La delincuencia no ha desaparecido por decreto, las fronteras no se sellan con consignas y la seguridad no se construye a punta de frases de campaña.

Durante meses el país vivió una cuenta regresiva política cuidadosamente construida. El 11 de marzo fue presentado como el día cero, el momento en que —según la narrativa de campaña— el miedo cambiaría de bando, la delincuencia retrocedería y el Estado recuperaría el control del territorio.

Se nos dijo que bastaba voluntad, autoridad y decisión para poner orden donde supuestamente reinaba el caos. Pero hoy es 12 de marzo. Y la realidad parece no haberse enterado del discurso.

El sol salió igual sobre la región del Biobío, los problemas siguen donde estaban y la región continúa enfrentando exactamente las mismas urgencias que hace una semana.

La delincuencia no ha desaparecido por decreto, las fronteras no se sellan con consignas y la seguridad no se construye a punta de frases de campaña.

Pero lo más preocupante no es que los problemas estructurales no se resuelvan en 24 horas. Nadie sensato espera milagros. Lo verdaderamente grave es que en la Región del Biobío hoy lo que existe es un preocupante vacío de conducción del Estado.

Mientras en Santiago se reparten cargos, se celebran ceremonias y se sacan fotos del cambio de mando, en una región con dos provincias bajo Estado de Excepción simplemente no hay interlocutores del Ejecutivo en terreno.

No hay autoridades instaladas, no hay vocerías y, lo más grave, no hay responsables frente a eventuales emergencias. Y esto no es un detalle administrativo. Es una señal de desorden.

La provincia de Arauco, la provincia del Biobío y todo el territorio regional no pueden quedar suspendidos en una especie de limbo institucional, mientras en la capital se terminan de acomodar las oficinas. La seguridad, la gobernabilidad y la gestión del Estado, no se pueden pausar porque un nuevo gobierno aún no termina de nombrar a sus autoridades.

Un gobierno que llegó prometiendo autoridad, orden y control territorial no puede comenzar su mandato con delegaciones y seremías vacías y con un silencio absoluto del Ejecutivo en regiones estratégicas. Porque el orden no es un eslogan de campaña ni un concepto para discursos de plaza. El orden es que el Estado funcione todos los días, en todas partes y especialmente en los territorios más complejos.

Y cuando el Estado no aparece, cuando no hay autoridades, lo que queda no es orden: es improvisación.

La cuenta regresiva terminó. Las promesas ya se dijeron. Ahora empieza la prueba de la realidad. Pero hasta el momento no hay quien responda, el único funcionario de gobierno es el señor delegado.

¡Ay Julito, te va a tocar hacer horas extras como loco!