Simpatía en el tono del discurso, la sonrisa fácil, las palabras precisas, la reiteración de ideas fuerza y una voluntad decidida de llevar adelante sus planes al costo que fuera, caracterizaron a todos los jerarcas del Partido Nazi. Eso acompañado de una manera de decir las cosas en la que se mentía sistemáticamente. Como no había los medios de hoy, era muy difícil corregir la propaganda oficial.

La memoria

No sé por qué, pero hace unos días se me vino a la memoria la figura de Paul Joseph Goebbels. Tal vez debe ser porque el próximo 1 de mayo se cumplen 81 años de su muerte: 9 ciclos de 9 años, suficiente, diría alguien, para cerrar etapas. Pero no, en lugar de eso, se reaviva la memoria, probablemente porque suceden hechos simbólicos o se repiten historias, estéticas, maneras de hacer las cosas.

Ese estilo fino, atildado, siempre sereno, con una sonrisa pronta y cierta amabilidad para referirse a todas sus intenciones. Si se revisan sus discursos –buenos discursos, bien hechos, con precisión de lenguaje y uso intencionado de todas las palabras– jamás encontraremos exabruptos, aunque si palabras duras.

Como la idea del “fracaso alemán”, de la mano de los conductores de la guerra europea (llamada “mundial”) iniciada el año 1914. Se refería no sólo a quienes fueron derrotados en la guerra, también a los que, en un intento de democratizar el país (que no conocía de democracia más que en las teorías de grandes pensadores) ocuparon el poder.

Ellos, según la mirada de los triunfadores en la elección de 1933, fueron un gobierno fracasado, con inestabilidad política, que destrozaron la hacienda pública, que gastaron dinero de más, que permitieron el crecimiento de los partidos de izquierda, no fueron capaces de detener la creciente inseguridad y facilitaron todo tipo de maniobras que iban en desmedro de la grandeza de Alemania.

La propaganda

El lema propagandístico del Partido Nazi era que se debía poner fin al gobierno fracasado y enfrentar la emergencia nacional, pues, en su discurso, Alemania había sido llevada por esos gobernantes a un estado deplorable. Con esa mirada, conducida hábilmente por el equipo de propaganda, el Partido Nacional Socialista Alemán (Partido Nazi), fue ganando las elecciones hasta conseguir, a fines de 1932, convertirse en la mayor fuerza del parlamento.

Este resultado, más las presiones discursivas y propagandísticas tan bien llevadas, a lo que se unía la división política de todos los partidos de cierta raigambre democrática, incluso algunos de la derecha, produjo que el presidente Hindenburg nombrara como Primer Ministro a Hitler.

En ese triunfo electoral fue clave Goebbels, quien estuvo a cargo por varios años de las campaña de propaganda en la línea indicada, recibiendo la “ayuda” de las circunstancias internacionales derivadas de la llamada Gran Depresión de 1930.

En ese clima, el Partido fue consolidando sus avances electorales hasta conseguir alcanzar la conducción del gobierno. Una de las primeras acciones fue la Ley Habilitante de marzo 1933 que le permitió dictar numerosos decretos con carácter de ley sin que debieran pasar por el Parlamento.

Ya en el gobierno

Al asumir el gobierno, Goebbels asumió como ministro de Ilustración Pública y Propaganda, cargo que ejerció hasta su muerte el 1 de mayo de 1945, cuando se suicidó para “no vivir en una Alemania sometida al terror bolchevique”.

Simpatía en el tono del discurso, la sonrisa fácil, las palabras precisas, la reiteración de ideas fuerza y una voluntad decidida de llevar adelante sus planes al costo que fuera, caracterizaron a todos los jerarcas del Partido Nazi.

El primer esfuerzo fue sacar a los comunistas del escenario político, para luego ir eliminando a todos los que podían poner límite a su poder, manejando el discurso con mucha habilidad.

Por ejemplo, si se tomaba una medida que podía resultar impopular, rápidamente se anunciaban paliativos, suspensiones, postergaciones, pero al mismo tiempo se buscaba a culpables en el régimen anterior y en los partidos opositores, y luego se seguía adelante con la medida teniendo a otros como culpables de que se tuviesen que tomar esas decisiones.

Y todo esto acompañado de una manera de decir las cosas en la que se mentía sistemáticamente. Como no había los medios de hoy, era muy difícil corregir la propaganda oficial. Hoy, si un vocero de gobierno se equivoca, alguien lo rectificará, aunque luego igual se puede reiterar el discurso con nuevos matices y la mentira allí queda.

Las ganas de creer

Leí hace algunos días en internet –a propósito de que el líder del PNL en Chile, Kaiser, denunciara que la izquierda está organizando activistas digitales para atacar al gobierno de Kast y se pregunta quién los paga– lo siguiente: “Kaiser tiene razón. Están pagando por desinformación y fraude mediático con la plata que robaron durante Boric. Más Vale que Kast se ponga las pilas”.

Quien dice eso no es un funcionario de gobierno, sino simplemente un partidario ferviente del nuevo gobierno que cree en ese discurso de que en el gobierno de Boric sus colaboradores de confianza robaron.

Todo ello desarrollado a partir de dos o tres casos en que eso sucedió, que están siendo tramitados en la Justicia y que fueron perseguidos por el gobierno en su oportunidad con la dureza de la ley. Hubo más casos, pero que no solo no eran partidarios de Boric, sino que incluso en uno de ellos estuvo involucrado un gobernador de la Derecha y un diputado del Partido de Kast. Ha habido alcaldes y funcionarios municipales que han cometido fraudes, pero ellos son de distintos grupos y tendencias.

Sin embargo, se repite que el gobierno de Boric robó y con eso se sigue adelante. Las personas comienzan a creer, porque es mejor aceptar esa “verdad”, que enfrentar las cosas como son efectivamente. El riesgo que se corre es que esa mentira disfrazada de verdad, se imponga sobre la realidad, tal como sucedió con la propaganda nazi hace tantos años y con la propaganda de tantas dictaduras, muchas de ellas aún vigentes en el mundo. Y cuando digo “dictaduras”, me refiero tanto a las manifiestas como a las encubiertas, con discursos de izquierda y de derecha.

No hay límites externos

El fundamento de todo esto –tal vez por eso me aparece Goebbels en la memoria– es que hay algunos que asumen que ellos lo saben todo, que todo lo pueden hacer bien, que no hay más límites que su propia ética, que antes que los “enemigos” ataquen hay que combatirlos, que es necesario que desaparezcan todos los que pueden poner en peligro su poder.

Se miente en el discurso, se acomodan las cosas.

Cuando alguien rectifica, se producen ciertos movimientos, para volver a la carga con lo mismo, porque la decisión es continuar sin límites.

Cuando un comunicador dice que el país está en quiebra, se levantan voces en contra, pero a los pocos días, sin volver a usar la palabra, se insiste en el concepto de fondo: las medidas que hay que tomar por el estado en que los gobiernos fracasados nos entregaron el país. Y lo digo en plural, porque recordemos que el actual presidente de Chile fue opositor de Piñera y dijo que su gobierno había fracasado y lo culpó directamente del triunfo de Boric.

Finalmente, el tema es el estilo que Goebbels impuso y que muchos, que incluso se visten de demócratas y republicanos, han seguido usando.

¿Quién gobierna en Chile?

Hoy en Chile no gobierna la derecha.

Vemos en este primer mes (menos) que en los grupos y partidos de las tendencias más conservadoras se han levantado ciertas voces que manifiestan su desacuerdo con actitudes, discursos, frases y decisiones del actual gobierno.

Esa derecha política y técnica, observa el riesgo del discurso en el que prima la voluntad de ejercer el poder sin más límite que su propia convicción. Como dijo tan gráficamente la Ministra de Seguridad cuando se le pidió explicaciones por su intervención que culminó con la salida de una alta funcionaria de la Policía: “Porque puedo”.

Es decir, si puedo sigo adelante. Si puedo, andaré a exceso de velocidad y pasaré las luces rojas. Si puedo, no respetaré las filas. Si puedo aplico la ley a mi amaño. Si puedo, eludo impuestos. Si puedo, acomodo los hechos a mis versiones y no me preocupo de la verdad.

Así fue en la dictadura de Pinochet. Así lo intentaron hacer autoridades de Carabineros que han terminado condenadas en un sonado juicio que se llevó adelante en Temuco, cuando inventaron pruebas en contra de personas para poder apresarlas.

Hoy en Chile hay sectores de la derecha que miran con preocupación algunas de las cosas que están sucediendo o las decisiones que se están tomando, que pueden ser anticipos de otras situaciones más graves aún.

Hoy en Chile gobierna el “pinochetismo”, aquellos que apoyaron la dictadura, que lucraron con ella, que sintieron sus beneficios. Aquellos que miran con “comprensión” a los violadores de los derechos humanos y justifican lo vivido. Aquellos que quieren desarmar todo lo que huela a defensa de los derechos humanos, su promoción y protección.

Aquellos que rechazan los temas ecológicos y afirman que los daños del cambio climático son un invento. Aquellos que creen que todos los que piensan distinto son comunistas, manifiestos o encubiertos, seres a los que se considera malvados. Aquellos que creen que solidarizar y ayudar a las víctimas del sionismo son terroristas o que justifican la violencia.

Aquellos que suponen, como lo preguntaba una encuesta que me llegó hace unos días, si hay que reponer la pena de muerte, si toda persona sospechosa de ser delincuente debe ser encarcelada preventivamente, si la policía debe disparar contra todo sujeto que le parezca delincuente en forma preventiva.

Recuerdo a Goebbels en este aniversario.

Hay que evitar que ese ejemplo cunda y ésa es tarea preventiva de todos los que creemos en la democracia. Así las tentaciones de aplicar la voluntad para imponer las conductas de un grupo que ganó las elecciones, puedan ser limitadas. Es hora de todos, derechas, izquierdas, centristas, para que nadie luego se escude diciendo “yo no sabía”.