Si uno no adhiere al fascismo de Pound, ¿qué queda del “copión maravilloso”, como lo llamara Gonzalo Rojas? O dicho de otra manera: ¿por qué se le respeta a Pound, incluso en ámbitos políticos contrarios al suyo?
El abogado Julien Cornell cuenta en The Trial of Ezra Pound, que la única vez que el poeta intervino en el juicio por traición, de viva voz, fue cuando el fiscal jefe Isaiah Matlack lo llamó “fascista” al interrogar a un médico. Sin estar habilitado Pound interrumpió de inmediato, se levantó y con voz desafiante dijo: “¡Nunca he creído en el fascismo, maldita sea, me opongo al fascismo!”, hundiéndose luego en el asiento.
Se discutía la salud mental del poeta, si estaba apto o no para comparecer en estrados. Como los psiquiatras con más prestigio determinaron que no, lo internaron en el psiquiátrico de Saint Elizabeths de Washington D.C., salvándole la vida, porque en ese aire triunfal el veredicto de culpable ya estaba escrito y la pena era la muerte.
La actuación más decisiva fue la del doctor Overholser –“testigo estrella” del gobierno, como lo llama Cornell– al no exhibir otra evaluación psiquiátrica de médicos más jóvenes, subordinados suyos, que sí hallaban apto a Pound para el juicio y que sólo lo calificaban de “excéntrico” porque tenían ganas de liquidarlo. Overholser, excediendo sus competencias, le comunicó bajo cuerda este informe a Cornell, abogado de Pound, y le dijo que se mantendría firme en la incapacidad del poeta de Hailey, Idaho.
En la audiencia, uno de los abogados de la fiscalía preguntó por la existencia de otros informes psiquiátricos del personal de Overholser, pero inexplicablemente no pidió la exhibición ni lectura de los mismos, lo que tampoco exigió el juez Bolitha James Laws. Ezra Pound, entonces, pasaría los próximos trece años de encierro en esta institución mental.
Los cargos no provenían del juzgamiento de su obra poética, sino de una especie de abstract oral de la misma emitido en el programa The American Hour, por Radio Roma, perteneciente a la EIAR (Ente Italiano per le Audizioni Radiofoniche), en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Entre las agravantes Pound lo radiaba desde suelo enemigo, pidiendo la insubordinación ante Roosevelt y Churchill de los respectivos pueblos beligerantes.
Comenzando sus Cantos nada menos que con la Odisea del reportero de guerra Homero, un poema épico que cantaban los aedos, su tono no podía ser menos para no defraudar a la tradición. Pound quería intervenir en la contienda. Su poema The Cantos (en curso) estaba hecho para la guerra: es Apocalypse Now, La Guerra del Golfo, la invasión de Gaza, Operación Furia Épica, la guerra en grande, a escala universal. El momento era único, las fuerzas más potentes se hallaban desatadas tal como en sus poemas que le exigían un precio a pagar.
“Me opongo al fascismo” pudo ser una frase oportunista, para salvar el pellejo, de un Pound ya con ataques de claustrofobia, rebrotes de los que había sufrido en el primer encierro militar de Pisa en el Disciplinary Training Center (aquí, y en estas condiciones devastadas, escribió no sé cómo Los cantos pisanos).
¿Y si no hubiera sido tanto? Determinar cuán fascista era Pound, si un 90 o 5%, no tiene sentido, cómo medir esa escala. Dejémoslo como tal, un fascista encandilado con Mussolini y Guido Cavalcanti. Incluso ya en la debacle de la República de Saló, Pound fue al lago de Garda y tuvo reuniones con funcionarios y le envió a Mussolini dos de sus cantos –los 72 y 73- acompañados de una carta (en biografía de Noel Stock); estos “cantos italianos” (escritos en italiano) fueron omitidos por prudencia y luego rehabilitados en publicaciones más recientes. El tono, de pronto, es de choque, dantesco y meditabundo: habla Marinetti: “¡Los dos ciegos! / yo fallé en lo interno, tú en lo actual” (LXXII, traducción de Jorge Aulicino).
Además, todavía pretendiendo influir en la cuestión monetaria y financiera, Pound publicó, entre otros impresos, Oro e lavoro (Oro y trabajo) el año 44, un escrito breve, pero de largo alcance, de líneas en que podemos reconocer fácilmente nuestras contiendas:
“La guerra es el sabotaje supremo. Es la forma más atroz de sabotaje. Los usureros provocan guerras para ocultar la abundancia, ya sea existente o potencial. Las libran para crear hambruna. Es más difícil imponer un monopolio sobre materiales abundantes que sobre materiales escasos. Los usureros provocan guerras para imponer monopolios en su propio beneficio y luego estrangulan al mundo. Los usureros provocan guerras para crear deuda; luego explotan los intereses y las ganancias resultantes de las fluctuaciones en el valor de las unidades monetarias”.
Es lo que Pound tenía entre ceja y ceja: el dinero, la plusvalía, la usurocracia, el poder financiero judío: “Estados Unidos fue vendido a los Rothschild en 1863”.
Una de las influencias más notorias en su ideario, plasmado en la obra poética, fue la del oficial británico Clifford Hugh Douglas, quien publicó Crédito Social en 1924, una elaborada teoría económica en colisión con el liberalismo económico asociado a la banca. Algunas de sus ideas, tales como el “ingreso mínimo”, han sido llevadas a la práctica y ya no se discuten. Y ha habido otros desarrollos actuales a partir del mayor Douglas, tales como pensamiento económico, articulaciones políticas, movimientos sociales, cooperativas, etc., diciendo que está vigente.
Sobre esta pista Pound trata de desenmascarar una libertad digamos manipulada, al servicio de las altas finanzas, o malversada en su significado, y escribe en Oro estas líneas agudas: “El liberalismo oculta su economía perniciosa bajo dos pretextos: la libertad de expresión (oral e impresa) y la libertad personal, protegida, en teoría, por un proceso legal abierto, garantizado por el habeas corpus”. Hemos asistido a debates públicos en distintas materias en los que esta idea se verifica como efectiva y una buena excusa para emprender o financiar lo que sea.
Esta usurocracia, como la denomina el poeta, articula un sistema ofensivo, maneras de posicionarse e influir: escribe Pound: “Debe entenderse que toda la moda literaria y el sistema periodístico completo, controlado por la usurocracia global, tienen como objetivo mantener la ignorancia pública sobre el sistema usurocrático y sus mecanismos. Se conocen los detalles de la traición militar, pero la traición intelectual no se comprende”.
En Radio Roma, como decíamos, su voz entra al combate cuerpo a cuerpo. El tono, de pronto, adquiere ribetes eufóricos: “He dicho que debiera suicidarse (Roosevelt) sobre la escalinata del Capitolio para expiar el mal que ha hecho al pueblo americano”.
Pound también patina en frases panfletarias, ciegas y fanáticas: “Cualquier reforma, cualquier paso hacia el precio justo, hacia el control del mercado, es un acto de homenaje a Mussolini y Hitler. Ellos son vuestros jefes”.
Y luego puede remontar a través de lo que mejor conoce, los personajes o autores con los que trata intelectualmente urdiendo ideas, imágenes, opiniones más finas: Grosseteste, Lorenzo de Medicis, Avicena, Aristóteles, Frobenius, Santayana; o trayendo a la palestra alguna de esas frases ingeniosas e inquietantes de Chesterton: “El periódico es una máquina para destruir recuerdos públicos”. La inmediatez alarmista y unifocal atrapa desalojando el pasado mediato e inmediato.
Por lo expuesto, tal vez sería más productivo que negar o aminorar su fascismo, decir que Pound, más que fascista fue un poundista. Es decir, elaboró todo un sistema de gobierno civilizatorio en que lo mejor pensado de las artes y la cultura regían y daban la medida del mundo, excediendo con mucho al fascismo. El fascismo no tuvo libro (un Das Kapital), los Cantos podrían haber sido esa hoja de ruta yendo mucho más allá del fascismo hasta desprenderse de él; un libro, además, no entregado a las relaciones de fuerza o autoridad de la escritura, sino a un hacer (poiesis) sentido en la progresión lectora; y esto es central: el trabajo poético de Pound desbarata la voluntad subjetiva de alguien que meramente habla o revela, a cambio de una evidencia “material” (obras de cultura desde Confucio a Stravinski) exhibida de manera persuasiva y convocante que habla por sí misma.
Si uno no adhiere al fascismo de Pound, ¿qué queda del “copión maravilloso”, como lo llamara Gonzalo Rojas? O dicho de otra manera: ¿por qué se le respeta a Pound, incluso en ámbitos políticos contrarios al suyo?
No permitió que la poesía retrocediera ante los nuevos saberes de su tiempo (psicología, sociología, economía, etc.) y le dio voz y sentido para intervenir a esa escala de protagonismo. Pound insistió de manera maníaca en que capital igual muerte. El poema “Usura” es esa reflexión. Al tráfago financiero y especulativo en las pantallas de Wall Street lo llamó “estiércol”.
Escribió poemas de una alta vara cultural e intelectual en los que aún resplandece lo mejor.
Fue generoso y fraterno con Ford Madox Ford, Gaudier Brzeska, Cummings, Joyce, Eliot, Basil Bunting, Hemingway, etc., a quienes publicó, financió o alentó en sus proyectos. Participó de la vanguardia artística de su época, demoliendo lo inservible y reciclando la tradición para promover nuevas mentalidades estéticas y reflexivas en pos de algo así como una nueva era humanista.
Legó consejos pedagógicos en El ABC de la lectura, innumerable jurisprudencia poética y frases de alerta: “Es tan importante para el propósito del pensamiento mantener la eficiencia del lenguaje, como en la cirugía mantener libres de bacilos del tétano las vendas del paciente”. Otra muy aterrizada: “Nadie escribe mucha poesía que importe” (en El arte de la poesía).
Ezra Pound, decretada su libertad, zarpa de Nueva York en el Cristoforo Colombo el 30 de junio de 1958 rumbo a Génova. En una escala en Nápoles, el viejo insufrible y agitador, tal vez en un revival de la mente en que se le aparecía Muss desfilando, se fotografía haciendo el saludo fascista ante la estupefacción de los presentes, y fraseando fuerte que Estados Unidos es un hospital psiquiátrico.
Ezra Pound siempre ahí, en el filo de algo que atrae y repele.
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