En los sistemas presidenciales latinoamericanos, y de manera aguda en Chile, esta lógica ha sido reemplazada por negociaciones rápidas, personalizadas y pobres en contenido programático, que no construyen estructura sino coexistencia precaria.

José Antonio Kast ha decidido escribir el prólogo de su gobierno durante el verano chileno. Antes de comenzar el mandato oficialmente, ha construido su camino para el arribo al poder. No desea despegar el día en que asume, desea ya volar para entonces.

De momento es una apuesta, no sabemos si lo terminaremos viendo como un acto de sabiduría o como una prisa inútil. En cualquier caso, al configurar este prólogo ha echado a correr su historia presidencial. Y por esto es importante comenzar con el análisis de lo que dejan estas semanas.

Los primeros instantes son fundamentales en el proceso de estructuración de cualquier fenómeno, físico, químico, biológico o social. En el comienzo no está el verbo, sino una sopa amorfa, una mixtura, una heterogeneidad tan indefinida que parece homogenidad. Es el tiempo de formas que no se han consolidado. Solo después de ese proceso nace la identidad, el verbo, la claridad. Así son los procesos de organización. Vale para todo. También para un gobierno. Las primeras jugadas construirán la identidad, la que a su vez podría no llegar a prosperar.

En esta columna analizamos el caso de José Antonio Kast y su momento de presidente electo, que ha sido institucionalizado con una agenda presidencial y con una oficina presidencial específica en calidad de electo. El gesto, quizás publicitario, necesariamente toma fuerza porque (inexplicablemente) decidió asumir antes de tener potestades, ablandando su perspectiva de un jugador resoluto, asunto que le ayudó a ganar ante el perfil opuesto del presidente Boric.

Con las primeras semanas y ya anunciado el gabinete ministerial, se puede comprender algunos de los rasgos que permiten analizar estratégicamente la forma en que el nuevo gobierno prepara su arribo. Pero su propio diseño no es todo, también están las variables de contexto que serán relevantes.

Considero tres aspectos como los elementos más complejos para el nuevo gobierno: en primer lugar, el riesgo de un gabinete con poco espesor político y sin visos de coordinación doctrinaria. En segundo lugar, el carácter inédito del escenario internacional para Chile, que supone poca experiencia en administrar dicho contexto. Y en tercer lugar, lo que llamaremos el síndrome de Boric, esto es, la falta de diseño de la estructura de coalición de gobierno.

a) El gabinete

El gabinete del presidente electo José Antonio Kast no tiene un perfil claro. No está claro si quiere marcar sus propias confianzas, si pretende usar el poder como ruptura con las estructuras políticas anteriores o si quiere un gobierno de emergencia sin profundidad política, buscando pasar de curso, en una especie de gobierno interino con foco en el pragmatismo económico.

¿Es un proyecto político? ¿Desea sortear o resolver la crisis institucional que arrastra Chile? Hasta el momento tenemos orientaciones, pero no claridad. Esto es importante para un gobierno que promete orden y una mejora relevante ante la percepción pública sobre un gobierno institucionalmente débil como el del presidente Boric.

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Hay una expectativa de orden. No solo de orden público, sino de orden del sentido: que las piezas encajen, que el gesto de haber ganado el poder se tradujera en una forma reconocible de gobierno. ¿Cómo cumple el gabinete ante esta búsqueda?

De momento vemos una silueta irregular, como si hubiese sido armado con piezas de juegos distintos. Lo primero que llama la atención estratégicamente no son los nombres, sino una disonancia.

En los ministerios donde se juega la economía, el comercio, la relación con el mundo, aparecieron figuras frías, pragmáticas, casi impersonales. Técnicos, ejecutivos, hombres y mujeres del cálculo, del equilibrio fiscal, del “no hagamos olas”. En cambio, en los ministerios simbólicamente más cargados —Justicia, Defensa, Mujer— surgieron nombres que parecían elegidos no para administrar, sino para marcar, provocar, recordar.

Como si el gobierno hubiese decidido hablar con dos voces que no se escuchan entre sí: una que susurra números y otra que grita historia. Tiene algo del gobierno de Boric: algunos ministros técnicos para dar confianza, pero sin protagonismo público; otros ministros más activos, a veces vociferantes, que marcan el significado del gobierno, aunque no están a cargo realmente de nada muy importante para el propio gobierno.

Se aprecia una diferencia clara entre las carteras asociadas a definiciones simbólicas y aquellas vinculadas a la gestión económica. En áreas como Justicia, Defensa, Mujer o Derechos Humanos se concentran figuras cuyo nombramiento ha sido leído públicamente desde claves históricas y valóricas, mientras que en Hacienda, Economía o Relaciones Exteriores predominan perfiles técnicos, con experiencia en el mundo empresarial o financiero, y con un énfasis pragmático en la gestión. Ambas dimensiones coexisten sin una continuidad evidente en términos de estilo o trayectoria.

Esa mezcla es extraña porque rompe la lógica clásica del poder. Normalmente, cuando un gobierno quiere disputar el sentido moral de una época, alinea todo el aparato en esa dirección. Y cuando quiere simplemente administrar, baja el tono simbólico.

Aquí ocurre lo contrario: se eleva la tensión moral justo en los espacios donde menos capacidad estructural hay para sostenerla, mientras se neutraliza cualquier épica en los lugares donde realmente se decide el rumbo del país. Se provoca sin construir, se ajusta sin narrar.

Quizás el único jugador que logra cuadrar el círculo hasta ahora es el futuro ministro Poduje, que construye una doctrina para marcar las huellas de una nueva forma de mirar los permisos ambientales según la cual en Chile se protege más a los humedales (o roedores) que a los pobres. La frase, compatible con Marx, que planteaba que las sociedades liberales tienden a construir formas morales avanzadas y sofisticadas mientras reproduce la miseria humana, sacralizando abstracciones por sobre la realidad material. La crítica actual de la ultraderecha mundial y el trumpismo tiene este antecedente por izquierda, ya que se protegen valores universales al mismo tiempo que se abandona al ciudadano concreto.

Volvamos al gabinete. Hay también otra rareza, más silenciosa: este no es un gabinete de partido. El presidente llega desde una fuerza que prometía identidad, ruptura, coherencia doctrinaria. Pero gobierna con un elenco prestado, fragmentado, ensamblado por funcionalidad o por confianzas personales, más que por pertenencia a un proyecto. No es un gabinete republicano en sentido orgánico, sino una coalición de ocasión.

Eso lo vuelve frágil, sin lealtades profundas, sin proyecto compartido, con predominio de coincidencias tácticas. El Partido Republicano no es precisamente un partido de grandes miradas estratégicas. De hecho, extrañarán el rol que podría otorgar como ministro Arturo Squella, indudablemente el mejor jugador estratégico del partido. No sería extraño que se le necesite en el futuro.

Un elemento desconcertante es la aproximación voluntaria de Kast a su principal flanco: el pinochetismo. Tal y como los datos muestran que Boric quedó pegado a Allende (véase mapa factorial de la última encuesta de La Cosa Nostra), el riesgo de Kast es quedar atrapado en el legado de Pinochet.

Por eso es extraño que haya seleccionado dos figuras que reactivan el pasado más conflictivo del país, el pinochetismo, sin que exista un proyecto que las sostenga en un país donde no hay arquitectura autoritaria y no hay doctrina de poder. Es una evocación sin sistema, un fantasma convocado sin ritual. Provoca rechazo, pero no organiza obediencia. Abre heridas sin ofrecer cierre. Es una anomalía política donde se expresa un alto costo simbólico en la decisión, pero bajo rendimiento estructural en la política.

Vemos a continuación el mapa donde se verifica la cercanía entre Boric/Allende y Kast/Pinochet.

La promesa de orden también choca con una vocería que no calma, no estabiliza, no encuadra. Por el contrario, se expone, se explica y se corrige. Además, nuevamente estamos ante una situación semejante a la de Boric, eligiendo una vocería de estilo similar.

Elegir una mujer joven, orientada a la televisión y de estilo duro fue una continuidad inesperada. ¿Cuál era la virtud? Es una apuesta extraña. La vocería gubernamental se aparta de lo esperable en gabinetes orientados al orden y la contención. El estilo adoptado es más visible y mediático que técnico o reservado, lo que introduce una dinámica distinta a la habitual en gobiernos que priorizan el control institucional del mensaje.

Finalmente, al observar el conjunto, el gabinete muestra una orientación centrada en la administración de problemas inmediatos —seguridad, ajuste fiscal, control institucional— más que en la explicitación de un horizonte programático de largo plazo. La estructura ministerial aparece organizada en torno a funciones de contención y corrección, sin que emerja con claridad una narrativa articuladora que unifique las distintas áreas del gobierno.

b) La primacía del escenario internacional

El gobierno de José Antonio Kast se insertará en un contexto internacional y estructural que no es neutro ni pasivo, sino altamente incidente sobre la acción gubernamental. Será el primer gobierno posdictadura con alta incidencia internacional donde la estrategia de relaciones exteriores puede ser, muchas veces, más importante que la política del ministerio de Interior.

El primer rasgo de ese entorno es el retorno pleno de la geopolítica como factor ordenador. El mundo dejó de operar bajo la premisa de una economía global homogénea y previsible, y volvió a estructurarse en torno a intereses estratégicos, zonas de influencia y decisiones políticas que afectan directamente los flujos comerciales, financieros y logísticos. Para un país como Chile, esto implica una reducción sustantiva del margen de autonomía discursiva y política, ocurriendo que las definiciones internas comienzan a tener consecuencias externas inmediatas, incluso cuando no exista una voluntad explícita de alineamiento.

En este marco, América Latina ha recuperado relevancia estratégica, pero bajo condiciones mucho más exigentes que en el pasado. La región es observada como espacio de provisión de recursos, de reorganización logística y de disputa geopolítica, pero ya no como una zona a la que se le conceda indulgencia política o institucional.

La estabilidad ya no se presume; debe demostrarse de manera permanente. Esto significa que cualquier gobierno chileno enfrentará una vigilancia intensa respecto de su capacidad de gobernar conflictos, sostener reglas claras y mantener niveles aceptables de legitimidad política y social. En ese contexto, el estilo de conducción y la forma en que se procesan las tensiones internas adquieren una dimensión internacional.

A esto se suma un cambio estructural en el sistema económico global. La centralidad de las finanzas abstractas se ha reducido, mientras aumenta el peso del comercio real, de la logística y del territorio. El valor ya no se juega principalmente en indicadores financieros agregados, sino en la capacidad efectiva de operar sin interrupciones, de sostener cadenas de suministro y de administrar fricciones sociales y territoriales. Para Chile, cuya ventaja comparativa histórica ha sido la confianza institucional, este cambio es particularmente sensible. La institucionalidad sigue siendo un activo, pero se encuentra erosionada, y cualquier señal de inestabilidad interna impacta de forma directa en la percepción externa del país.

En paralelo, se observa un declive general de la capacidad ordenadora de las instituciones, acompañado por una reducción de la legitimidad como atributo automático del poder. La legalidad formal ya no garantiza aceptación social ni reconocimiento externo. La legitimidad se construye en el terreno de las percepciones, de la proporcionalidad de las decisiones y de la coherencia entre norma y experiencia social.

En este escenario, los gobiernos son evaluados no solo por el cumplimiento de reglas, sino por su capacidad de producir sentido de justicia y de evitar la percepción de arbitrariedad. Esta lógica atraviesa fronteras y se proyecta hacia actores internacionales, inversionistas y organismos multilaterales.

El conflicto, además, deja de ser una anomalía para convertirse en una condición permanente de la época. Las tensiones sociales, territoriales y culturales no aparecen como episodios excepcionales, sino como elementos estructurales de la gobernabilidad. Esto implica que la gestión del conflicto se vuelve un factor central de evaluación política. Cada conflicto interno tiene hoy la capacidad de amplificarse, de ser observado desde fuera y de incidir en la reputación internacional del país. La frontera entre lo interno y lo externo se vuelve porosa, y las decisiones domésticas adquieren una dimensión sistémica.

Chile, en este contexto, aparece como un caso límite. Es un país que ha mostrado una notable resiliencia institucional, capaz de sobrevivir a crisis profundas y a fracasos políticos significativos, pero al mismo tiempo exhibe fisuras persistentes en ámbitos clave como la legitimidad, la confianza y la cohesión social.

Su proyección internacional descansa en gran medida en la idea de orden institucional y previsibilidad, justamente los elementos que se encuentran en disputa. Por ello, cualquier gobierno enfrenta una tensión estructural entre la promesa de estabilidad y la fragilidad del entorno en que esa promesa debe materializarse.

En síntesis, los factores internacionales que incidirán sobre un gobierno de José Antonio Kast no operan como presiones externas puntuales, sino como un marco estructural que condiciona la acción política.

La geopolítica activa, la mayor exigencia reputacional, el predominio de la economía real y logística, la centralidad de la legitimidad por sobre la legalidad formal y la normalización del conflicto configuran un escenario en el que la gobernabilidad interna y la inserción internacional se vuelven inseparables.

En ese contexto, la capacidad de administrar fricciones, producir legitimidad y sostener coherencia institucional se transforma en una variable decisiva del desempeño gubernamental.

José Antonio Kast ha tenido en sus primeras semanas de presidente electo un elevado esfuerzo de relacionamiento internacional. Los siguientes son los viajes realizados:

1. Argentina – Fue su primer viaje internacional tras ganar la elección, donde se reunió con el presidente Javier Milei en Buenos Aires.

2. Ecuador – Visitó Quito para hablar con el presidente Daniel Noboa y establecer acuerdos y diálogos bilaterales.

3. Perú – Se reunió con el presidente interino de Perú, José Jerí, para conversar coordinaciones sobre migración irregular, crimen organizado y otros temas. Se invalidó la tesis del corredor humanitario para migrantes en retorno desde Chile.

4. El Salvador – Realizó una visita centrada en seguridad y combate al crimen organizado, incluyendo un encuentro con el presidente Nayib Bukele y la visita a la mega-prisión CECOT.

5. República Dominicana – Parte de su agenda regional en temas de cooperación y seguridad.

6. Panamá – Participó en un foro regional en la ciudad de Panamá, reuniéndose con diversos actores políticos incluidos otros jefes de Estado.

Los viajes de Kast son todavía incomprensibles (quizás se entienda con posterioridad). Con una agenda centrada en seguridad y migración, con poco espesor estratégico, su debut internacional no parece tener más camino que el tanteo.

Da la impresión de que solo Perú y El Salvador eran viajes que consideraba necesarios. En el caso peruano se desechó el corredor humanitario, asunto que el presidente electo y su equipo sabían que no podía ser diferente. Fue inteligente desecharlo antes de comenzar, no pagará costos. Por el otro lado, El Salvador era fundamental para construir la estructura comunicacional que funciona en Chile asociando a Bukele con una derecha autoritaria, siendo el principal legitimador de esa agenda en América Latina.

Esto último está basado en la ausencia de información porque Bukele es evidentemente un personaje más complejo, con cierto bonapartismo, que además está lejos de tener una alianza fuerte con Estados Unidos (referencia de Kast), sino que gestiona unas relaciones exteriores intensas con las dos potencias mundiales y, mediante detalles, muestra una perspectiva crítica frente a Estados Unidos, como cuando en CPAC del Partido Republicano afirmó que el valor del dólar era una burbuja.

Más allá de los viajes, José Antonio Kast tendrá que establecer una muy difícil política internacional, distinta a la histórica de Chile, más bien higiénica y con escasos escenarios de doble presión. Pero el problema (o al menos la dificultad) es mayor.

No solo el mundo está más complejo con alta densidad en geopolítica y guerras. Y no solo se están jugando unas estructuras de poder muy distintas a las que conocíamos (tecnología, espacio, minerales críticos, por ejemplo), sino que además muchísimos países principales están en crisis interna. No es solo la tensión internacional, sino la falta de legitimidad de los sistemas políticos al interior de los países, incluyendo Chile.

Estamos en un contexto mundial de malestar social persistente, donde la conflictividad ya no es una excepción sino una condición estructural. Junto a los conflictos abiertos entre Estados, se han intensificado las tensiones internas en países que concentran el poder económico y político global, como Estados Unidos, China, Francia, Irán, Israel, Japón y España, así como en otros casos de alta incidencia sistémica como Alemania, Reino Unido, Rusia, India, Brasil y Turquía.

En estos países convergen polarización política, presión económica, crisis de legitimidad o conflictividad social intensa, configurando un escenario internacional marcado por la fragilidad de los consensos internos. No solo es un mundo en guerra militar y comercial. Y no es solo un cúmulo de tensiones geopolíticas.

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En conjunto, estos países representan aproximadamente el 69% del PIB mundial, lo que indica que la mayor parte de la economía global se desarrolla hoy en contextos de alta tensión interna. Esto sugiere que el malestar social y la erosión institucional no son fenómenos periféricos, sino rasgos centrales del sistema internacional contemporáneo.

Para Chile, cuya inserción externa ha descansado históricamente en la idea de estabilidad y previsibilidad institucional, este entorno implica una reducción del margen de error: la gobernabilidad interna y la política exterior se vuelven inseparables, y cualquier señal de conflicto, arbitrariedad o pérdida de legitimidad adquiere proyección internacional inmediata, condicionando comercio, inversión y posicionamiento estratégico.

c) El diseño de coalición: el archipiélago

Chile vive una crisis de legitimidad de instituciones y de la política. El diseño, por tanto, de la coalición de gobierno, que es la base operativa de todo el sistema político; es esencial.

Las estructuras de coaliciones más estables y de mejor diseño son aquellas que se configuran a la manera de los regímenes parlamentaristas, ya que el orden de la coalición es la clave de la estabilidad. Los sistemas presidenciales suelen innovar, normalmente para mal. Negociaciones rápidas, ramplonas, sin objetivos mayores, sin políticas públicas de por medio, no ayudan a construir una estructura funcional. Se ha hecho posible, con Boric, que la coalición de gobierno no exista, sino que el gobierno es el que tiene que hacerse cargo de los líos de la coalición, diseño que en rigor no es diseño. El riesgo de Kast es repetir los errores, aunque sea de otra forma, que ha cometido Boric.

En el inicio del gobierno de Gabriel Boric la tesis organizacional fue la teoría de anillos o círculos concéntricos (sí, como en el infierno de Dante) aplicada al gobierno y a la coalición. Fue la propuesta de Giorgio Jackson.

En este esquema, el gobierno no se estructura como una coalición integrada con jerarquías claras y funciones diferenciadas, sino como una serie de anillos concéntricos de cercanía política y simbólica respecto del núcleo presidencial.

El anillo central concentra la confianza, la definición estratégica y la interpretación legítima del proyecto (comité político y Frente Amplio); los anillos sucesivos contienen actores con menor acceso a la decisión, menor capacidad de incidencia y roles crecientemente instrumentales. La pertenencia a un anillo no se define por posición institucional ni por peso partidario, sino por afinidad política, biográfica y generacional con el núcleo dirigente.

En el diseño impulsado por Jackson, el anillo interno estuvo compuesto por un grupo reducido de dirigentes del Frente Amplio que compartían una historia común, un diagnóstico cultural del país y una pretensión de superioridad ética respecto de la política tradicional.

Este núcleo operó como filtro de sentido: interpretaba la realidad, definía prioridades y establecía los límites de lo aceptable dentro del gobierno. En este anillo estaba nominalmente el Partido Comunista, pero en realidad solo estaba Camila Vallejo.

Un segundo anillo, integrado por aliados necesarios —especialmente del socialismo democrático—, cumplió funciones de gobernabilidad y gestión, pero sin acceso pleno a la definición estratégica. Los anillos externos incluyeron partidos y actores con presencia formal en la coalición, pero con baja capacidad de influencia real, utilizados principalmente para sostener mayorías legislativas o absorber costos políticos.

El problema estructural de esta teoría de anillos es que sustituye la arquitectura de coalición por una lógica de lealtades, debilitando la coordinación, la responsabilidad compartida y la capacidad de absorción del conflicto. Al no existir un diseño explícito de integración entre anillos, las tensiones no se procesan políticamente, sino que se manifiestan como fricción pública, desautorizaciones cruzadas y crisis sucesivas.

En lugar de un sistema que distribuya poder y contenga diferencias, el gobierno queda atrapado en una dinámica donde el anillo central se sobrecarga de decisiones y los anillos externos se desafeccionan o actúan defensivamente. La teoría de anillos, en este caso, explica por qué la coalición funcionó más como un campo de proximidades desiguales que como un bloque político coherente capaz de sostener la gobernabilidad en un contexto de alta conflictividad.

Hay más. Esta teoría no es tal. En realidad, es la forma en que funciona el poder a la intemperie, al natural. Y la política no es lo mismo que el poder, de hecho, la política es la domesticación del poder.

En septiembre de 2022, tras el triunfo del “Rechazo” en el plebiscito constitucional, la coalición de gobierno reconoció el fin de este modelo al integrar a figuras de la centro-izquierda tradicional (Socialismo Democrático) en el corazón de La Moneda, pero se estructuró un modo archipiélago. Es decir, no hay un gran continente que es la coalición, sino que son islas conjuntas, incluso más pequeñas que los partidos, lo que devuelve a la forma de los partidos de lealtades inmediatas y de redes. Es el ‘modelo archipiélago’.

El modo archipiélago describe una forma de organización política en la que la coalición no existe como un cuerpo integrado, sino como un conjunto de islas relativamente autónomas, conectadas solo por acuerdos parciales, lealtades coyunturales o necesidades tácticas.

A diferencia de una coalición estructurada —con instancias estables de coordinación, jerarquías reconocidas y responsabilidades compartidas—, el archipiélago carece de un centro político efectivo que articule a las partes.

Cada isla (partido, facción, liderazgo o red) conserva su propia lógica, su agenda y su cálculo de costos y beneficios, lo que obliga al gobierno a operar como mediador permanente de tensiones que deberían resolverse al interior de la coalición. Este modo surge con fuerza tras el agotamiento del esquema de anillos durante el gobierno de Gabriel Boric, especialmente luego del plebiscito de 2022, cuando la incorporación del Socialismo Democrático no derivó en una nueva arquitectura común, sino en una coexistencia fragmentada de actores con escasa integración estratégica.

El riesgo para un eventual gobierno de José Antonio Kast es reproducir este mismo modo archipiélago por una vía distinta. Aunque el signo ideológico sea opuesto, la estructura potencial del gabinete y de la coalición muestra indicios similares: presencia desperdigada de partidos y figuras, intereses y públicos distintos, nombres nuevos sin experiencia (pero mediáticos), es decir, un diseño sin una lógica clara de integración política previa al ejercicio del gobierno.

En ausencia de un diseño explícito de coalición —que ordene prioridades, distribuya poder y establezca mecanismos de resolución de conflictos—, el Ejecutivo puede verse forzado a gestionar directamente las fricciones entre sus propios apoyos, transformando al gobierno en sustituto de la coalición. Esto genera un escenario donde cada actor busca maximizar su posición insular, cuidando su identidad y su electorado, mientras el centro gubernamental asume el costo de arbitrar disputas, con el consiguiente desgaste político y pérdida de coherencia estratégica.

La raíz común de estos problemas es la falta de una lógica parlamentarista en la concepción de la coalición, entendida no como régimen institucional, sino como tradición de organización política ampliamente desarrollada en Europa.

En esa tradición, la coalición se diseña antes de gobernar: se pactan prioridades, se distribuyen responsabilidades, se establecen reglas claras de coordinación y se crea un espacio colectivo que absorbe el conflicto para proteger al gobierno.

Pero hay más. En esos casos la coalición vive su propia vida, tiene sus propias crisis y aunque pueden contaminar al gobierno, entre ambas entidades hay barreras, muros de contención o al menos retardadores del flujo de la crisis.

En los sistemas presidenciales latinoamericanos, y de manera aguda en Chile, esta lógica ha sido reemplazada por negociaciones rápidas, personalizadas y pobres en contenido programático, que no construyen estructura sino coexistencia precaria.

Así la política se fragmenta en islas y el poder queda expuesto, sin mediaciones que lo domestiquen ni estructuras que lo estabilicen. El absurdo de Kaiser fuera del gobierno, que es de la coalición ganadora, mientras Chile Vamos, Evopoli, Demócratas y actores concertacionistas están en ministerios; dan cuenta de un descuidado diseño coalicional.