Los sesgos inconscientes, a menudo invisibles en los procesos de promoción, siguen influyendo en cómo se define y se asigna el liderazgo, creando un camino con mayores obstáculos para el desarrollo profesional de la mujer.

Recientemente, un estudio reveló que las mujeres en Chile tienen un 17,65% menos de probabilidad de alcanzar puestos de alta dirección, una cifra que invita a reflexionar sobre cómo estamos gestionando el talento en nuestro país.

Como especialista en Recursos Humanos y desde la docencia de postgrado, observo que estas estadísticas no son hechos aislados, sino el resultado de desafíos culturales y estructurales que aún estamos procesando como sociedad.

Es justo reconocer que hemos avanzado. Hoy existe una mayor conciencia sobre la importancia de la diversidad en la toma de decisiones. Sin embargo, para que este progreso sea sostenible, debemos identificar con claridad las barreras que persisten.

Los sesgos inconscientes, a menudo invisibles en los procesos de promoción, siguen influyendo en cómo se define y se asigna el liderazgo, creando un camino con mayores obstáculos para el desarrollo profesional de la mujer.

A esta realidad se suma una variable compleja: la intersección entre género y edad. Para las que superan los 50 años, el desafío se vuelve doble. Al sesgo de género se añade el edadismo, esa idea equivocada de que la vigencia y la capacidad estratégica y laboral disminuyen con el paso del tiempo.

En esta etapa, donde la madurez y la sabiduría profesional alcanzan su punto máximo, muchas mujeres se encuentran con un mercado que no siempre sabe valorar su experiencia.

Adicionalmente, en Chile enfrentamos una dificultad estructural propia de nuestro sistema: la diferencia en la edad legal de jubilación. Al fijarse en los 60 años para las mujeres —cinco años antes que los hombres—, se genera una presión que tiende a acortar artificialmente las trayectorias.

Esta brecha no es solo un número; impacta directamente en las oportunidades de capacitación, desarrollo y ascenso, cerrando puertas justo cuando una profesional está en condiciones de realizar sus aportes más significativos a las organizaciones.

A pesar de este escenario, el panorama es esperanzador. Estamos presenciando un cambio cultural impulsado por las nuevas generaciones, que entran al mundo laboral con una voz clara y una determinación natural por la equidad. Esta mayor presencia femenina está pavimentando un camino más ancho y firme para las que vienen.

El futuro del liderazgo en Chile depende de una gestión de personas que sea capaz de derribar estos muros, integrando la energía de las nuevas voces con la sabiduría de quienes tienen la trayectoria necesaria para guiar. Queda camino por recorrer, pero la mayor voz y presencia de las mujeres nos asegura que el cambio está en marcha y es, afortunadamente, imparable.

María Soledad Muxica
Directora del Diplomado de Gestión de Personas
Universidad Autónoma

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