aunque yo era de la generación de la tele y esto sonaba algo anticuado.

De todas maneras, de Vargas se hablaba, se leía en los diarios o revistas, sus libros circulaban en algunas librerías. Era realmente todo un acontecimiento que estuviera aquí, y sobre todo pensando en la absoluta escasez de estos tráficos culturales en ese tiempo de voces de escalafón alérgicas a la labia intelectual.

A esa altura de mis diecisiete años de junio del año 1981, diría que nunca había conocido a un escritor, digo encontrarme con uno de carne y hueso y no sólo en el papel. Un escritor ya era para mí un espécimen de interés. Al tiempo tenía ciertas lecturas que me ponían en la pista, como una buena biblioteca con la que tenía trato en la casa de mis abuelos maternos.

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Aunque, si recuerdo, no figuraban ahí libros de lo que se llamaba “narrativa latinoamericana” o “boom” al que pertenecía el peruano; no, nada “actual” o de los sesenta en adelante, sino clásicos alemanes, ingleses y españoles principalmente, además de mucho libro de historia y arte de gran factura. Mucho libro alemán –algunos con esa tipografía gótica– porque mis abuelos habían estudiado en la Universidad de Berlín en los años veinte, y sin ser alemanes, hablaban alemán todo el día y nos traducían esos libros en lecturas ocasionales.

Es cierto que había conocido -en circunstancias que no voy a detallar ahora- a Alone (Hernán Díaz Arrieta), pero de él se hablaba como crítico y no en este sentido restrictivo de escritor. Aunque hoy lo considero un escritor como cualquier otro. Una buena prueba puede ser Pretérito imperfecto, su libro de memorias. Y ya ostentaba ese pergamino de Premio Nacional de Literatura, aunque ésa es una categoría que puede no decir nada sobre el valor de la obra de un escritor.

Además, se explica fácilmente, las condiciones políticas de la dictadura habían dañado este circuito escritor-libro-lector; si no estabas enterado de dónde ni con quiénes se estaba reconstituyendo este tejido, no tenías idea ni participabas. La vida de uno como adolescente se iba desplegando poco a poco, al compás de la propia vida chilena.

Partí hacia el teatro un sábado nublado y algo frío de mi casa en Brunellesco. Antes de entrar ya se habían formado pequeños grupos, personas que se saludaban y daban besos y abrazos, personas digamos adultas y otras mayores que eso. Se notaba que eran artistas o en general el staff resistente de la cultura. Algo incómodo me sentí porque no conocía a nadie y andaba solo y era el más joven. Hubo ciertas miradas como extrañando mi presencia, pero no más que eso.

La mirada, o el golpe de vista, era fundamental en ese entonces, calibraba la situación, la composición de lugar, el grado de inseguridad soportable en este tipo de reuniones donde la cuestión política iba a estar presente de todas maneras, y la política era lo prohibido en una dictadura. Claro, porque también podía tratarse de un infiltrado, un soplón que a lo mejor andaba husmeando. Eran cuestiones de mucho cuidado en verdad esas reuniones. En ajedrez se dice “es más fuerte la amenaza que la ejecución”.

Pero no me intimidé y entré con todos. Elegí una butaca aledaña al cuerpo principal. No se llenó, pero había un buen número de personas.

Sobre el escenario se dispuso una mesa con una jarra de vidrio con agua y dos vasos. Y, en un instante, aparecieron y se sentaron nada menos que Jorge Edwards y Mario Vargas Llosa. En mi recuerdo veo a Vargas Llosa con un chaleco, sin chaqueta y sin corbata. Edwards hizo el preámbulo. También fue la primera vez que vi a Edwards, aunque ya tenía un hojeo de Persona non grata porque mi padre lo había llevado a la casa y leído entre nosotros. Además, había sido compañero de Edwards en San Ignacio, así es que algunas cosas me había contado de esos años; en todo caso mi padre lo consideraba un cronista y no un novelista, de menor valor que José Donoso en todo caso, quien sí era su referente.

Tonterías de chaval, recuerdo que me pateó la sonrisita permanente de Edwards; yo quería algo serio, solemne, y no eso que calificaba de manera muy antojadiza de levedad en el relato, como que todo lo abarataba, cuando por el contrario la realidad al límite chilena exigía otra cosa. Yo no descubría aún las bondades del humor. Pero de todas maneras lo encontré insípido, desteñido, y no retuve nada de lo que dijo.

Mario Vargas Llosa (la bruja fea en el espejo de mano de José Donoso, como nos enteraríamos años más tarde) comenzó a hablar y presentar su novela La guerra del fin del mundo, lo que formalmente justificaba la reunión. Pero no había libro alguno, físico, porque parece que aún no se editaba. Me doy cuenta, entonces, que el libro era la excusa para comenzar un diálogo encaminado hacia lo que todo el ambiente necesitaba: hablar de Chile. De manera que seguimos por un rato con la guerra de Canudos en el Brasil y en esta megametáfora de lo falaz de ciertos discursos políticos latinoamericanos para justificar tal o cual acción –que también nos aludía–, en un enredo de profetas bíblicos, delincuentes, militares y pueblo engañado.

Pero los asistentes comenzaron a impacientarse un poco con esta realidad de cardos y palmatorias, porque prefería enrocarla por un país más al sur de una loca geografía y con un acento más político.

Y se entró de lleno. Lo que necesitábamos oír se dijo. El novelista se expresaba de manera animosa, captaba la atención, el speech era de frases largas que parecían llegar a cada uno de manera personalizada, contrastando con el espíritu epigramático y sotto voce generalizado del incipiente intercambio público chileno. Se pronunció contra la dictadura y los regímenes totalitarios de cualquier signo, exaltó el valor de la cultura, la democracia y las libertades públicas, como su actividad de escritor. Señaló que ciertos intelectuales callaban ante dictaduras de izquierda o progresistas, pero señalaban de inmediato a las de derecha, utilizando dos varas de medir, y, por tanto, enajenaban el discurso político y la realidad. Esto, como se ve, hoy sigue tensionando a los intelectuales latinoamericanos.

De pronto, un grupúsculo de señoras del planeta negacionista, al oír estas blasfemias (dictadura, derechos humanos, detenidos desaparecidos) comenzó un murmuro y se dispuso a abandonar la sala entre taconeos, aspavientos musculares y frases amargas como “¡será un buen escritor pero de política no sabe nada!”. El público, con toda calma y modales, las vio alejarse sin decirles ni pío.

Pero ya todos estábamos satisfechos y más que colmados. Más fortalecidos anímicamente. Al final me acerqué y le di la mano. Ambos nos dedicamos una sonrisa rubricando la cita. Me fui, contento de haber participado en algo único para ese tiempo.

Años después me haría una ruta más completa de esa visita y daría cuenta de que estaba mucho más armada y protegida de lo que pensaba. Venía en una doble condición de entrevistado/entrevistador para un programa peruano, tal es así que se encontró con la revista La Bicicleta y el equipo en su propia sede, reuniéndose con cantautores, poetas y escritores chilenos; a la revista APSI le dio una larga entrevista; hubo una conversación en Hoy (revista del 10 al 16 de junio de 1981) en la que estuvieron Guillermo Blanco, Ana María Foxley, Ascanio Cavallo, Mauricio Carvallo, Hernán Millas y Juan Andrés Piña.

También se encontró con Nicanor Parra en La Reina, firmó libros en la librería Altamira que daba a Huérfanos, etc. Y entrevistó a ciertos personeros de derecha. Un artículo de Ana María Foxley en ese mismo número de la revista Hoy, dice que “había logrado conversar con Jaime Guzmán, Miguel Kast y Pablo Barahona” (desconozco esos registros). Y también con el “disidente Patricio Aylwin y el obispo Jorge Hourton”.

No había más que agradecerle la visita en ese contexto tan (des)controlado del país. El Vargas Llosa que hablaba aquí era uno que venía girando desde la izquierda a una centro izquierda o socialdemocracia, con desconfianza absoluta en las ideologías dogmáticas. Sea como fuere, estas visitas eran verdadero oxígeno para la vida chilena, no estábamos solos, creaban un espíritu de cuerpo, el lenguaje oído trazaba un horizonte posible a alcanzar.

Y aunque Vargas Llosa continuó con los años transitando más a la derecha y se transformó en una especie de chiche de la misma (ocultando incluso o haciéndose la desentendida de estos episodios y contenidos), me importó un comino porque jamás varió su opinión de la dictadura chilena y, sobre todo, porque vino en el momento justo.

El “año Vargas Llosa” se cerraría de manera rutilante con la presentación en octubre (creo), por Canal 13, del poema de Pablo Neruda Alturas de Machu Picchu, con la notable música de Los Jaivas en las ruinas incaicas, presentado y leído por el escritor peruano. Fue una conmoción nacional.

Creo que Vargas Llosa nunca escribió algo mejor que el prólogo a Gilles de Rais (Bataille), aunque en estas materias las opiniones pueden cambiar cada par de años.