Hoy el gobierno cae en su desaprobación no solo por lo que hace, sino por cómo lo hace.

Hay algo que el gobierno de Kast todavía no entiende: Chile no es un matinal donde gana el que habla más duro ni el que pone la cara más seria. Gobernar es otra cosa. Es decidir, sí, pero también es saber cuándo no pegarse un balazo en el pie. Y en estas primeras semanas, el Ejecutivo ha hecho exactamente eso: dispararse solo, una y otra vez.

Partamos por lo obvio, lo que le pegó directo al bolsillo a la gente: el MEPCO. Porque una cosa es hablar de responsabilidad fiscal en campaña —suena bien, ordenado, incluso necesario—, pero otra muy distinta es llegar a La Moneda y decirle a las familias que ahora sí, que el discurso se traduce en pagar la bencina mucho más cara. Sin anestesia. Sin red. Sin empatía.

¿Era inevitable? Puede ser discutible. ¿Era políticamente suicida hacerlo así? Absolutamente.

El problema no es solo la decisión, es la torpeza. Porque si vas a tomar una medida impopular, al menos prepara el terreno. Explica, convence, construye apoyo. Pero acá no hubo nada de eso. Hubo una mezcla extraña entre soberbia técnica y desconexión total. Como si bastara con decir “no hay plata” para que la gente, mágicamente, lo entendiera y lo aplaudiera.

Spoiler: no funciona así.

Y mientras la clase media hace malabares para llegar a fin de mes, el gobierno se enreda solo en su segundo gran error: la seguridad. El tema donde Kast prometió ser imbatible hoy es, paradójicamente, donde más dudas genera.

Lo de la ministra y el conflicto con la subprefecta de la PDI no es un detalle chico. Es una señal. Una muy mala señal. Porque cuando empiezas a sacar piezas clave de inteligencia sin explicaciones claras, lo que transmites no es autoridad, es desorden. No es liderazgo, es improvisación.

Y en seguridad, la improvisación se paga caro. No en encuestas, en la vida real.

Aquí hay algo más profundo: este gobierno llegó creyendo que tenía todas las respuestas. Que bastaba con voluntad política y mano firme. Pero la realidad es más terca. Gobernar no es una caricatura de campaña. No es un eslogan. Es gestionar conflictos complejos con equipos sólidos y decisiones inteligentes.

Y hasta ahora, lo que vemos es un gobierno que no solo toma decisiones discutibles, sino que además las comunica pésimo.

Porque sí, la comunicación importa. Y mucho. No puedes decir que el país está prácticamente quebrado y al mismo tiempo esperar calma social. No puedes hablarle a la ciudadanía como si fuera un comité de expertos. No puedes gobernar sin conectar. Eso también es un error no forzado. Y de los más graves.

Ahora, ojo: sería demasiado fácil quedarse solo en la crítica. Porque mientras el gobierno se equivoca, la oposición también tiene un espejo incómodo al frente.

El socialismo democrático tiene hoy una oportunidad de oro. Pero también una tentación peligrosa: la de transformarse en comentarista del desastre ajeno. En aplaudir cada tropiezo como si eso, por sí solo, lo devolviera al poder. Ese camino ya lo conocemos. Y termina mal.

Si de verdad quieren ser alternativa, tienen que hacer algo mucho más difícil: actuar como oposición responsable. Sí, suena poco sexy. No da likes. Pero es lo que Chile necesita.

¿Qué significa eso en concreto? Primero, dejar de gritar desde la galería y empezar a proponer en serio. Si el MEPCO está mal manejado, entonces pongan sobre la mesa una alternativa creíble. No populismo barato, no promesas imposibles. Soluciones.

Segundo, ponerse firmes en lo institucional. Lo de la PDI no puede pasar como una anécdota más. Aquí se requiere claridad, estándares, límites. No para debilitar al gobierno, sino para fortalecer el Estado. Que no es lo mismo.

Y tercero, recuperar algo que parece olvidado: el sentido de realidad. Chile no está para experimentos ni para trincheras eternas. Está para acuerdos incómodos, para reformas posibles, para política de verdad.

Porque al final del día, esto no se trata solo de Kast. Se trata de si el sistema político chileno aprendió algo o no.

Hoy el gobierno cae en su desaprobación no solo por lo que hace, sino por cómo lo hace. Por decisiones mal calibradas, por errores evitables, por una desconexión evidente. Pero la historia no termina ahí.

La pregunta incómoda es otra: ¿hay alguien al frente capaz de hacerlo mejor?

Porque si la respuesta sigue siendo “más de lo mismo”, entonces el problema ya no es solo el gobierno. Es todo el sistema. Y eso, a diferencia del precio de la bencina, nos va a salir muchísimo más caro.