Persistir en relegarla no es neutral. Es una decisión que encarece la transición energética, limita la resiliencia del sistema y desperdicia una ventaja comparativa única.

Chile se ha acostumbrado a presentarse como un referente en energías renovables. Las cifras en solar y eólica avalan ese relato. Sin embargo, hay una contradicción que rara vez se discute con la misma convicción: pese a contar con uno de los mayores potenciales geotérmicos del mundo, la geotermia sigue siendo prácticamente inexistente en nuestra matriz energética.

Hoy, la única central en operación es Cerro Pabellón, entre Calama y Ollagüe. Un caso aislado en un país que podría estar jugando en otra liga.

Esta ausencia no se explica por falta de recursos, tecnología ni conocimiento. Se explica por una decisión política implícita: dejar que la geotermia compita bajo las mismas reglas de mercado que tecnologías de bajo riesgo inicial, aun cuando su principal barrera es precisamente el riesgo geológico de la exploración temprana. En la práctica, eso equivale a desincentivarla.

Mientras Chile posterga, otros países han entendido que la geotermia no es una energía más, sino una herramienta estratégica.

Turquía es un ejemplo elocuente. En poco más de una década pasó de una presencia marginal a convertirse en uno de los principales productores geotérmicos del mundo. ¿La clave? El Estado asumió el riesgo inicial de exploración, redujo la incertidumbre y, una vez probado el recurso, abrió el camino a la inversión privada. No fue una apuesta ideológica, sino una decisión pragmática.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Por qué Chile no ha sido capaz de hacer lo mismo? En un sistema eléctrico cada vez más dependiente de fuentes intermitentes, la ausencia de energía de base limpia y continua es una debilidad estructural.

La geotermia ofrece justamente eso, además de estabilidad de precios, soberanía energética y desarrollo regional. No requiere grandes extensiones de suelo ni complejos sistemas de almacenamiento. Aun así, sigue fuera de las prioridades reales.

Parte del problema es que la discusión energética en Chile se ha vuelto excesivamente reactiva. Se celebran anuncios, licitaciones y nuevas capacidades instaladas, pero se evita enfrentar los nudos de largo plazo. La geotermia exige planificación, continuidad y una mirada que trascienda el ciclo político. Exige, en otras palabras, una política de Estado.

Persistir en relegarla no es neutral. Es una decisión que encarece la transición energética, limita la resiliencia del sistema y desperdicia una ventaja comparativa única. La geología ya hizo su trabajo. El conocimiento técnico también. Lo que falta no está bajo tierra, sino en la superficie: voluntad estratégica para dejar de mirar la geotermia como una promesa incómoda y empezar a tratarla como lo que es, una oportunidad que se está escapando.