Sin alternativas viables, lo que aquí vemos es una limitación del desarrollo económico local y profundización de las desigualdades históricas que vienen de la centralización.

Hoy Chile enfrenta una decisión impostergable: ¿cuál es la matriz de transporte que queremos? ¿Una diversificada o seguir profundizando el modelo centralista, caro e ineficiente que se mantiene hasta hoy?

El gobierno de Gabriel Boric parecía querer responder dicha pregunta de una manera: el tren.

Durante décadas, Chile ha apostado por el transporte en carretera. Que, en mi consideración, ha sido un error estratégico que hemos pagado caro. El 98% de las cargas actuales son llevadas por camiones dependientes del diésel, cuyo precio ha sufrido alzas históricas durante los últimos años, siendo la última una de las más considerables, lo que que tensiona la cadena logística pero, aún más preocupante, encarece la vida cotidiana.

Pero el problema no pasa solo por lo económico, es un problema territorial.

En Santiago, luego del alza al combustible anunciado por el gobierno actual, se están discutiendo soluciones parciales que no han llegado ni a raspar la realidad de las regiones de Chile.

Fuera de la capital, existen comunas alejadas que dependen casi exclusivamente de la carretera, lo que ha llevado a su saturación, a servicios de transportes precarios y costos que aumentan exponencialmente para movilizarse o comercializar productos.

Sin alternativas viables, lo que aquí vemos es una limitación del desarrollo económico local y profundización de las desigualdades históricas que vienen de la centralización.

Es por lo mismo que el tren aquí aparece como una necesidad urgente, no como una nostalgia y añoranza del pasado, como se ha querido caricaturizar, sino como una alternativa técnica evidente: el transporte ferroviario es entre tres y cuatro veces más eficiente energéticamente que el transporte por carretera, lo que se traduce en una menor dependencia del petróleo, mayor estabilidad de los costos y una herramienta para enfrentar la crisis que vivimos actualmente.

Pero el tema aquí no pasa solo por eso, sino que el tren también parece una excelente respuesta para articular el territorio.

Su desarrollo permite conectar zonas rurales con centros urbanos, facilita el acceso a servicios básicos y dinamiza la economía local, falencias que el transporte por carreteras, con sus problemas ya señalados, no solucionan, sino que profundizan.

Otro impacto que me parece pertinente señalar es cómo la seguridad también es un factor a considerar. El sistema actual basado en camiones y buses interurbanos registra miles de accidentes al año, además de cientos de vidas que lamentar.

Solo el 2025 se registraron más de 1.470 fallecidos. El tren, por otro lado, opera en vías segregadas y reduce de manera significativa estos riesgos. Apostar por este es también apostar por una política de cuidado de la vida.

Lamentablemente, hemos visto cómo este gobierno ha mantenido una discusión que sigue atrapada en la lógica del centralismo. Proyectos emblemáticos como el tren Santiago-Valparaíso se abandonan o postergan, dejando a las regiones en espera de soluciones reales y estructurales.

Entonces aquí la pregunta es política: ¿queremos un país que siga dependiendo de la capital y sus decisiones tomadas desde allí o uno que invierta en la infraestructura que responda a las reales necesidades de las provincias fuera de Santiago?

Chile no puede seguir avanzando solo sobre ruedas. Necesita volver a los rieles, no por romanticismo, sino por sentido común.