Mientras el gobierno se retiraba con dignidad institucional, la izquierda que queda en la oposición enfrenta un verdadero papelón: todavía no tiene rumbo. Y ese problema no se resuelve con nostalgia ni con indignación permanente.

Las transiciones políticas dicen mucho de un país. No solo por los discursos, sino por los gestos mínimos, esos detalles casi domésticos donde se ve si una democracia ha madurado o sigue viviendo de sus propias tensiones.

La retirada del gobierno de Gabriel Boric dejó una imagen que probablemente será recordada más por su tono que por su dramatismo: el pequeño papelito que el presidente dejó al sucesor. Un gesto cariñoso, casi íntimo, más cercano a la cortesía universitaria que a la épica republicana.

No hubo dramatismo, ni ceremonias cargadas de simbolismo resentido. Nadie se llevó la piocha presidencial escondida en el bolsillo, como ocurrió en 1990 cuando Augusto Pinochet abandonó el Congreso aferrado a ese símbolo en su estilo de ratero.

Esta vez la escena fue otra: ministros que se retiraron con calma, sin portazos ni declaraciones grandilocuentes, como si comprendieran que el ciclo político había terminado y que el país seguía funcionando al día siguiente.

La escena más notable fue probablemente la del ministro del Interior, Álvaro Elizalde. Cuando dejó el palacio no lo hizo en una caravana solemne ni en un vehículo oficial escoltado por motos. Cruzó la calle y se fue en bus a Santiago acompañado de su esposa.

Y no era la primera vez que protagonizaba una escena así: cuando años atrás salió de La Moneda lo hizo en metro. Luego volvió al gobierno en el siguiente ciclo progresista. Si la política chilena mantiene su curiosa tradición de cábalas, Elizalde podría perfectamente regresar en la próxima ronda.

Lo llamativo es que todo esto ocurrió después de semanas de tensiones políticas que parecían presagiar un final más áspero. Hubo disputas públicas, controversias por el cable chino, recriminaciones por actos cívicos y un clima de desconfianza que por momentos hizo pensar que la transición sería un campo de batalla retórico. Sin embargo, al final prevaleció una salida ordenada, sobria, donde el presidente Boric entendió perfectamente su rol de Estado, más allá del teatro político.

Pero mientras el gobierno se retiraba con dignidad institucional, la izquierda que queda en la oposición enfrenta un verdadero papelón: todavía no tiene rumbo. Y ese problema no se resuelve con nostalgia ni con indignación permanente.

El camino más fácil será intentar convertir cada decisión del nuevo gobierno de Kast en una crisis, transformar la crítica política en oposición total. Esa tentación es comprensible, pero también profundamente estéril. Una oposición que solo grita termina hablando consigo misma.

Defender lo realizado por el gobierno de Boric y por los gobiernos progresistas anteriores es legítimo. Hubo reformas importantes, avances institucionales y decisiones que marcaron una época. Pero la autodefensa no puede convertirse en refugio intelectual.

Las elecciones se pierden por razones bastante más concretas, y la derrota de la izquierda tiene una explicación menos sofisticada de lo que muchos prefieren admitir. Simplemente se alejó de las demandas elementales de la vida cotidiana.

Entre ellas, ninguna se volvió tan decisiva como la seguridad ciudadana. Durante décadas fue un tema relevante pero relativamente estable en Chile, una preocupación que existía pero que no definía por sí sola el clima político del país. Eso cambió en los últimos años.

El aumento de los delitos violentos, la expansión del narcotráfico en barrios populares, los portonazos convertidos en rutina urbana y la sensación de impunidad terminaron instalando una inquietud transversal que atraviesa clases sociales, generaciones y territorios.

Por mientras el presidente se paseaba en bicicleta, los convencionales se duchaban y disfrazaban para escribir una nueva Constitución y el gobierno mostraba datos diciendo que había bajado la delincuencia. Pero el problema era que la seguridad dejó de ser una estadística y pasó a ser una experiencia cotidiana.

Para millones de personas la política dejó de hablar de lo que realmente importa: llegar a fin de mes sin que el sueldo desaparezca a mitad del mes, regresar a casa sin miedo a un asalto en la esquina, caminar por barrios donde las incivilidades no sean la norma, o simplemente confiar en que cuando ocurre una emergencia el Estado será capaz de responder con rapidez. Son problemas prosaicos, incluso aburridos para ciertas élites ilustradas, pero son precisamente los que organizan la vida real de una sociedad.

En lugar de enfrentar ese cambio cultural, una parte importante de la izquierda prefirió incomodarse con el tema. Durante años habló de seguridad como si fuera una concesión retórica a la derecha, como si preocuparse por el delito y hacer valer el Estado de Derecho implicara abrazar un discurso autoritario. Y se prefirió seguir haciendo la política de venimos a cambiarlo todo.

Porque para la mayoría de los ciudadanos la política no es una batalla cultural permanente. No esperan que los gobiernos ganen discusiones ideológicas en redes sociales ni que definan la hegemonía simbólica del país. Esperan algo bastante más simple y bastante más exigente: que resuelvan problemas concretos.

– Que la policía llegue cuando se la llama.
– Que el camino a casa sea seguro y tranquilo.
– Que la economía permita vivir con cierta estabilidad.
– Que el Estado aparezca cuando realmente se lo necesita.

En sencillo, la historia de la sociedad no se escribe sólo con ideas, sino en gran medida por las condiciones materiales de la vida. La frase no es de los Amarillos, Demócratas u otros que cruzaron el río, sino de Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte.

Antes de cualquier proyecto ideológico, antes de cualquier promesa emancipadora, los seres humanos deben resolver las condiciones materiales de su existencia. Tal vez la tarea más urgente de la izquierda sea volver a leer al viejo Marx, pero de verdad, para entender por qué una parte importante del país decidió que era momento de cambiar de dirección.