Chile debe recordar que su riqueza no está solo en el litio o el cobre que extrae, sino en su libertad para venderlos al mejor postor y bajo sus propias reglas bajo las condiciones de mercado.
Históricamente, la política exterior de Chile ha descansado sobre un pilar tan pragmático como exitoso: el multilateralismo. Ser “amigos de todos” no era una falta de carácter, sino una estrategia de supervivencia para una economía pequeña y abierta.
Sin embargo, la reciente firma de la “Declaración sobre Minerales Críticos” con Estados Unidos, recién iniciada la nueva administración, parece marcar un quiebre. Bajo la promesa de seguridad y financiamiento, Chile corre el riesgo de cometer el error más costoso en el tablero geopolítico actual: cerrar puertas en un mundo que exige puentes.
Nadie pone en duda que estrechar lazos con Washington ofrece ventajas inmediatas. El acceso a los incentivos de la Inflation Reduction Act (IRA) y el respaldo financiero para proyectos de litio y tierras raras son caramelos difíciles de rechazar.
Pero en geopolítica, no hay almuerzo gratis. Al alinearnos explícitamente con la estrategia de seguridad nacional estadounidense —cuyo objetivo declarado es “reducir la dependencia de China”—, estamos enviando una señal de hostilidad hacia nuestro principal socio comercial.
¿Es conveniente abrir el mercado norteamericano a cambio de enturbiar la relación con el gigante asiático, que hoy compra casi el 40% de nuestras exportaciones? La respuesta corta es no.
China no es solo un comprador de concentrado de cobre; es el líder indiscutido en la cadena de refinamiento y procesamiento de baterías a nivel mundial. Darles la espalda en la cooperación tecnológica o imponer trabas a sus inversiones mineras por presiones externas es, en la práctica, darnos un portazo en nuestra propia cara.
En el escenario actual, el reciente anuncio de la suspensión de exportaciones de ácido sulfúrico de China a nuestro país, a partir de mayo de este año, nos permite apreciar el valor estratégico de la relación. La medida pone en riesgo la producción de cerca del 20% del cobre nacional.
El peligro de estos acuerdos “cerrados” es que limitan nuestra soberanía en la toma de decisiones y nos sitúan en el centro de disputas geopolíticas de otros. Ya lo vimos con la revocación de contratos de fibra óptica bajo presión diplomática; ahora el riesgo se traslada al subsuelo. Si Chile acepta ser un peón en la estrategia de suministro de una potencia, pierde la capacidad de negociar con la otra. Peor aún, queda vulnerable a represalias comerciales que Washington no compensará con subsidios.
La verdadera astucia nacional no debería radicar en la elección entre el capital estadounidense o el mercado chino, sino en exigir a ambos las mismas condiciones: transferencia tecnológica, estándares ambientales y valor agregado local.
Adoptar acuerdos que excluyen actores no es una muestra de alineamiento estratégico, sino una claudicación de la autonomía. Al respecto tenemos mucho que aprender del Perú, que abre sus puertas a la inversión y no acepta condiciones de nadie, con la gran virtud diplomática que nunca dicen que “no”.
Chile debe recordar que su riqueza no está solo en el litio o el cobre que extrae, sino en su libertad para venderlos al mejor postor y bajo sus propias reglas bajo las condiciones de mercado.
Cerrar mercados para abrir otros no es crecimiento; implica cambiar de dueño. En la carrera por la transición energética, el ganador no será el que elija bando primero, sino el que logre extender puentes cuando los otros han cerrado puertas.
Enviando corrección, espere un momento...
